El ángel de la venganza (Inspector Pendergast 22) Capítulo 29
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Capítulo 29

H. P. Munck se quitó las botas con puntera de acero, las dejó frente a la puerta de hierro de la habitación y entró de puntillas.

La lujosa alfombra persa le hacía placenteras cosquillas en los dedos de los pies, endurecidos por los callos.

Levantando el farol de queroseno, se detuvo a contemplar la opulencia.

Todavía olía un poco mal por el cadáver reciente de Ferenc, pero él no era de los que encontraban repugnante ese hedor natural, más bien al contrario.

Se adentró unos pasos más en la habitación.

La cama, cubierta con mantas gruesas y coronada por un cojín de satén, no se había hecho desde que él mismo retiró el cadáver, pero aun así parecía acogedora, y el aire húmedo de la estancia solo contribuía a aumentar la comodidad.

Sacó una pequeña vela del bolsillo, la encendió con el farol y luego aplicó la llama a las numerosas velas que había repartido por la habitación, la cual se inundó de una luz cálida y parpadeante.

Era delicioso, pensó Munck. Estaba cansado, muy cansado. Su señor lo había tenido más ocupado de lo normal y no había tenido tiempo para sí mismo en varias semanas. Hasta esta mañana.

Una vez encendidas las velas, se tumbó en la cama y se subió la manta hasta la barbilla.

Mientras yacía allí, notando cómo se calentaban las frías sábanas, pensó en lo perfecto que prometía ser aquel momento de intimidad.

Los olores, saber lo que había ocurrido allí; lo único que faltaba era…

¡Un momento! Justo cuando giró la cabeza sobre las almohadas y se disponía a cerrar los ojos, distinguió unas gotas de sangre seca.

Debían de haber brotado de la oreja de Ferenc tras su muerte, pero aún estaban frescas cuando el cuerpo fue depositado allí, un regalo para el Pálido.

Para un hämophile como Munck, aquello era la perfección absoluta.

Acomodándose, metió la mano en el bolsillo y sacó una petaca de plata, que se llevó a los labios para beber un trago.

Era vodka sin filtrar de Elkhotovo, su pueblo natal, una bebida alcohólica cara que solo estaba disponible en el pequeño gueto ruso de Hamilton Heights, a poco más de un kilómetro al este de la mansión de su señor.

Mientras el líquido le quemaba la garganta, le vinieron a la mente viejos recuerdos: sus días de juventud, antes de que Rusia exterminara casi por completo sus tierras natales circasianas, y la depravación y la carnicería de las que había sido testigo.

Pero no se detuvo a pensar en la violencia y el derramamiento de sangre de la Rusia zarista, sino más bien en las escenas de depravación y carnicería que él mismo había propiciado, ocultas en su mayor parte por el genocidio aún mayor que estaba teniendo lugar a su alrededor.

Después de otro sorbo del líquido áspero, los recuerdos se hicieron aún más vívidos y, con los ojos cerrados, murmuró en una lengua extraña mientras acariciaba con la nariz la almohada ensangrentada.

De forma abrupta, volvió al presente. Había oído un estruendo lejano, seguido de otros dos en rápida sucesión. Con cada uno de ellos, un leve estremecimiento había recorrido las paredes de piedra.

¿Qué había sido?

Escuchó atentamente, pero no llegó ningún otro sonido.

Había sonado lejano y, a medida que el silencio se prolongaba, concluyó que no había de que preocuparse.

Una vez más, se tapó con las mantas y cerró los ojos, y su mente volvió a un suceso particularmente excitante en el que había tenido un…

Pero, de nuevo, el torrente de sangrientas ensoñaciones se vio interrumpido.

Esta vez fue por una leve brisa que agitó su cabello grasiento.

¿Una brisa allí abajo? No recordaba haber notado ninguna con anterioridad. ¿Cómo era posible?

Y entonces llegó otro sonido muy distinto, como el susurro de una tormenta lejana mezclado con un extraño coro de chillidos. A medida que se acercaba, su intensidad se acrecentó con rapidez.

Munck se puso erguido. Reconocía los chillidos. Eran ratas, muchas muchas ratas. No tenía ni idea de qué era el susurro, pero iba en aumento y estaba cada vez más cerca.

Se levantó de la cama, fue hacia la puerta de hierro, que estaba entreabierta, y asomó la cabeza.

No solo soplaba un fuerte viento en el túnel, sino que estaba cobrando mayor intensidad y llevaba consigo el alboroto de las ratas.

Y, bajo el horrible coro de chillidos, ese otro sonido se hacía cada vez más fuerte; no era tanto un susurro como el continuo reverberar de las olas.

Se asomó un poco más y, al sostener el farol en alto para iluminar el túnel, vio algo asombroso: cientos, miles de pequeños ojos brillantes que iban hacia él. Era una multitud, un ejército de ratas que corrían presa del pánico.

Cuando llegaron a él, retrocedió para evitar ser arrollado, pero ninguna tenía interés en invadir su habitación. Simplemente pasaron corriendo, con sus gruesas colas de color rosa y sus cuerpos sarnosos, llenando el pasillo con sus chillidos y su hedor.

Munck tenía una imaginación muy viva, pero no entendía qué estaba ocurriendo ni por qué.

Permaneció inmóvil hasta que la estampida hubo pasado, dejando solo unos pocos animales lisiados o enfermos.

Estaba tan sorprendido por la visión de los roedores saltando y arrastrándose que al principio no se dio cuenta de que el viento había seguido arreciando, y, con él, ese otro sonido, que aumentó de volumen hasta convertirse en un rugido ensordecedor, como el de un tren que se aproxima.

De repente, Munck lo entendió. Era agua.

Más que agua, era una inundación subterránea.

Se alejó deprisa del sonido, con la intención de huir por el pasillo en la misma dirección que las ratas, pero era demasiado tarde.

Con un rugido, un muro de agua negra avanzó por el túnel como si fuera un ser vivo, y su fuerza lo empujó de nuevo a la habitación y cerró la puerta de hierro.

Aterrado, Munck se puso en pie. Sabía que la puerta estaba diseñada para cerrarse desde fuera.

Estaba atrapado.

La puerta temblaba a causa de la fuerza del agua y por debajo se colaban torrentes de líquido viscoso y fétido. La presión no tardó en cubrir totalmente el suelo.

—¡No! —gritó Munck mientras intentaba tapar la ranura, pero la presión del agua lo hacía imposible. Seguía entrando a chorros por debajo de la puerta.

El agua, helada y horriblemente grasienta, llenó la habitación con una rapidez asombrosa, arremolinándose alrededor de sus tobillos y subiéndole primero hasta las pantorrillas y luego hasta los muslos.

Gritó y aporreó la puerta de hierro, pero sabía que nadie podía oírlo, y mucho menos salvarlo.

Aunque pudiera abrir la puerta él mismo, se ahogaría en la avalancha que había al otro lado.

A medida que subía, el agua formó un violento remolino que empezó a apagar las velas.

Aquella inundación no podía continuar, el agua no podía seguir subiendo…

Y, sin embargo, lo hacía. Munck dejó el farol encima de una mesa y luego se metió en la cama que olía a muerte y se tapó hasta la cabeza con las mantas, envuelto en una resignación de terror abyecto.

Aunque cerró los ojos con fuerza, notó que el agua superaba el nivel del colchón y cubría las sábanas, revolviéndose e invadiendo su capullo protector.

El agua seguía creciendo, y Munck empezó a ahogarse y a escupir.

Luego subió por encima de su cabeza y se encontró flotando, con la mente sumida en la confusión mientras la ropa y las mantas lo arrastraban hacia abajo desde la superficie agitada.

Cuando tuvo la cabeza totalmente cubierta, aguantó la respiración hasta que no pudo más.

Entonces, en una reacción física automática e imparable, inhaló el líquido negro y gélido, y ese fue el final.