El ángel de la venganza (Inspector Pendergast 22) Capítulo 30
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Capítulo 30

Cómodo en el interior de su carruaje, con las cortinas medio corridas y Murphy a las riendas, Pendergast estaba a la espera.

Se encontraban en la esquina de Little Water con Anthony, lo máximo que Murphy osaba adentrarse en Five Points.

Los caballos llevaban gruesas anteojeras y embocaduras bien ajustadas por debajo de las bridas.

Alrededor del carruaje había viviendas decrépitas con tendederos colgando sobre la calle, que estaba llena de basura, cenizas de carbón, gatos demacrados y niños furtivos y abandonados.

Llevaba el reloj de oro en la mano. Aunque un lunes a las nueve y media de la mañana acostumbraba a ser un momento bastante tranquilo en aquel barrio marginal, el carruaje de Pendergast podría haberse visto rodeado de residentes curiosos de no ser por las explosiones subterráneas que se habían producido cuando se detuvieron, exactamente tres minutos antes.

—¡Jesús! —gritó Murphy de repente. Y, al cabo de un momento, como si terminara una ecuación, añadió—: ¡María y José!

Pendergast descorrió la cortina y miró hacia fuera.

Había visto muchas cosas increíbles en su vida, maravillosas y terribles, espantosas e impresionantes, pero nada parecido a un paisaje urbano de repente inundado de ratas.

Salían de cada alcantarilla, de cada sótano y de cada zanja, de cada grieta y cada hueco, una horda desbordante de ratas salvajes, enloquecidas y balbuceantes que tropezaban unas con otras, mordiéndose y golpeándose, acompañadas por un coro ensordecedor de chillidos.

Pendergast nunca había visto tal cantidad de ratas; no tenía ni idea de que pudieran existir tantas en un solo lugar.

Aparecían en calles y callejones y formaban afluentes, ríos, deltas y, finalmente, un océano viviente de color marrón y rosa que intentaba escapar o refugiarse.

Pasaban por debajo del carruaje, algunas tratando de trepar por las ruedas o arañar los laterales lisos y barnizados.

Todo el suelo de la ciudad parecía temblar y balancearse.

A pesar de su entrenamiento experto, los caballos estaban asustados y empezaron a brincar y a dar pisotones. Murphy golpeaba con el látigo las ratas que intentaban subir a bordo.

—¡Señor! —gritó, aterrado—. ¡Señor, será mejor que sigamos avanzando!

—Aguante un poco más, por favor. Pronto habrá terminado, se lo prometo.

Cuando el número de ratas empezó a reducirse, se oyó un silbido cada vez más fuerte por encima de sus chillidos.

Era aire a presión que salía por los mismos agujeros, conductos y aberturas por donde habían emergido las ratas, y expulsaba con él trozos de basura y escombros.

Entonces oyeron un ruido desconocido, pero Pendergast imaginó que era el sonido hueco del agua chapoteando en cuevas, procedente de todas partes y de ninguna a la vez.

Las pocas personas que había en la calle habían huido aterrorizadas por la invasión.

Ahora, con un chapoteo rítmico, los sonidos se fueron apagando poco a poco y en diez minutos se habían disipado.

Un silencio muy inusual se apoderó de la calle Little Water, ahora exenta de ratas y personas, y la niebla invernal volvió a asentarse como si nada hubiera ocurrido.

Solo quedaba una capa pegajosa de pelos cortos y enredados de color marrón oscuro que se adherían a todas las superficies hasta la altura de las rodillas para mostrar por dónde había pasado la avalancha de ratas.

—Gracias por hacerme caso, Murphy —dijo Pendergast, que dio un golpecito con su bastón en el techo del carruaje—. Ya puede continuar.