Capítulo 25
Pendergast estaba observando, más allá de las ostrerías y los alojamientos baratos, un imponente edificio con cornisas de granito que dominaba la esquina de la calle Catherine, el Gabinete Shottum de Curiosidades.
Una fría niebla invernal se extendía por la calle, teñida de un color rojo anaranjado por las lámparas de gas de los establecimientos que había a ambos lados.
Olía a pescado viejo y a orina, y a lo lejos se oían cánticos de borrachos, el repiqueteo de los cascos de los caballos y el silbido de un barco de vapor en el East River.
Vestido como un cliente de una taberna nocturna, con un abrigo raído y unas polainas sucias, Pendergast avanzó por la calle tambaleándose un poco.
Eran casi las tres de la madrugada, así que había poca gente y nadie se fijó en él.
Al acercarse a la esquina, se metió en un callejón que pasaba por detrás del edificio Shottum y se agachó como si fuera a vomitar.
Cuando una mirada rápida le indicó que estaba solo y que nadie lo observaba, saltó una valla de hierro forjado al final del callejón.
Al otro lado había una puerta lateral que permitía acceder al Gabinete Shottum.
Estaba cerrada, pero el candado no parecía mayor obstáculo que una puerta sin cerrar. Una vez dentro, cerró la puerta.
Todas las lámparas de gas estaban apagadas y reinaba la oscuridad más absoluta.
Nuevos olores le asaltaron los sentidos, formaldehído y naftalina superpuestos con un ligero hedor a supuración.
Pendergast sacó un fragmento de vela del bolsillo y, al encenderlo, proyectó un débil resplandor.
Se encontraba en una de las salas de exposición.
De entre las sombras se alzaban piezas extrañas y supuestamente auténticas que contempló con mesurado interés: un oso pardo «devorador de hombres» con un brazo falso entre las fauces, un orangután momificado y el esqueleto de una condesa ejecutada durante la Revolución francesa, al que, como cabría esperar, le faltaba el cráneo.
Al cruzar la sala, pasó bajo un arco con un cartel que rezaba: GALERÍA DE MONSTRUOSIDADES ANTINATURALES, y luego enfiló un estrecho pasillo en el que se exhibían otras piezas grotescas, como un perro con cabeza de gato y una horrible masa marrón identificada como el hígado de un mamut lanudo, el cual habían descubierto congelado en un glaciar siberiano.
El pasillo se bifurcaba al llegar a la exposición de un forajido del Oeste que había muerto ahorcado.
El pasillo de la izquierda terminaba en una alcoba cubierta con cortinas.
Al apartarlas, Pendergast vio una pared de madera.
Presionó un pequeño nudo en una tabla y la parte trasera se abrió hacia dentro.
Al otro lado había un armario con una puerta metálica cerrada con candado.
Una vez más, el candado pareció derretirse en sus manos.
La puerta metálica daba a un diminuto rellano con una escalera que conducía a la oscuridad en ambas direcciones.
Sabía que los escalones que bajaban llevaban al túnel de carbón que había en el sótano, y los que subían, al primer laboratorio de Leng.
Antes de que este empezara a llevarse víctimas de Bellevue y la Casa de la Industria, utilizaba este callejón sin salida del Gabinete como lugar de captura.
Acechaba como una araña en su trampa, le tapaba la boca a la víctima con un trapo empapado en cloroformo y la arrastraba detrás de la pared.
Buscaba mujeres jóvenes, pobres, solas y a menudo prostitutas, aquellas que podían desaparecer sin que nadie las echara de menos.
De hecho, el Gabinete Shottum era frecuentado por muchas mujeres de ese tipo, ya que era uno de los pocos lugares de entretenimiento populares que había en Five Points; por solo unos centavos, les ofrecía un respiro momentáneo de sus miserables vidas.
Pendergast había averiguado que, en esos momentos, ningún paciente del hospital Bellevue cumplía los requisitos de Leng.
Eso significaba que el doctor, a quien Diógenes también había cortado el suministro de víctimas en la Misión y en la Casa de la Industria, podía volver a recurrir a ese método para conseguir víctimas, y estaba decidido a impedirlo.
Con la vela titilando, subió las escaleras hasta el piso de arriba.
Leng había abandonado ese laboratorio cuando una de sus víctimas moribundas fue descubierta por Shottum, el propietario, y Pendergast no estaba seguro de qué había hecho Leng con él después de matarlo.
Ese era otro de los motivos de su visita.
Llegó al rellano del tercer piso, forzó la cerradura y se detuvo a examinar el amplio espacio dividido en compartimentos que se extendía más allá.
El techo abovedado se encontraba bajo los aleros del edificio, y a un lado había varias mesas negras de esteatita con restos de material químico parcialmente desmontado y abandonado, así como otros desechos científicos.
Había un olor extraño, parecido al de un jamón curado que tal vez había pasado demasiado tiempo al sol.
El olor provenía de detrás de una gruesa cortina de hule situada al fondo de la habitación.
Pendergast se abrió paso entre las mesas hasta llegar a la partición y la abrió.
Allí, sobre una camilla de mármol, yacían dos cajas largas de madera, cada una de las cuales contenía un cadáver humano.
Cuando Pendergast acercó la vela para iluminarlos, vio que estaban cubiertos de sal gruesa y lo que parecía ser natrón como conservante.
Aunque los rasgos estaban distorsionados por la descomposición y el curado, uno de esos cadáveres solo podía ser Shottum.
El otro probablemente era el de Tinbury McFadden, conservador del Museo de Historia Natural, a quien, por lo que sabía Pendergast gracias a viejas cartas y diarios, Shottum había transmitido sus sospechas sobre Leng.
Sin duda, el desafortunado caballero había mostrado excesiva curiosidad hacia las actividades de Leng en el tercer piso del Gabinete.
Obviamente, la sal era el método que Leng había utilizado para evitar que los cadáveres fueran descubiertos hasta que, en la línea temporal de Pendergast, acabó quemando el de Shottum y lo redujo a cenizas.
Por supuesto, ahora se encontraban en una línea temporal alternativa y cualquier cosa podía suceder.
Pendergast había valorado la posibilidad de quemar él mismo el cuerpo de Shottum, pero descartó la idea por considerarla demasiado arriesgada para las vidas inocentes que habitaban el abarrotado barrio marginal.
Había estado antes en el Gabinete, primero como elaboración de su propio intelecto y más tarde en persona, y esta sería su última visita.
Ahora ya conocía la suerte que había corrido Shottum, pero tenía más asuntos que atender en el sótano del carbón, donde las víctimas viviseccionadas de Leng habían sido emparedadas en nichos vacíos.
Al salir del laboratorio, Pendergast cerró la puerta con candado y bajó al sótano.
Al llegar al pie de la escalera, se detuvo para escuchar.
Sabía que Munck probablemente andaba cerca, pero solo se oía el goteo del agua.
A la izquierda había un túnel de carbón y, a la derecha, otro túnel que se adentraba en el complejo subterráneo de Leng.
Pendergast se adentró en el túnel de carbón; la luz de la vela era tenue, pero suficiente para sus ojos avezados.
Varias alcobas ya habían sido selladas y cerca había ladrillos y mortero apilados, junto con paletas y una carretilla, el material que Munck utilizaría para enterrar a las futuras víctimas de la búsqueda del elixir que había emprendido Leng.
Tras los preparativos para el derrumbe estructural en el Smee’s Alley, Pendergast le había pedido a Bloom que comprara varias cajas de dinamita y las almacenara en el recinto por si era necesario utilizarlas en el futuro.
Pendergast sacó del abrigo tres cartuchos de dinamita conectados a una mecha de diez minutos que Bloom le había preparado.
Ahora, examinando los pilares y arcos estructurales, identificó el punto más débil.
A continuación, apoyó la dinamita en la base y desenrolló la mecha impermeable, que se desplegó a lo largo de varias docenas de metros en el suelo de piedra.
Luego se agachó y prendió la mecha con la vela.
Con un silbido, empezó a arder. Pendergast huyó a toda velocidad del túnel de carbón y subió las escaleras hasta el rellano.
Después entró en el Gabinete, salió de la alcoba, pasó junto a las espantosas exposiciones y volvió al callejón por la puerta lateral.
El lugar seguía desierto. Tras cerrar de nuevo la puerta con llave, trepó por la verja de hierro forjado y saltó a la calle Catherine.
Eran casi las cuatro y todo estaba tal y como lo había dejado.
De nuevo disfrazado de borracho tabernario, echó a andar.
Una mujer de la noche, que tenía el vestido levantado para mostrar un tobillo, lo llamó desde un umbral cuando pasó tambaleándose, pero rechazó su compañía con educación.
Se detuvo al llegar a la esquina y, momentos después, se oyó un estruendo profundo y hueco, seguido de una breve vibración bajo sus pies.
Un gato salió disparado de una esquina, un perro ladró en algún lugar y los cantos de los borrachos cesaron.
Pero el momento pasó rápidamente y, en cuestión de segundos, la calle volvió a la normalidad.