Capítulo 34
Diógenes Pendergast caminaba por la zona sur de Central Park.
Balanceaba lentamente una porra por la correa de cuero y silbaba She Was Poor but She Was Honest , una melodía que parecía estar en boca de todos aquella temporada.
Había cambiado por un tiempo su elegante vestimenta por el uniforme de la Policía Metropolitana, un disfraz que le permitía pasar desapercibido y hacer casi cualquier cosa sin despertar curiosidad.
Tampoco es que hubiera testigos. Eran las dos de la madrugada y solo tenía por compañía las farolas de gas.
Más adelante divisó a la derecha una silueta oscura que por desgracia le recordó al Big Ciggy , la grotesca escultura en forma de cigarrillo gigante de Skidmore, Owings y Merrill que un siglo después dominaría parte del horizonte de Richmond, en Virginia.
La estructura a medio terminar se elevaba hacia el cielo como una pajita cuadrada y desprovista de decoración.
Pequeñas ranuras salpicaban los flancos siguiendo una espiral invisible, como las saeteras del castillo de Caernarfon.
Diógenes supuso que eran contravientos. La luna llena proyectaba una iluminación espectral sobre ella y vio que unos dos tercios de la superficie estaban cubiertos de ladrillos; por encima se alzaban un esqueleto de madera y una estructura de acero.
Era obra del arquitecto y promotor Daniel Burnham, y estaba a la espera de la entrega final de ladrillos y láminas de acero.
Se acercó y, al asomarse a una de las rendijas inferiores, pudo distinguir una plomada, una especie de péndulo colgado de una cuerda con un trozo de tiza fijado en la punta, el cual tocaba una pizarra. Se trataba de un instrumento rudimentario para medir el balanceo de la torre con el viento.
Inacabada y con la parte superior medio expuesta a los elementos, era fácil entender por qué aquella estructura de aspecto excéntrico ya era conocida como «la locura de Burnham».
Faltaban los retoques finales que la convertirían en una torre de observación cuya apertura estaba prevista para tres meses después.
Pero las intenciones del arquitecto eran aún más ambiciosas, ya que en Chicago estaban recibiendo ofertas para el diseño del edificio Montauk.
Diógenes sabía que el verdadero interés de Burnham era construir el edificio más alto de Estados Unidos, con catorce pisos, más que el Equitable o el Tribune, ambos erigidos en Manhattan en los últimos diez años.
Y, en el universo futuro de Diógenes, Burnham había logrado construir el Montauk, uno de los rascacielos más espectaculares hasta la fecha, aunque tuvo una vida corta, ya que fue demolido hacia el año 1900.
Aquella fea torre era lo único que, en su opinión, parecía una anomalía en aquel lugar, una construcción que nunca había existido en el Central Park de su mundo. Era una excrecencia vulgar e intrusiva.
Se acercó con paso ágil a la barricada que había alrededor de la estructura, abrió el candado con una llave maestra de la policía y entró.
La base de la torre estaba rodeada de escombros: montones de tierra, caballetes, ladrillos cortados y trozos de acero.
Una sección de los cimientos aún estaba al descubierto, y Diógenes observó los enormes pilares.
Esquivando el desorden, llegó a la entrada de la torre, que abrió por el mismo método. No habría obreros, ni de día ni de noche, hasta que llegaran el resto de los materiales de construcción. Tampoco había guardias, aunque solo fuera porque no había nada que valiera la pena robar.
Después de cerrar la puerta, Diógenes encendió un farol oscuro.
En una esquina, rodeada de mesas de trabajo, había una pequeña habitación de acero fabricada con chapa metálica y cuidadosamente soldada.
Funcionaba como una cámara acorazada en la que se podían guardar herramientas y otros objetos de valor, y la puerta estaba cerrada con combinación.
Diógenes se acercó a la cerradura y giró el dial hacia la derecha, luego hacia la izquierda y de nuevo hacia la derecha hasta que los tambores encajaron.
El interior de la cámara acorazada contenía materiales y cuatro cajas de madera pequeñas y robustas cubiertas con una lona.
Aloysius había cumplido su palabra: Bloom, su hombre, había logrado que la fraternidad de trabajadores de la construcción de Nueva York dejara las cajas a primera hora de la tarde.
Después de colgar el farol en una clavija, apartó la lona y, utilizando un martillo de carpintero que había cerca, levantó las tapas.
Luego examinó los tubos rojos de pólvora cuidadosamente apilados en el interior, con sus bobinas de mecha, cápsulas y yeso.
Pasó la siguiente media hora subiendo con cuidado los cartuchos por las escaleras de madera y escondiéndolos en diversos lugares. Al fin, colocó la última carga justo debajo del techo de madera.
Después se sentó en un escalón para recuperar el aliento y se desabrochó los primeros botones del abrigo de policía.
La luz de la luna, que no lo había abandonado durante la última media hora, no solo brillaba a través de las ventanas altas y estrechas, sino que también se colaba a través de las grietas rectangulares del techo reforzado.
Se dio cuenta de que era la abertura del parapeto de observación, todavía por terminar.
Levantó las manos y, apoyando las palmas, lo retiró y trepó a la superficie.
En el tejado aún no había barandillas ni postes de ningún tipo; todos los lados del cuadrado de madera se sumergían en la oscuridad.
Diógenes se acercó al borde que daba al sur.
No sufría de vértigo, pero se preparó para las ráfagas de viento que soplaban a esa altura, que calculó que era de unos cincuenta metros.
Al levantar la vista de la plataforma de apoyo y contemplar la ciudad, se olvidó por completo del viento.
Más allá estaba el corazón de Manhattan y, justo a sus pies, donde Central Park se encontraba con una hilera de nuevos edificios de apartamentos y hoteles, el Grand Circle, que en diez años albergaría una estatua de Cristóbal Colón.
Más allá, Broadway se extendía hacia el sur y rompía la ordenada cuadrícula de calles hasta topar con el laberinto de callejones y callejuelas que discurrían al sur de Houston.
A pesar de que era tarde y las calles estaban vacías, unos sonidos tenues se alzaban para darle la bienvenida: el relincho de un caballo, una carcajada.
La ciudad respiraba, pero era una respiración tranquila, nada que ver con la estridente cacofonía del Nueva York del siglo XXI .
Divisaba innumerables luces centelleantes, farolas de gas que iluminaban las calles y los márgenes del bajo Manhattan con pequeños chorros de fuego, pero había más, muchas más, que solo podía ver de forma indirecta, brillando en las ventanas y desde los callejones, y estas infundían a la ciudad un resplandor lánguido, lo cual no hacía sino aumentar la sensación de que estaba contemplando un ser vivo.
Aquel era su nuevo hogar, su dominio. Aquel era el lugar en el que dejaría su impronta.
A pesar de la tecnología, de los avances, el siglo XXI era estéril, insípido y despiadado.
Había sido excepcionalmente cruel con él y viceversa.
Era un mundo flácido, gobernado por Babbitts detumescentes, donde la comodidad había sustituido al vigor; un mundo nihilo ac malem .
Dio un paso atrás cuando la oleada de emoción repentina e inesperada amenazó con llevarlo al límite. Se quedó quieto un momento y dejó que las intensas sensaciones pasaran y que su respiración volviera a la normalidad.
Ahora que todo estaba en su sitio, solo tenía que colocar los detonadores en las cargas a medida que bajaba, cada uno de una longitud que ya había calculado.
No era la primera vez que pensaba en por qué se había excedido de esa manera; la carga colocada bajo el techo era más que suficiente.
Pero no. Eliminar por completo aquella excrecencia sería su regalo de bienvenida, por así decirlo, al año 1881.
Entró en la torre, volvió a poner la cubierta del techo en su sitio, cogió el farol y bajó las escaleras por última vez, desenrollando y fijando las mechas y asegurándose de que su trabajo estuviera bien escondido antes de regresar a la ciudad.
Su ciudad.