El ángel de la venganza (Inspector Pendergast 22) Capítulo 35
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Capítulo 35

Una vez más, Constance remó en silencio entre la susurrante vegetación que se alzaba a orillas del Hudson y entró en el pasadizo oculto.

El farol que colgaba en la proa proyectaba una tenue luz sobre el pasadizo de piedra mientras el bote avanzaba lentamente, y entonces vio el embarcadero.

Constance se detuvo junto al muelle de piedra, ató la amarra a la anilla de bronce y descargó una bolsa de lona impermeable con suministros frescos.

Luego bajó, se echó la bolsa al hombro, abrió la puerta oculta y se deslizó por el túnel para pasar por debajo de la Boston Post Road y entrar en el sótano de la mansión de Riverside Drive.

Constance fue al escondite que había elegido y dejó la bolsa. Mientras se tumbaba en un catre rudimentario, cubierto con un colchón de paja y lona, tuvo que obligarse a no cerrar los ojos. No había tenido un momento para pensar o reflexionar desde la noche anterior.

Contempló la pequeña sala de piedra que casi dos siglos antes albergó el tesoro del rey corsario, cuya fortaleza fue reemplazada años atrás por la mansión de Leng.

La sala y la mayoría de los pasadizos circundantes habían sido excavados en la roca natural.

La media docena de ducados de oro y las piedras preciosas que quedaban esparcidas en las grietas y esquinas indicaban que el pirata había abandonado su guarida a toda prisa.

Tenía intención de volver allí justo después de la reunión con Diógenes y Aloysius la noche anterior, al abrigo de la oscuridad, pero se había retrasado considerablemente y, cuando salió de la casa del distrito de Tenderloin, ya estaba amaneciendo.

Sin embargo, había aprovechado bien el día.

Primero se detuvo en una tienda de ropa de segunda mano, la cual ofrecía prendas de mujer bien confeccionadas y sencillas, pero pasadas de moda, y utilizó un probador para cambiarse y dejar allí el vestido, más propio de un burdel.

Recorrió un kilómetro y medio por callejones antes de llamar a un taxi, que la llevó a su casa en la Quinta Avenida.

Su llegada dejó estupefactos a Féline, Gosnold y los sirvientes, y esperaba que esa aparición repentina confundiera aún más a Leng y a sus espías con respecto a sus idas y venidas.

Cuando hubo calmado a los ocupantes de la casa con una mezcla de mentiras y medias verdades, se retiró con Féline a su estudio privado.

La joven francesa se estaba recuperando bien de sus heridas, pero, al igual que los demás, parecía angustiada por el estado actual de la casa.

Constance no tenía tiempo que perder en lamentaciones; había asuntos vitales que resolver y poco tiempo para hacerlo.

Cuando le expuso sus planes, Féline quedó horrorizada y le rogó que desistiera, pero al final se vio obligada a aceptar la lógica que había detrás de las intenciones de su señora.

Constance la envió a buscar al abogado con el que ya había trabajado anteriormente.

Cuando llegó, le explicó lo que quería y luego acalló sus protestas por semejante irregularidad legal con unos honorarios muy generosos.

Constance esperó a que redactara los documentos y después los revisó y firmó, con Féline como testigo.

Por último, se llevó a su secretaria aparte para decirle unas últimas palabras y se abrazaron.

Para entonces ya había oscurecido. Constance se puso ropa negra ajustada, cogió una pequeña bolsa de viaje y, silenciosa e invisible como un gato, se escabulló por una ventana del sótano hacia el callejón oscuro que pasaba por detrás de la casa.

Había anunciado su llegada a bombo y platillo, pero quería que su marcha pasara desapercibida.

Yendo hacia el oeste de callejón en callejón, llegó al río Hudson y a la maleza donde había escondido el bote.

Después remó río arriba, una vez más con la marea a favor, hasta la entrada secreta de los piratas.

Ahora, en la silenciosa sala de piedra, contemplaba meditabunda la vela de sebo, cuya luz titilante iluminaba la pileta, la bolsa sin abrir, una piedra de afilar y un ejemplar ajado de los poemas de Catulo.

Era extraño; cuando regresó al pasado de su infancia, esperaba encontrarse con recuerdos olvidados hacía mucho.

Lo que no previó eran los objetos que los desencadenarían.

Por ejemplo, aquella vela barata, con un humo grisáceo que se enroscaba hacia un pequeño respiradero en el techo, acababa de resucitar una imagen fantasmal de su madre espolvoreando sal sobre una vela exactamente igual para prolongar su tiempo de combustión.

Era el más efímero de los recuerdos, delgado y frágil como una telaraña.

Constance lo desterró de su mente. No era momento de entregarse a la remembranza. Se levantó y, encendiendo una vela con la llama moribunda, se adentró en un túnel de piedra húmedo.

Leng era propietario de la mansión desde hacía solo cinco años, pero ya estaba llenando el sótano con una colección de armas, instrumentos de tortura, reliquias anatómicas, venenos, compuestos químicos y otros objetos de interés para su mente criminal y curiosa y sus siniestras ambiciones.

Constance poseía un dato vital; al menos en su mundo, Leng no descubriría la entrada secreta a las cavernas que había bajo el sótano de la mansión hasta al cabo de treinta años.

Ella, en cambio, ya conocía bien el lugar.

Cuando entró por primera vez en el sótano, lo registró con precisión metódica, comparándolo con el recuerdo de cómo era en su presente, y en treinta y seis horas había descubierto o refrescado todos sus secretos.

Leng ya estaba ocupado en el sótano, montando sus colecciones y laboratorios, y ella debía tener mucho cuidado de no dejar ningún rastro allí, pero podía espiarlo a través de ciertas mirillas y grietas en la mampostería, desde los espacios que formaban un entramado en la laberíntica estructura.

Lo primero que hizo fue buscar a Binky, pero pronto quedó claro (y no fue ninguna sorpresa) que ya no estaba en la casa.

Localizarla estaba ahora en manos de Aloysius.

Constance estaba lista para pasar a la siguiente fase de su plan, lo único que lograría ocurriera lo que ocurriera, según les había dicho a los dos hermanos.

Rápida y sigilosa, se abrió paso entre paredes falsas y subió unas escaleras secretas a través del sótano hasta la planta principal.

Luego enfiló unos angostos escalones en desuso y franqueó una puerta cuyos contornos quedaban ocultos por el papel pintado.

Caminó de puntillas entre vigas, viguetas y pequeños montones de travesaños hasta llegar a la pared interior de la biblioteca de Leng.

A metro y medio del suelo, en las sombras más profundas, había un agujero oculto por un minúsculo trozo de yeso suelto.

Al apartarlo, vio a aquel hombre disfrutando de una copa de oporto después de la cena.

Constance solo se permitió echar un vistazo fugaz —sabía que con el doctor no se podía correr el más mínimo riesgo—, pero fue suficiente. Aquella imagen odiosa la ayudaría a superar los días de trabajo que le esperaban.

— Te post me, satanas —susurró mientras volvía a colocar el trozo de yeso.

Luego dio media vuelta y se adentró en la oscuridad para prepararse también una bebida.