Capítulo 32
Llegaron a la llamativa casa de piedra rojiza situada a las afueras del distrito de Tenderloin a diferentes horas entre la medianoche y la una.
El primero fue el dandi, un inglés evidentemente adinerado cuyos andares afeminados y acento exagerado de Oxbridge recordaban a tantos hijos inmaduros de la nobleza a los que enviaban a hacer el grand tour para quitárselos de en medio.
Después llegó el proveedor ambulante de artículos de confección y cuidado personal, el cual había viajado a Nueva York para asistir a una reunión anual de la empresa.
Sus intentos por pasar desapercibido en aquella lujosa casa de mala reputación resultaban aún más ridículos por su acento provinciano y sus modales torpes.
Al cruzar el llamativo salón, se quedó boquiabierto al ver a las damas descansando en sofás y otomanas.
Luego se le cayó el sombrero cuando intentó quitárselo y, una vez que se hubo orientado, subió las escaleras.
Por último llegó el ruiseñor, la costosa dama de virtud ligera cuyos encantos bien proporcionados podían disfrutarse por horas.
El dandi inglés había pagado a la propietaria por el uso de un gran conjunto de habitaciones en el tercer piso, y nada en aquellas dos llegadas adicionales despertó la más mínima curiosidad en el salón.
Aquella noche ya habían entrado otros grupos de diversos tamaños y composiciones, decididos a celebrar el Año Nuevo, y pronto llegarían más.
Tras cerrar la puerta de la suite del tercer piso, Pendergast se quitó el sombrero, que no era de su talla, y el raído abrigo de vendedor.
Diógenes ya se había acomodado en un llamativo sillón Luis XV que desentonaba terriblemente con el resto del mobiliario, una mezcolanza de piezas falsas de otros periodos franceses.
Estaba de espaldas a la puerta, pero miró de refilón al espejo enmarcado, en el cual vio el reflejo de Pendergast, y volvió a concentrarse en un cuaderno que tenía apoyado en una rodilla.
Pendergast observó la enorme cama con dosel y flecos, las cómodas y los armarios pintados, así como las diversas palanganas de porcelana fina, llenas de agua para el lavado post laborem .
—¿No piensas quitarte ese ridículo disfraz? —le preguntó a su hermano.
—Este «ridículo disfraz», como tú lo llamas, es mi armadura.
Me protege de los que podrían buscar al reverendo Considine para asesinarlo.
También es el uniforme de la otra vida que ahora llevo aquí, la de un tal lord Cedric.
Disfruto bastante de esa vida y de las oportunidades extracurriculares que me brinda.
Al mencionar Diógenes su otra vida, una expresión de dolor cruzó el rostro de Pendergast.
—Hablando de Considine, ¿cómo ha reaccionado Leng? ¿Sospecha algo?
—En absoluto. Leng está tan molesto por haberse visto privado de sus víctimas que juraría que pronto atentará contra mi vida. Me he vuelto experto en inculcarle los aspectos más sutiles del metodismo, y está tan cegado por la ira que no sospecha nada.
—Me alegra oír eso.
La mirada de Pendergast se posó en el cuaderno que acababa de abrir Diógenes. La página consistía en una lista de nombres, de los cuales solo pudo distinguir los primeros:
Martha Jane Cannary
Clarissa H. Barton
Anna Mary Robertson
—¿Quién es esa tal Martha Jane Cannary? —preguntó cuando Diógenes acabó de tachar el primer nombre.
—Más conocida como Calamity Jane —respondió con una sonrisa.
—Y Clarissa Barton, sin duda más conocida hoy en día como Clara… ¿De qué oportunidades extracurriculares depravadas estás disfrutando exactamente?
—Eso, frater , no es asunto tuyo —repuso Diógenes, que cerró el libro en el preciso instante en que Constance abrió la puerta.
Los hermanos la observaron mientras entraba en silencio y cerraba la puerta. Su disfraz era tan eficiente en su promesa de sensualidad desenfrenada, en su inquietante mezcla de elegancia y mal gusto, que por un momento ninguno de los dos acertó a decir nada.
Constance se quitó el sombrero y la redecilla del pelo y se acercó, mirándolos de arriba abajo como para asegurarse de que no habían sufrido daños graves en su ausencia. Por la facilidad con la que se movía, también estaba claro que las lesiones resultantes de su altercado con Munck habían sanado.
—Procedamos con esta reunión, ¿de acuerdo? —dijo—. Esta noche, el viento del Hudson es decididamente siberiano.
Pendergast frunció el ceño.
—Muy bien. Tal como acordamos, esta es la única reunión que nos permitiremos. Antes, todos debemos finalizar nuestras tareas y estar en posición. Será en una fecha que ya habrás calculado y que nos facilitarás. ¿Correcto?
Constance asintió.
—Entonces repasemos nuestros progresos individuales y ultimemos nuestras estrategias, dando margen a lo inesperado, si podemos.
—Con Leng, los imprevistos son el pan de cada día —terció Diógenes, que guardó el cuaderno en un bolsillo del chaleco—. ¿Has conseguido que me dejen pasar por el callejón?
—Sí.
—Ese tal Bloom sabe todo lo que necesita saber, pero nada más, ¿verdad?
—Así es —dijo Pendergast, que también se sentó—. Te sugiero que vayas a verlo, que entables conversación con él y veas qué ha hecho. —Se volvió hacia Constance—. ¿Estás segura de que Binky ya no se encuentra en la mansión de Riverside Drive?
Constance se ajustó los guantes blancos y extendió los dedos como un gato que saca las garras.
—No está allí.
—¿Tienes alguna otra sugerencia?
—Ninguna en particular. Ha abandonado Riverside Drive, así que te aconsejo que continúes con tu misión, Aloysius, que es encontrarla.
Pendergast, cuyo rostro solía ser impenetrable, adoptó un semblante de irritación.
—Ese es mi propósito —dijo, casi con frialdad—. Entremos en detalles, ¿de acuerdo?
Constance cruzó la habitación y se sentó en una chaise longue situada más cerca de ellos. Era evidente que el humor de Pendergast había empeorado desde su llegada. Diógenes los miró a ambos, se inclinó hacia delante, con los codos apoyados en las rodillas, e iniciaron una conversación en voz baja.