Capítulo 27
—¿El recurso está listo? —preguntó Leng en cuanto entró en la sala subterránea, poniéndose unos guantes de goma.
—Sí, doctor —respondió Munck, que se volvió hacia él.
El hombre, bajo y de complexión robusta, respiraba con dificultad a causa del esfuerzo y le cayó una gota de sudor por la frente que se detuvo en la reciente cicatriz, la cual le recordaba la furia de Constance Greene.
—Excelente.
Leng escrutó la sala de operaciones para asegurarse de que todo estuviera preparado.
Obtener aquel recurso en la calle, donde tal acción podía ser descubierta fácilmente, era peligroso, y quería cerciorarse de que el proceso de extracción se desarrollara sin contratiempos.
Hasta que se ocuparan de ese clérigo santurrón, tendría que correr riesgos excesivos para conseguir recursos.
Pero estaba convencido de que el reverendo Considine pronto tendría su recompensa en el otro mundo y él podría volver a obtener recursos en la Misión, un método mucho más seguro y fácil.
Cuando hubo concluido la inspección, se mostró satisfecho de que todo estuviese en orden.
Pendergast, el compañero espectral de la duquesa, había irrumpido en sus túneles y descubierto el cadáver de Ferenc.
Qué sorpresa tan agradable debió de ser.
Leng lamentaba no haber estado allí para verle la cara.
Pero el pálido detective no sabía nada del quirófano, situado en un tramo amurallado del antiguo acueducto de Stuyvesant, debajo del Gabinete Shottum.
No pudo evitar sorprenderse por el contraste entre los llorosos arcos de ladrillo del acueducto y las relucientes paredes metálicas que protegían el quirófano, sumamente moderno y avanzado.
Le reconfortaba ver las bandejas cubiertas de brillantes instrumentos de acero que Munck había afilado a la perfección, la más moderna mesa quirúrgica de roble cubierta con hule, la intensa luz eléctrica y el reflector, que funcionaba con su propia pila voltaica hecha a medida.
La extracción de la cauda equina debía ser lo más precisa y antiséptica posible.
La cauda equina —«cola de caballo» en latín— era el conjunto de nervios que se ramificaban en la base de la columna vertebral en cientos de hebras que parecían telarañas.
Esa milagrosa estructura biológica era la base misma de su arcano.
La extracción solo era posible si la recuperación postoperatoria no suponía un problema.
Pero la transformación de la cauda equina en el arcano —el elixir de la prolongación de la vida que estaba buscando— requería un proceso químico de gran complejidad y precisión, procedimientos y valoraciones que hasta ahora le eran esquivos.
Tal vez ese cuaderno que le había entregado la duquesa, aparentemente escrito de su puño y letra en el futuro, contenía las respuestas. Tal vez no.
Un problema adicional era el recurso en sí mismo. Al mirar la mesa de operaciones, sintió una punzada de insatisfacción. Este estaba delgado, desnutrido y pálido. Habría preferido disponer de tiempo para engordarlo, pero tenía prisa, mucha prisa, así que habría que conformarse.
El recurso —ya había olvidado su nombre— yacía boca abajo sobre el hule que cubría la mesa de operaciones.
Era uno de los innumerables y tristes casos de abandono y desesperación, una prueba más (como si fuera necesaria) de la inutilidad y el sufrimiento de la especie humana.
Estaba tapada con una sábana blanca almidonada, con las manos y los pies bien atados y un grueso trozo de algodón empapado en cloroformo sobre la boca y la nariz, sujeto con una gasa enrollada alrededor de la cabeza.
Leng sabía que en Munck tenía un asistente que disfrutaba preparando a los recursos, mientras que a él los inevitables forcejeos, gritos y súplicas le resultaban tediosos.
Asintió y Munck apartó la sábana para dejar al descubierto el cuerpo desnudo.
Se oyó un leve gemido. El cloroformo era solo un sedante leve, pero el único que podía arriesgarse a utilizar. Había descubierto que era importante mantener al recurso consciente el mayor tiempo posible para poder extraer los nervios en un estado activo.
Se acercó a la mesa echando un último vistazo a la bandeja de instrumentos para asegurarse de que todo estaba listo.
Con unos ojos brillantes, Munck dio un paso atrás, agarrando la sábana blanca con ambas manos.
Leng cogió entonces un bisturí, palpó con destreza la parte baja de la espalda con los dedos y el pulgar, localizó cada vértebra y las identificó mentalmente: T12, L1, L2.
Luego, con un corte decidido, seccionó el músculo longísimo torácico y otros músculos «verdaderos» de la parte baja de la espalda.
Ahora había más ruido, pero Leng no se percató; estaba absorto en su trabajo y satisfecho con lo que había llevado a cabo hasta el momento.
Solo un auténtico cirujano apreciaría la pericia necesaria para seccionar de golpe las cuatro capas de músculos profundos de la espalda.
Utilizando retractores, expuso la lámina vertebral, las secciones curvas del hueso que formaban la parte posterior del anillo protector de la columna.
Un cincel médico fue suficiente para retirarlas, junto con los arcos vertebrales.
Tras arrancar trozos de ligamentos interespinosos con unas pinzas, cogió un bisturí de hoja más fina, abrió la duramadre, sujetó ambos lados con los retractores y, con el bisturí en una mano y las pinzas en la otra, sondeó las meninges de la médula espinal en busca del lugar preciso para cortar.
Y allí estaba. Asintió a Munck, quien le tendió un frasco de vidrio parcialmente lleno de agua estéril con un conservante suave.
Ahora que el recurso estaba inmóvil, Leng realizó los cortes finales y dejó al descubierto su premio.
Después lo liberó de los nervios periféricos y lo extrajo con cuidado con las pinzas.
La perfección anatómica de la estructura, su delicadeza y complejidad, nunca dejaba de impresionarlo. ¡Qué asombrosas eran las obras de Dios!
Lo sumergió con infinito cuidado en el frasco y Munck puso la tapa y lo colocó en una pequeña nevera portátil. Leng dio un paso atrás y se quitó la mascarilla y los guantes quirúrgicos mientras Munck cubría la herida abierta con gasas y al recurso, ahora agotado, con la sábana.
Qué asombrosas eran, pensó de nuevo, las obras de Dios.
Pero parecía que el ser supremo se preocupaba demasiado por su creación.
A Leng no se le ocurría otra razón por la que se permitiera que una criatura tan destructiva como el hombre permaneciese en la tierra.
Pero eso, en esencia, era la base del trabajo de su vida.
Leng haría lo que un Dios bueno y misericordioso no se atrevía a hacer.