El ángel de la venganza (Inspector Pendergast 22) Capítulo 26
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Capítulo 26

Edwin Humblecut se encontraba en el oscuro cobijo que brindaba la terminal Old Colony de Boston, un lugar impregnado de un olor a tabaco, orina rancia y pescado podrido.

Había tomado el mismo tren que el policía y Joe Greene unos días antes.

Además, era laborable, por lo que era muy probable que la mayoría o todos los empleados estuvieran trabajando.

Humblecut se había separado de los otros agentes de Leng para llevar a cabo esta tarea, que era como a él le gustaba trabajar.

Los Milk Drinkers eran excelentes para infundir miedo a sus adversarios y cumplir sus amenazas, pero a Humblecut no le gustaba pasar tiempo con ellos.

Leng lo mantenía a su servicio para misiones más sofisticadas, refinadas y secretas.

Echó un vistazo a los andenes y repasó una vez más lo que sabía.

No conocía el nombre del agente de policía, aunque eso no tenía mucha importancia: sin duda, tanto él como el niño viajarían con nombres falsos, probablemente como padre e hijo.

No obstante, Munck le había proporcionado una descripción bastante decente.

Leng le había dicho que supusiera que el hombre parecería «no conocer esta época y lugar».

Humblecut no estaba seguro de qué significaba eso, pero creía que el niño sería el que hablaría más y se encargaría de resolver las incidencias.

De hecho, había sido él quien había comprado los billetes a Boston.

La forma en que habían abandonado la mansión —el truco del ataúd— resultaba ingeniosa, pero también daba la impresión de haber sido planeada a toda prisa.

Era comprensible, por supuesto, pero le venía bien a Humblecut.

Pendergast, el enemigo de Leng, que probablemente había participado en la planificación, había tenido muy poco tiempo para trabajar desde el secuestro de la chica por parte de Munck hasta la huida de Joe, cuyo objetivo era sin duda mantenerlo alejado de Leng.

Esa premura beneficiaría a Humblecut, porque los planes de huida tendrían que ser sencillos y directos.

Sin duda, habrían preparado un escondite deprisa y corriendo.

Cualquier detalle o precaución adicional se añadiría más tarde.

A partir de lo que había averiguado y observado, Humblecut empezó a especular.

Tal vez se habían bajado en una de las numerosas paradas; si no encontraba más pistas en Boston, volvería sobre sus pasos.

Pero su instinto le decía que la misma urgencia empleada para sacar a Joe de Nueva York también los llevaría lo más lejos posible, tal vez incluso más allá de Boston, sin que el regreso resultara demasiado oneroso.

El policía era un desconocido y el niño, aunque astuto, era joven y no tendría práctica en despistar a un cazador. A Humblecut no le costó mucho ponerse en el lugar de ambos y repasar las diversas acciones que podrían haber llevado a cabo desde aquella terminal.

Se enderezó el sombrero, se alisó el cuero negro del abrigo y se dirigió con paso tranquilo hacia las taquillas, agarrando la maleta de modo que pareciese más un regalo que un equipaje.

Sin embargo, ninguno de los taquilleros que estaban de guardia recordaba haber vendido billetes ni haber hablado con nadie que se ajustara a la descripción de Joe.

Pero eso no preocupaba a Humblecut. De hecho, aunque una sola consulta como aquella no podía abarcar a todos los taquilleros que trabajaban en la terminal, concordaba con la imagen mental que se estaba formando.

En su huida, fuera cual fuese el camino que tomaran desde esa estación de tren, era casi seguro que lo harían en un medio de transporte diferente.

Era algo habitual en un plan urdido a todo correr.

Miró despacio a su alrededor y se fijó en los grandes bancos de madera, los quioscos de prensa, la fila de taquillas y los puestos de comida.

Mentalmente, se puso en el lugar de Joe: joven, entusiasmado por el que tal vez era su primer viaje largo en tren, pero asustado ante la idea de que pudieran seguirlo… ¿Adónde iría a continuación?

Humblecut fue a los amplios y ornamentados aseos de caballeros, donde ofrecían los servicios de afeitado, corte de pelo, tratamiento facial, manicura, limpieza de zapatos, arreglos de sastrería urgentes y muchos otros, además de la satisfacción de las necesidades fisiológicas.

Había trabajadores de toda índole y, tras media docena de consultas infructuosas, Humblecut fue recompensado por un barbero que recordaba a un hombre corpulento que coincidía con la descripción de D’Agosta y que había entrado para utilizar las instalaciones dos días antes; su hijo le había pedido indicaciones para llegar al muelle New Commonwealth.

Humblecut le dio las gracias y volvió a la sala de espera principal, donde se sentó en un banco a pensar.

El muelle New Commonwealth estaba en el sur de Boston, cerca de Dorchester Heights. Era una ciudad portuaria importante; si uno ya no deseaba desplazarse en tren, Boston ofrecía muchas oportunidades para viajar por agua.

Los transbordadores de corta distancia utilizaban los muelles más próximos de Atlantic Avenue, y el de New Commonwealth era el punto de partida hacia destinos más lejanos.

Humblecut era demasiado taciturno para sonreír, incluso para sí mismo, pero permitió que un pequeño destello de satisfacción le calentara un instante las entrañas.

Otra persona habría salido corriendo de inmediato, pero él sabía que no había prisa.

Era demasiado tarde para que zarpara ningún ferry rumbo a Cuttyhunk, Martha’s Vineyard o cualquier otro sitio.

Joe y su guardaespaldas debían de haber pasado la noche en una de las pocas posadas que había cerca de los muelles del sur de Boston, probablemente en Congress Avenue, que Humblecut conocía bien.

Eso le daba tiempo de sobra para visitar esos establecimientos, hacer preguntas y determinar el siguiente destino, tal vez el definitivo.

Dejó la maleta a su lado. La búsqueda en sí era su segundo aspecto favorito de este tipo de trabajos.

En su día fue miembro de la Policía Metropolitana de Nueva York, pero esta siempre había mostrado más interés en luchar contra organismos de seguridad rivales, como la Policía Municipal, que en atrapar delincuentes.

Después de unos años, la abandonó para incorporarse a la agencia de detectives Pinkerton, donde en sus inicios ascendió rápidamente.

Trabajaba con Allan Pinkerton y formó parte del equipo de seguridad personal de Abraham Lincoln entre 1862 y 1864.

Pero las mismas características personales que lo hacían tan buen investigador tenían un lado más oscuro —el propio Pinkerton las calificaba de «malsanas»— y lo llevaron a dejar la agencia y convertirse en un trabajador por su cuenta.

Y no tardó mucho en encontrar a Leng. O tal vez fue Leng quien lo encontró a él.

A pesar de su perspicacia, Humblecut nunca lo supo a ciencia cierta.

Entonces se levantó del banco, cogió la maleta y se dirigió a la salida más cercana.

De una cosa estaba seguro, y era que Leng no mostraba reservas moralistas con respecto a sus métodos.

Tampoco se interponía en lo que, para Humblecut, era lo mejor de trabajos como aquel, la libertad para proceder como juzgara oportuno una vez capturada la presa.

Tal vez le habría sido útil mantener uno o dos contactos en Pinkerton.

La agencia de detectives estaba recopilando la mayor colección de fichas policiales del país, pero en Blackwell’s Island nunca se habrían molestado en hacerle una foto al joven Joe.

Además, Humblecut había obtenido muy sutilmente dos descripciones del niño —una del vendedor de billetes y otra del barbero–, y a su manera eran mejores que una fotografía.

Salió de la estación y fue hacia el sur de Boston, ahora apretando un poco el paso.