Capítulo 33
Constance calculaba que la reunión no podía haber durado más de veinte minutos. Cuando hubieron abordado todos los puntos necesarios, Diógenes se levantó.
Constance asintió.
—Día arriba, día abajo, sí. Después de eso, Leng habrá tomado las medidas drásticas con respecto a mis hermanos que…, en efecto, darán al traste con todo lo que hemos hecho o hemos intentado hacer.
Diógenes reflexionó un momento.
—Ese vencimiento, un término desafortunado dadas las circunstancias, no nos deja mucho tiempo. Sin embargo, como no hay más opciones, procederé a organizar una señal de emergencia, tal como acabamos de acordar, y esperemos que todo os vaya bien a ambos mientras tanto. ¿De acuerdo?
Constance asintió y, al cabo de un momento, lo hizo también Pendergast. Ella tenía claro que todos consideraban que, por muy necesaria que fuera, la misión de Diógenes seguía siendo como soñar con los ojos abiertos.
—Solo para que lo sepáis —dijo Constance en voz baja—: aunque fracasemos y se nos pase la fecha límite, hay una cosa que sé a ciencia cierta que lograré.
—¿De qué se trata? —preguntó Pendergast, un tanto alarmado—. ¿Por qué nos sueltas este melodrama ahora que ya hemos repasado nuestros planes?
Constance no respondió.
—Soy alérgico al melodrama —intervino Diógenes—.
Y Horacio tenía razón cuando dijo: Indignor quandoque bonus dormitat Homerus .
Dejad que me ocupe de esa maldita señal para que pueda volver a dedicar toda mi atención al libertinaje.
¿No lo oís, gritando desde los antros de la iniquidad y exigiendo mi atención?
¡Qué mundo tan delicioso es este! Así que, por ahora, adiós.
Se acercó al perchero, se puso la capa con un gesto teatral, hizo una reverencia y salió de la suite.
Pendergast guardó silencio un buen rato y luego miró a Constance, que percibió un inusual rubor de ira en su pálido rostro.
—Francamente, Constance, tu actitud me parece no solo obstinada, sino también ingrata.
—¿Ingrata? —repitió ella con acritud mientras se ponía de pie—.
Eso sería muy mezquino por mi parte, teniendo en cuenta lo mal que me iba antes de que llegaras aquí…
sin haber sido invitado ni esperado. —Situó el puño delante de la cara, consciente de que sus miembros temblaban por la emoción reprimida, y empezó a levantar los dedos uno tras otro—.
¿Qué había logrado? Ah, sí. Primero, me había creado una identidad como duquesa europea, con el pedigrí, la servidumbre y la riqueza necesarios para mantenerla.
Segundo, había rescatado a Joe y a Binky y los había puesto a salvo bajo mi protección.
Tercero, había contactado directamente con Leng, lo había desestabilizado y le había dejado claras mis exigencias.
Si no hubieras estropeado mis meticulosos planes, los cuatro ya estaríamos muy lejos de aquí.
Volveríamos a ser una familia y estaríamos navegando hacia tierras a las que él jamás nos seguiría.
Jamás, porque, en cuanto hubiera puesto a Mary a buen recaudo, lo habría matado.
Pendergast también se levantó y mantuvo un gélido silencio. Luego puso una mano sobre la de ella y dobló los dedos hacia abajo.
—Cuarto —dijo él—, en lugar de esa fantasía que imaginas con tanto cariño, una imagen más precisa sería esta: todos muertos a estas alturas, torturados a manos de Leng, o, peor aún, esperando un corte de bisturí en la parte baja de la espalda.
—Eso es ridículo.
—Me acusas de entrometerme y estropear tus planes, eso está claro.
Pero en lo que me «entrometí», que fue esa danza en la que literalmente bailaste con el diablo y, más tarde, coqueteaste con él durante el almuerzo, era el espectáculo de una mujer que, sin saberlo, se dirigía a la puerta del matadero.
Constance estaba desconcertada. Aquel era un Aloysius que nunca había visto, un hombre brusco que no mostraba la cortesía con la que solía tratarla.
En la reunión que acababa de terminar, ya había notado que actuaba con una imprudencia poco habitual en él —destruyendo el sótano de Shottum e inundando los túneles subterráneos de Five Points—, y sabía que esa impulsividad obedecía a la rabia, incluso a la furia.
Y, sin embargo, notó que su ira también estaba aumentando ante aquella arrogancia.
¿Aloysius osaba enfadarse? Había ignorado sus intenciones expresas, había entrado en su mundo y había dado al traste con sus planes.
Su irritación era tan hipócrita como la del verdugo que, tras decapitar a María Antonieta, se enojó porque su sangre le manchó los zapatos. Eso fue la gota que colmó el vaso.
Apartando la mano con la que Pendergast la agarraba, le dio una bofetada en la cara. Después se lo quedó mirando mientras le palidecía el rostro, excepto por el rubor del golpe que había recibido. Le brillaban los ojos peligrosamente.
—Todo iba a la perfección hasta que llegaste. Tenía a Leng justo donde quería.
—Lo tenías igual que un conejo sentenciado tiene al zorro cuando este lo atrapa entre sus fauces. ¿A Leng donde tú querías? Todo lo contrario. Tan solo estaba disfrutando del espectáculo, jugando contigo mientras tú te regodeabas en tu supuesto triunfo.
—¿Espectáculo? —repuso ella, enfurecida—. Este era mi hogar, mi mundo… —Se le hizo un nudo en la garganta a causa de la emoción y por un momento fue incapaz de hablar—. Pon todas las excusas que quieras, pero tu intromisión es lo que lo estropeó todo… y acabó con la vida de Mary.
Pendergast se mantuvo firme.
—Este no es tu hogar —dijo—. No es tu época. Ni siquiera es tu universo. Esa imagen delirante de tu «familia» navegando feliz hacia tierras desconocidas nunca habría sucedido. Las décadas que pasaste en su casa te han cegado ante lo consumadamente inteligente que es Leng, y…
—¡Este es mi hogar, si es que alguna vez tuve uno! ¿Crees que mi hogar está contigo en Riverside Drive? Tuve que escapar de allí. Eras frío. Y, lo que es peor, eras indiferente.
—¿Frío e indiferente? He sido bueno contigo en todos los sentidos.
—¿Ser bueno conmigo es compartir solo una pequeña parte de tu vida y negarme la que más deseaba?
—Siempre te traté con sumo respeto y decencia.
—¿Decencia? —Constance estaba al borde de las lágrimas—. Ojalá me hubieras mostrado un poco menos de tu puñetera decencia.
—¿Qué querías que hiciera?
—Ser más humano, ceder al impulso. ¡No ser siempre tan puritano y debilucho y mostrar un poco de indecencia por una vez en tu vida!
Por su expresión, Constance vio que había dado en el clavo, y se alegraba. Antes de que él pudiera responder, añadió:
—¡Y luego la crueldad que demostraste al seguirme hasta aquí, aunque yo intentara dejar atrás la miseria y la soledad! ¿No lo dije con suficiente claridad en mi nota? ¿Ni siquiera la leíste?
Constance levantó la mano con intención de abofetearlo una vez más, pero Pendergast le agarró la muñeca. La ferocidad del golpe que pretendía asestarle la desequilibró y cayó contra su pecho. Intentó zafarse, pero, cuando se disponía a apartar el brazo, Pendergast siguió sujetándola con fuerza.
—¡Suéltame!
Sin decir nada, la atrajo hacia él y puso el rostro a pocos centímetros del suyo. Constance sintió el repentino calor de su aliento y vio cómo se dilataban las pupilas en sus ojos de hielo y florecía la marca de la bofetada en el alabastro de su mejilla.
—La he leído mil veces —dijo Pendergast en voz baja—. La conozco mejor que tú misma.
—Demuéstralo.
—«Veo mi futuro solitario y sin amor —dijo, bajando aún más el tono—. Si no puedo tenerlo a usted en mis propios términos, no podré tenerlo…».
Pero calló de repente cuando Constance lo acercó aún más a ella y pegó su boca a la de él. Hubo un intervalo, breve pero extrañamente ilimitado en su contraposición de ira y deseo, y luego se fundieron en un abrazo apasionado.