El ángel de la venganza (Inspector Pendergast 22) Capítulo 31
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Capítulo 31

Pieter de Jong untó mermelada en la tostada con la misma lentitud y meticulosidad que empleaba en todo lo demás.

La tostada estaba a su gusto. Preparada esa misma mañana a la lumbre, un ligero soplo de vapor se había elevado con un crujido desde la corteza cuando la cocinera la cortó.

La mermelada la había hecho su tía soltera y se la había enviado desde Delft. Cada bocado le recordaba su infancia.

Aunque era invierno, brillaba el sol, y no todas las tareas de la granja podían esperar hasta la primavera.

Oía el balido de las ovejas en las cuatro hectáreas de prados y las llamadas de William, su hombre de confianza, al perro pastor, que impedía que se alejaran.

Hacía solo unos años, la ciudad de Nueva York había creado su último distrito, el Bronx, en el extremo occidental de Westchester, el cual incluía su granja.

Eso no le preocupaba; al encontrarse tan al este, la zona seguía siendo rural y sus doce hectáreas, rodeadas como estaban por otras granjas lecheras, no serían invadidas.

La carretera había mejorado un poco, lo cual había sido una bendición; le permitía transportar sus preciados quesos a través de Hell Gate hacia el sur, donde estaban las tiendas de comestibles y restaurantes de Manhattan que los esperaban con impaciencia.

—¿Más tostadas, señor De Jong? —preguntó Clara, el ama de llaves.

—No, gracias, Clara. Por favor, coméntele a la cocinera que no ha perdido su destreza con el pan.

—Así lo haré, señor.

Tras una reverencia, Clara abandonó la sala de desayunos.

De Jong suspiró satisfecho y volvió a concentrarse en el New York Star , que leyó de cabo a rabo, murmurando de vez en cuando en señal de aprobación o desagrado cuando algún artículo le llamaba la atención.

No iba a la granja con la frecuencia que le habría gustado, así que estaba disfrutando de su ambiente relajado y bucólico.

Pero al fin sacó el reloj de bolsillo y lo miró.

Eran las diez, hora de ponerse manos a la obra.

Enoch Leng había creado varias identidades con gran minuciosidad, y entre ellas se encontraba la de Pieter de Jong.

Algunas, como la del buen doctor Leng, requerían una atención frecuente, mientras que otras, como la del bucólico granjero holandés de Whitlock Dell, en West Farms, Nueva York, solo pedían algún que otro esfuerzo ocasional.

Cada una de sus identidades tenía un pedigrí intachable y podía resistir una revisión exhaustiva de antecedentes.

Era igualmente cuidadoso a la hora de elegir a su personal.

En ese sentido, la sala de enfermos mentales de Bellevue había demostrado ser una auténtica cornucopia de posibles talentos.

Por ejemplo, William, que estaba cuidando del rebaño, había sido encerrado por expresar un fuerte deseo de comerse a su hermano mayor.

Después de varios exámenes y entrevistas, Leng concluyó que dicha petición no era tan atroz como parecía a simple vista.

El vil hermano lo había sometido a abusos espantosos cuando era niño.

Leng intuyó que William estaría agradecido toda la eternidad si le daba la oportunidad de cumplir sus deseos, y pudo organizarlo todo sin mucha dificultad.

Una vez terminada la comida, Leng contrató al complacido —y mañoso— William como ayudante agrícola.

Por su parte, Clara a veces sentía la necesidad de quemar un edificio.

Siempre que le concediera uno o dos días libres al año para hacerlo y la ayudara a localizar un objetivo adecuado, era la mejor ama de llaves.

Otros habían requerido el uso de un dispositivo quirúrgico diseñado por el propio Leng, el cual se asemejaba a un picahielo.

Dicho instrumento se insertaba en el cerebro a través del borde inferior de la cuenca orbital y luego se le daba un movimiento de barrido muy específico hacia arriba y hacia abajo.

La operación funcionaba de maravilla y convertía a los pacientes más rebeldes en personas dóciles, obedientes y, bajo la tutela de Leng, fanáticamente leales, sin ninguna de las restricciones éticas que entorpecerían la labor de un sirviente común.

Leng recorrió las habitaciones de la espaciosa granja, salió por una puerta lateral y cruzó los rastrojos cubiertos de nieve hasta llegar a una estructura con forma de cuña y dos puertas metálicas que albergaba la bodega de quesos.

Quitó el candado, se lo guardó en el bolsillo y abrió una de las pesadas puertas con un gruñido.

Unos escalones de piedra llevaban a la oscuridad.

De una clavija colgaba una lámpara de queroseno; tras encenderla, empezó a bajar.

La bodega era profunda, treinta escalones bajo tierra.

Una de las razones por las que sus quesos tenían tanta demanda en los mejores restaurantes de la ciudad era la singularidad del heno, las flores silvestres y los pastos de su granja; otra era la propia bodega.

Excavada en las profundidades del feldespato rosa que formaba el subsuelo, ofrecía una temperatura y humedad idóneas para que sus quesos adquirieran más sabor y complejidad a medida que envejecían.

Cuando llegó al pie de la escalera, enfiló un largo pasillo cuyas paredes de piedra se curvaban formando un arco de crucería en el techo.

Al pasar, echó un vistazo a los quesos apilados a ambos lados en estantes de madera y caballetes de mármol, y observó el progreso de la maduración.

Algunos ya estaban listos para su venta: los mejores cheddars desmenuzables y picantes, madurados hasta tres años; un gruyer con sabor a nuez que, según él, necesitaba quince meses para desarrollar su firmeza natural, y el orgullo de las bodegas De Jong, el grana padano, un queso italiano voluptuoso, pero de grano fino y con un sabor ligeramente dulce, cuyo secreto no conocía nadie más en Estados Unidos.

Al llegar al final del almacén, bajó unos escalones hasta otra puerta más pesada y la abrió con llave. En la habitación contigua, encendió las lámparas hasta que se hizo visible lo que, por supuesto, era un laboratorio.

Sobre una mesa había una bandeja con tubos de ensayo llenos de líquido en una centrifugadora.

El maravilloso dispositivo había sido inventado menos de una década antes para separar la leche de la nata, pero Leng le había encontrado un uso más importante.

Cogió uno de los tubos de ensayo y se lo acercó para examinar su color y viscosidad.

Perfecto. Sabía por investigaciones anteriores que ese tono azafrán claro era el sello distintivo de un elixir correctamente preparado, pero nunca había logrado tal claridad y uniformidad. Puede que Constance le hubiera dado el verdadero arcano, después de todo. El tiempo lo diría.

Metió la mano en un cajón, sacó una jeringa de metal y vidrio y la llenó en el tubo de ensayo, que volvió a colocar en el soporte. Luego atenuó las luces del laboratorio y, con la jeringa escondida detrás de la espalda, cruzó una puerta situada al fondo.

Al otro lado había una habitación pequeña y espartana con una cama, un escritorio, un perchero y un sillón.

Ni los muebles ni el cuadro que había en la pared ayudaban a aliviar la claustrofobia que provocaba aquella estancia, la cual parecía una celda.

La habitación estaba iluminada por una única lámpara instalada en lo alto de una pared.

Debajo de la cama había un orinal, y sobre la mesa, una bandeja con platos a medio comer.

En la cama yacía una chica de unos dieciocho años que dormitaba a ratos. Al oírlo entrar, se incorporó.

—¡Dr. Leng! —dijo.

—Hola, querida —respondió él con voz suave mientras se acercaba.

—Estoy muy asustada. Dijo que me lo explicaría todo… ¡Ay! ¿Qué es esto?

Inyectó poco a poco el líquido en aquel brazo regordete.

—Solo son vitaminas. —Miró con desaprobación la comida que quedaba en los platos—. Tienes que comer más; es importante que te mantengas fuerte. Clara te traerá naranjas frescas.

—¿Cómo voy a comer encerrada en esta celda, doctor?

Leng se sentó en la cama y le cogió la mano.

—Te lo expliqué todo, ya lo sabes… A lo mejor no lo recuerdas, es comprensible.

Hubo un brote de viruela y tuve que sacarte del hospital antes de que nos pusieran a todos en cuarentena.

—Hizo una pausa—. Es un brote grave, una verdadera pestilencia; si nos hubiéramos quedado, me temo que te habrías contagiado.

—Pero ¿qué hay de mi hermano, mi…?

—Están todos bien. Solo tienes que tener paciencia —dijo el doctor Leng, que le acarició la mano antes de ponerse en pie—.

Le diré a Clara que, además de las naranjas, te traiga sábanas limpias y agua para lavarte.

Te sentirás mejor y no pasarás mucho más tiempo aquí abajo.

Tengo entendido que la pestilencia está empezando a remitir.

Leng fue deprisa hacia la puerta y agarró el pomo.

—Solo una semana, puede que un poco más. Te lo prometo.

Ella se lo quedó mirando.

—¿Lo promete?

—Sí, Mary. Lo prometo.