Capítulo 28
Otto Bloom desenrolló el plano manchado sobre la mesa del comedor de la vivienda de Park Avenue y sujetó las esquinas con pesos de plomo.
Lo acompañaban tres de sus obreros, vestidos con ropa de trabajo y sumamente incómodos en tan opulento entorno.
El propio Bloom se sentía intimidado por la riqueza extrema, así como por la forma en que Alphonse Billington gastaba enormes sumas de dinero en todo tipo de locuras.
—Bueno —dijo, mirando a su nuevo jefe, que estaba examinando el plano con ojos brillantes—, es un proyecto bastante ambicioso. Debo advertirle que habrá ratas.
—Son prácticamente la mascota de Manhattan.
—Me refiero a gran cantidad de ratas. Cuando abramos el embalse del viejo lago colector y el agua inunde los túneles subterráneos, las ratas huirán en la única dirección que les queda, hacia arriba.
—Qué interesante —dijo Billington.
Bloom negó con la cabeza y volvió a preguntarse en qué se había metido con aquel hombre extraño y pálido y sus peculiares tareas.
Pero el salario era cuantioso y el trabajo era preferible a los brutales y peligrosos cajones del puente de Brooklyn, donde habían muerto docenas de compañeros suyos.
Era muy consciente de que Billington no le había contado todo, ni siquiera la mayor parte, de lo que se traía entre manos, y tampoco le había explicado el galimatías espiritual que motivaba a su hermano, a quien Billington había mencionado, pero al que Bloom aún no conocía.
Sin embargo, a pesar del secretismo y las transacciones incomprensibles, el instinto le decía a Bloom que Billington era una persona de buena voluntad e integridad, y que tenía formas de garantizar que el trabajo que hacían, fuera legal o no, lo pareciese.
—Señor Billington, ¿está seguro de que no hay nadie en esos viejos túneles? Cuando llegue el agua, no podrán escapar. No quiero ser responsable de…, ya sabe, ahogar a nadie.
—Bloom, la verdad es que probablemente haya una persona allá abajo, o quizá dos, pero puede confiar en mí cuando le digo que son culpables de crímenes atroces contra la humanidad. De hecho, un efecto secundario de esta operación es librar al mundo de su presencia.
Bloom asintió. Confiaba en ese hombre, aunque no sabía bien por qué. Sus empleados también parecían confiar en él.
Billington se frotó las manos.
—Bloom, por favor, cuénteme el plan que ha ideado.
Bloom alisó el plano con unas manos llenas de callos.
—También debo advertirle que fue difícil conseguir este plano y no estoy seguro de que sea del todo preciso.
El lago colector fue drenado y rellenado hace unos sesenta años, pero gran parte del agua permanece atrapada en esos canales de almacenamiento, que se mantienen llenos gracias a manantiales subterráneos.
Para evitar que el agua se extendiera, estos canales de retención se aislaron del resto del antiguo complejo de acueductos, en el que ahora no hay agua.
Eso es lo que vamos a inundar: estos túneles, aquí y aquí, y este antiguo sótano de carbón.
Puede que haya o, de hecho, seguro que hay otros túneles y espacios abandonados ahí abajo que no aparecen en el plano y que también se inundarán.
—Espero inundarlos todos. Pero ¿existe el peligro de que el agua suba por encima del nivel del suelo?
—No, el agua no subirá más allá de su nivel natural, que está muy por debajo de la calle y de la mayoría de los sótanos actuales de la zona.
—¿Dónde colocarán las cargas?
—Según lo que he planeado, mis hombres entrarán por estos puntos de acceso.
Se colocarán tres cargas, aquí, aquí y aquí, cada una programada para estallar más o menos al mismo tiempo.
Una vez que esas conexiones hayan explotado, el agua saldrá por estos acueductos transversales, se reunirá en el centro y luego inundará el resto de los antiguos túneles del embalse.
—Excelente. ¿Y cuánto tiempo calcula que tardará?
—No mucho. Diez minutos tal vez. —Miró a los tres empleados, que observaban el plano con el ceño fruncido—. Son de confianza y han recibido instrucciones detalladas.
Los hombres parecieron incómodos al oír ese elogio y Billington se volvió hacia ellos.
—¿Tienen claro lo que hay que hacer?
—Sí, señor —respondieron.
—Todos recibirán una generosa recompensa.
—Gracias, señor.
—No hace falta decir que todo lo que hacemos aquí —continuó Billington—, al igual que en el Smee’s Alley, es totalmente confidencial. Las consecuencias de unas conversaciones descuidadas, las fanfarronadas en los bares y demás serían graves, incluso fatales.
Ninguno de los hombres de Bloom creía que aquel trabajo fuera normal, ni siquiera legal, y todos asintieron para indicar que lo entendían.
Billington sacó un reloj de oro, lo miró y luego se volvió hacia Bloom.
—Se acerca la medianoche. Señor Bloom, esperaré a que estén listos.