El ángel de la venganza (Inspector Pendergast 22) Capítulo 36
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Capítulo 36

En aquel momento, el auténtico barón Deddington-Bute, recién llegado de Southampton, se descomponía tranquilamente en el fango del East River, y Diógenes no había tenido problemas para apropiarse de su identidad y sus bienes mundanos.

Para honrar su memoria, había creado este opulento nido con una extravagancia que habría sido imposible en el siglo XXI .

El salón estaba decorado al estilo etrusco; el baño, al egipcio; el comedor, al del Imperio romano, y el dormitorio era una mezcla de las mentes febriles de Huysmans y Baudelaire.

Años antes, Diógenes había aprendido que, cuando el dinero se gastaba con extravagancia, podía convertir la paja en oro.

En la actualidad acumulaba una riqueza enorme; gracias a su conocimiento de los movimientos futuros del mercado, había hecho una fortuna en la Bolsa de Nueva York con una rapidez asombrosa, y ahora la estaba utilizando para su propia satisfacción.

En esta edad dorada le resultaba fácil, ya que las leyes laborales, las normas de construcción, las convenciones de la Unesco y la Ley Lacey aún quedaban lejos.

Los etruscos eran famosos por sus hábiles orfebres, que podían moldear el oro hasta convertirlo en granulado y luego crear intrincadas filigranas.

Casi cada centímetro del salón de Diógenes, desde las cariátides esculpidas para que pareciesen pilares vivos hasta las juntas de los muebles, estaba cubierto de ese dorado etrusco.

Las cortinas de la habitación del tercer piso estaban abiertas de par en par y la luz invernal daba un brillo natural a todas las superficies.

La calle Treinta y cuatro pasaba por delante de la casa de cinco pisos que había comprado, y había pagado mucho dinero para que la aseguraran de inmediato con barras de hierro, cerraduras especiales e insonorización.

Había otras reformas que pensaba hacer él mismo cuando tuviera tiempo.

Con un suspiro plácido, miró el plato que había junto al sofá y la fruta que contenía, en la cual brillaban pequeñas gotas de agua. Luego citó distraídamente, sin dirigirse a nadie en particular:

El hombre silencioso, vestido de marrón oscuro,

se tumba en el alféizar y abre la boca;

el camarero trae naranjas,

plátanos, higos y, del invernadero, uvas.

—Livia —añadió, subiendo un poco el tono de voz—, ¿serías tan amable de pelarme una uva?

Por un momento, todo quedó en silencio. Entonces una de las cariátides, cuyas manos fingían sostener el techo, bajó del pedestal y se dirigió hacia él.

A diferencia del resto de los adornos del salón, ella era de carne y hueso; iba vestida de cintura para abajo con seda blanca ondulada, pero también cubierta de la cabeza a los pies con azúcar glasé de color dorado.

—Por supuesto, mi señor —dijo, acercándose con una sonrisa pícara.

Se sentó a su lado, cogió un cuchillo de la bandeja y empezó a preparar una uva con destreza. Diógenes la observó, apreciando su naturalidad y la agilidad con la que se movía. Era un don que solo la naturaleza podía conferir; los bailarines podían ensayar durante décadas y no lograrlo nunca.

A Diógenes le gustaba mucho Livia. Le recordaba a Flavia, otra mujer con un nombre similar a la que había estado muy unido.

También tenían en común la seguridad en sí mismas, sus deseos y su disposición a experimentar.

Pero, mientras que Flavia estaba obsesionada con el arte de causar dolor, Livia, que había nacido en una familia de académicos desposeídos, estaba mucho más interesada en lo intelectual.

Así pues, ella y Diógenes eran aventureros en los reinos de la mente y los sentidos.

Flavia, por desgracia, había fallecido años atrás en los cayos de Florida, y Constance Greene, entre otros, la ayudó a pasar al otro mundo.

Muchos integrantes del círculo de su hermano Aloysius parecían sufrir una muerte prematura.

Livia le puso con delicadeza una uva en la lengua y luego otra. Y entonces, ansioso por extraerle el azúcar de las extremidades moviendo despacio la lengua, él sonrió y le hizo señas para que se acostara a su lado.

El dulce sabor le inundó pronto los sentidos mientras su mente seguía divagando.

Se recordó a sí mismo que Flavia no estaba muerta; aún no había nacido.

De hecho, él tampoco. Qué extraño era aquel universo paralelo.

Diógenes, agente y cómplice del caos, se sentía fascinado por él.

Con su mentalidad entrópica, no podía aceptar que existiera un duplicado tan preciso de su mundo.

Mientras se movía por este reflejo del Nueva York del siglo XIX , estaba atento a las discrepancias.

¿Y si Thomas Edison hubiera defendido la corriente alterna en lugar de la continua o John Keats hubiera evitado la tuberculosis y hubiera escrito otra docena de odas famosas?

Sin embargo, por mucho que buscara, no detectó ninguna desviación de la historia, por mínima que fuese, aparte de los cambios que él y sus compatriotas del siglo XXI habían provocado con su llegada.

Y aquella maldita torre. No había ninguna así en su Nueva York y nunca había oído hablar de ninguna que existiera anteriormente. Esa única diferencia con respecto a su línea temporal le resultaba irritante.

Mientras tanto, había trazado con la lengua una línea en el brazo izquierdo de Livia, y ahora estaba moviéndola en semicírculos hacia el pecho y llevándose arcos de azúcar dorado con cada pasada.

Pero, cuando el reloj de estilo egipcio dio la hora, reparó en que había perdido demasiado tiempo. El asilo requería su presencia.

—Livia, mi pulquérrima muñequita —dijo, pasándole un dedo por la ceja y la raya central de su cabello castaño—, ¿te importa que hagamos una pequeña pausa?

—Por supuesto que no —respondió ella—, siempre y cuando prometas terminarlo.

—Juro que será una culminación de primer orden.

—¿Vuelvo a dorar…? —dijo Livia, observando las líneas que había dejado la ausencia del oro en su suave piel.

—Ah, no te molestes. Tengo en mente algunos adornos adicionales para esta noche.

—¡Qué delicia! —Livia sabía que no debía estropearlo todo preguntando cuáles serían—. Pediré caviar y leeré Justine mientras espero.

Por supuesto, se refería a la novela del marqués de Sade, no a la de Lawrence Durrell, aún por escribir. Él la besó, le susurró algo al oído que la hizo jadear y se fue del salón.

En su vestidor privado, al que nadie, ni siquiera Livia ni su criado, había entrado jamás, se cambió de ropa y se lavó para transformarse en el reverendo Considine, un hombre rígido y estrecho de miras que era la pesadilla de Leng.

Salió del vestidor por una puerta trasera oculta y bajó por una escalera ciega que terminaba en una puerta por debajo del nivel de la calle.

Más allá había un pequeño pasillo de techo bajo que antaño había sido concebido como cripta para una iglesia, demolida cincuenta años antes.

En su lugar se había construido una iglesia más grande, y la entrada, situada al final del pasillo, estaba tan cuidadosamente oculta como la de su casa.

No tenía ni idea de qué propietario había construido la escalera secreta que llevaba al vestidor ni de por qué lo había hecho.

Solo sabía que había permanecido olvidada durante medio siglo.

Al llegar al final, entró en una habitación del sótano de la iglesia reconstruida, cerró una puerta oculta y siguió un tortuoso camino hasta la zona activa del edificio.

Aunque no vio a nadie, ya había urdido una historia para justificar su presencia en la iglesia a cualquier hora del día o de la noche.

Diógenes salió por la puerta que daba a la calle Treinta y fue en dirección a Broadway, donde pensaba tomar un taxi hasta Five Points.

Según Royds, Leng seguía intentando acceder a la Misión y a la Casa de la Industria.

Diógenes estaba decidido a acabar definitivamente con Leng, el único hombre capaz de poner en riesgo su existencia en aquella extraña bola de nieve que era el viejo Nueva York.

Pronto se dio cuenta de que lo habían visto salir de la iglesia y lo estaban siguiendo. Por supuesto, era un miembro de los Milk Drinkers, la banda de Leng. Era inevitable llamar la atención con el atuendo de Considine.

Diógenes vio de refilón a su perseguidor cuando pasó por delante de un espejo en el escaparate de una barbería.

Era un hombre larguirucho y desaliñado, y se sintió ofendido por que no hubiera mostrado la cortesía de disfrazarse decentemente y llevara el uniforme no oficial de los Milk Drinkers.

Diógenes aminoró un poco la marcha y sonrió al ver que el matón apretaba el paso.

Ahora estaba claro: no solo lo estaba siguiendo, sino que planeaba matarlo.

Qué delicia.

Consciente de todo lo que sucedía a su alrededor —en la calle, en la acera, en los edificios—, Diógenes esperó su oportunidad. Dos carruajes avanzaban traqueteando por la calle adoquinada y allí, a mitad de la manzana, no había tantos peatones.

Metió tres dedos en el dobladillo de la sotana, los sacó y, de repente, se volvió hacia el hombre con una sonrisa beatífica en el rostro y las manos juntas, como si se preparara para administrar la eucaristía.

—¿Te gustaría confesar tus pecados, hijo mío? —le preguntó.

El rostro mugriento del hombre se contrajo en señal de confusión, la suficiente para que Diógenes, ahora tan cerca que podía oler su aliento a cerveza, le hundiera el picahielo en el plexo solar, un movimiento que quedó oculto por su ondulante sotana.

Mientras el aspirante a agresor jadeaba de sorpresa y dolor, Diógenes se inclinó para darle una palmada en el hombro con una mano mientras buscaba el punto óptimo con la otra, igual que había hecho con la señorita Crean.

El hombre abrió los ojos como platos cuando Diógenes encontró la arteria y la perforó.

Luego retrocedió elegantemente y, con un fuerte empujón, hizo caer a su atacante frente a las ruedas del taxi más cercano, a pesar de que fingió un gesto para impedirlo.

El caballo relinchó y, maldiciendo, el cochero tiró de las riendas, pero un satisfactorio golpe confirmó a Diógenes que no había frenado a tiempo.

Sin embargo, él ya estaba mirando al segundo carruaje. Cuando el cochero redujo la velocidad instintivamente, abrió la puerta y se subió.

—¿Qué diablos…? —gritó el cochero, que al mirar hacia el compartimento vio el alzacuellos blanco de su cliente—. Pido perdón a su excelencia.

—Creo que iba borracho, pobre alma. Intenté impedir que cayera, pero, por desgracia, no lo conseguí. Solo cabe esperar que la próxima vida le sea más fácil que esta, amigo mío.

—Sí, es cierto.

Mirando por la ventana, Diógenes vio que el primer taxista estaba arrodillado junto al matón, el cual yacía inmóvil entre las ruedas.

El picahielo garantizaba que se derramara poca sangre.

Y no había ni la más remota posibilidad de que Leng, tan minucioso e inteligente como era, notase la similitud entre las heridas de ese hombre y las de la antigua directora del asilo, por la sencilla razón de que el cadáver de la señorita Crean ya no existía, salvo a escala atómica o subatómica.

—Bueno, amigo, el tiempo no espera a nadie —dijo con seriedad—. A la calle Canal, por favor.

Con un silbido del látigo al hendir el aire, se pusieron en marcha de inmediato.