El ángel de la venganza (Inspector Pendergast 22) Capítulo 24
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Capítulo 24

La enorme mole del Drury Hippodrome, el complejo de entretenimiento y teatro más grande de la ciudad de Nueva York, ocupaba toda una manzana de la calle Catorce.

A las ocho de la tarde de un sábado, era un hervidero de actividad.

En su interior, los diversos espectáculos, desde conciertos hasta artistas circenses y rarezas humanas, se hallaban en pleno apogeo y la acera exterior estaba repleta de clientes que iban y venían.

Debido a la variedad de espectáculos y a la necesidad de comprar entradas individuales para cada uno, el edificio se había subdividido en muchos locales.

Pequeños callejones conducían al enorme complejo, adornado con banderas, y servían de acceso para el público, así como de entrada trasera para los artistas, tramoyistas y vendedores.

El Hippodrome era una ciudad en miniatura tan laberíntica que, según decían, nadie conocía del todo sus callejuelas, pasillos, túneles y pasarelas.

En medio del caos, entre un camerino y un taller de reparación de decorados teatrales, había una sala que permanecía cerrada con llave en todo momento.

Su pesada puerta no tenía letrero y los trabajadores que pasaban por allí la ignoraban, como si se tratara de otro almacén o zona de mantenimiento.

Aquella habitación, con sus gruesas paredes y sin ventanas, pertenecía a Leng y era uno de los refugios más insólitos que utilizaba para sus múltiples empresas.

Aunque pudiera parecer incongruente instalar un lugar de reunión así en uno de los lugares más concurridos de todo Nueva York, era precisamente ese bullicio lo que le brindaba el anonimato.

Allí era donde se daba cita su «equipo».

Decla estaba junto a la puerta, con una mano vendada y lanzando sin descanso un cuchillo de caza al aire para atraparlo por la punta y vuelta a empezar.

Al mirarla, Leng estuvo a punto de sonreír.

A pesar de sus diferencias de clase, educación y edad, era su favorita, la persona a quien acudía para obtener consejos prácticos.

Se conocieron dieciocho meses antes, cuando ella intentó robarle la cartera en el Bowery.

Él se giró rápidamente y le agarró la mano, dispuesto a cortarle la carótida con un bisturí y luego dejar que se desangrara mientras él se perdía entre la multitud.

Pero algo lo detuvo, algo en sus ojos que, en lugar de miedo, irradiaba frialdad e incluso resignación.

Y así había comenzado una asociación inusual.

Ella era la líder de los Milk Drinkers, una banda cuyo nombre, el de los bebedores de leche, ya era un desafío despectivo a los Plug Uglies, los Slaughterhousers, los Roach Guards y las demás bandas de apelativos desagradables que dominaban los peores barrios marginales de la ciudad de Nueva York.

Los Milk Drinkers eran un grupo pequeño y muy unido al que todos temían tanto por su secretismo como por su letalidad.

A diferencia de otros, los Milk Drinkers no tenían un territorio que defender ni por el que luchar; iban y venían a su antojo.

Leng no había puesto a Decla bajo su protección, ya que ella jamás lo habría aceptado, sino que la había incorporado a una especie de asociación que él mismo financiaba.

A cambio, ella había accedido a dejarle reducir las filas de la banda hasta que fuera lo más ágil, móvil y peligrosa posible.

Los Milk Drinkers eran sus guardaespaldas, sus agentes nocturnos, sus mensajeros de la muerte, y a cambio él les proporcionaba no solo refugio y fondos ilimitados, sino también la libertad de trabajar de forma independiente; mantenían su posición en lo más alto de la jerarquía delictiva y llevaban a cabo tareas propias ideadas por la mente inteligente y salvaje de Decla.

En ese momento estaba descontenta; el enfrentamiento con Constance Greene la había molestado.

Leng sabía que no estaría satisfecha hasta que lo hubiera terminado.

Decla sentía un odio especial por las bandas femeninas y, con el tiempo, había organizado el asesinato o la neutralización de todas las integrantes de las Sow Maidens, que vestían como estibadores y se limaban los dientes hasta dejarlos puntiagudos.

Al observarla, Leng pensó que lo correcto era darle satisfacción con la falsa duquesa cuando fuera el momento adecuado.

Miró alrededor de la sala, donde había unas veinticinco personas encorvadas en sillas o recostadas en cajas de embalaje, quietas, esperando.

Solo faltaban unas pocas más, que se mezclaban con la multitud de visitantes y no llamaban la atención mientras se dirigían a la sala por las innumerables rutas que, en caso de emergencia, también servían como múltiples salidas.

Aunque todos parecían duros, podía leer los rostros como un libro abierto.

Lo temían, lo respetaban y lo llamaban doctor.

Por supuesto, no sabían a qué se dedicaba en realidad.

Mantenía en secreto su verdadero y trascendental trabajo —la recolección de cauda equina, el elixir que buscaba, su gran proyecto—, un secreto que solo conocía Munck.

Por el contrario, había dejado entrever que era un jefe de la mafia sofisticado como ningún otro que se dedicaba a las operaciones más peligrosas y lucrativas del mercado negro y a actividades ilegales, y que actuaba entre bastidores, en secreto, como su ángel de la guarda, aunque tal vez «demonio» sería un término más apropiado.

Una serie de golpes secos y breves resonaron en la puerta, y Decla la entreabrió para hacer pasar a los dos últimos miembros, Sloopy y Wolfteat. Cuando tomaron asiento, cerró la puerta con llave y Leng se levantó para dirigirse a los allí presentes.

—Mis queridos amigos —dijo, mirando a su alrededor—, bienvenidos.

Asentimientos, murmullos.

—Lamento decir que se me ha presentado un pequeño problema. Está relacionado con el Smee’s Alley, junto a Longacre Square. ¿Alguno de vosotros lo conoce?

Nadie lo conocía. Estaba demasiado lejos, en la parte alta de la ciudad.

—El hombre del que os hablé, Pendergast, lo ha bloqueado, y quiero acceder a él.

Nadie le preguntó por qué. Sabían que mostrar curiosidad por sus asuntos privados no era una práctica saludable.

—Buscad una entrada secreta, subterránea, a través de una claraboya o como miembros del equipo que lo vigila actualmente. No hace falta que os diga cómo; solo avisadme cuando lo hayáis hecho.

Caminó de un lado a otro durante unos segundos.

La banda era muy consciente de su necesidad de mujeres jóvenes, sus «dulces trofeos», y de la rapidez con la que las consumía, aunque la naturaleza particular de esa necesidad seguía siendo un secreto.

Leng dejó que pensaran que se trataba de lo habitual.

Y esto llevó al siguiente tema del orden del día.

—Han nombrado a un nuevo clérigo en la Misión —dijo— y me ha prohibido el acceso a las reclusas. Ya no puedo llevarme a las chicas que selecciono para que reciban el tratamiento médico necesario en mi clínica.

Ante eso, algunos de los allí presentes intercambiaron sonrisas.

—Royds, ese idiota de la Misión, no puede facilitarme información útil ni sobre los detalles de la muerte de la señorita Crean ni sobre el historial del clérigo.

Ese hombre me pone tantas trabas que al principio pensé que podía tratarse de un complot, pero sus papeles están en regla, así que, en resumen, resulta evidente que no es un fraude.

—Nosotros nos ocuparemos del clérigo, doctor —dijo una voz—. El río siempre está sediento de cadáveres.

Se oyeron risas contenidas y Leng asintió.

—Eso es exactamente lo que yo pienso. Decla, por favor, valora este asunto y hazme saber tus recomendaciones.

Al oír eso, la mueca de enfado desapareció de su rostro y poco a poco fue sustituida por una sonrisa. Planear asesinatos era uno de sus pasatiempos favoritos.

—Scrape, aquí presente, lo hundirá en el fango del East River en un santiamén.

Leng asintió de nuevo.

—Muy bien. Avísame cuando esté hecho, y no des nada por sentado en este asunto. Presta atención a posibles resultados inesperados.

—¿Por qué no nos ocupamos al mismo tiempo de ese cretino de Pendergast? —preguntó otra voz entre murmullos de conformidad—. Quitémoslo de en medio junto con el clérigo.

—Me temo que es demasiado listo. Intentar desenfundar antes que él solo reduciría el número de hombres a vuestra disposición. Creo que una táctica progresiva podría funcionar mejor —dijo con aire pensativo.

Mientras hablaba, la idea se iba formando en su cabeza. Un hombre tan inteligente como Pendergast en realidad podía serlo demasiado, lo cual provocaría su caída.

Leng miró el reloj; habían pasado veinte minutos desde su llegada y prefería que las reuniones fueran breves.

—Solo queda un asunto más. Humblecut, ¿tienes algo que decir?

Hubo movimiento al fondo de la sala, gris contra negro.

Entonces un hombre de aspecto taciturno que había estado recostado en su silla se inclinó hacia delante.

Era mayor que el resto, de unos cuarenta y cinco años, y, en lugar de camisa gris, tirantes y bombín, llevaba una gabardina larga de cuero negro.

Sus ojos quedaban ocultos bajo el ala de un sombrero de fieltro, pero lucía un bigote encerado que se alisó un poco con la yema de los dedos antes de hablar.

—Gracias, doctor. Al niño, Joe, lo sacaron de la casa utilizando un coche fúnebre y un ataúd como señuelo —dijo con una voz tranquila y casi melódica—.

Se suponía que dentro estaría el cuerpo de su tutor, pero metieron al crío e hicieron el cambio cuando el coche se detuvo un momento a reparar una herradura.

Por supuesto, era un ardid. Desde allí, él y el agente que lo escoltaba fueron a la estación de tren.

No nos dimos cuenta hasta el último momento y nos costó seguirlos.

—Continúa —dijo Leng.

—Al final nos enteramos de que habían comprado billetes para Boston.

—Comprendo.

Leng reflexionó un momento. Si podía determinar cuándo volvería a aparecer ese portal del futuro por el que habían llegado sus adversarios y acceder a él, los resultados serían prácticamente incalculables.

Constance Greene había utilizado su existencia misma para amenazarlo: «Si supiera lo que le depara el futuro, eso sería lo último que diría.

Porque la próxima vez que me vea será con unos poderes tan formidables que todas sus trampas y sus ratas de callejón serán barridas como paja».

Dios mío, pensó. El gran proyecto que siempre había supuesto que tardaría décadas, incluso un siglo, en finalizar tal vez podría completarse en cuestión de meses, o menos.

Lo que necesitaba era más información sobre el portal, y esa información solo la tenían los que lo habían utilizado.

Y necesitaba conocer el futuro del que procedían Ferenc y el resto.

Una vez más, lamentó con amargura haber eliminado a Ferenc. Eso solo dejaba a tres personas.

—Podemos matar a ese clérigo entrometido, pero a Pendergast y al policía los quiero vivos por ahora. —Hizo una pausa—. Eso es todo. Gracias, amigos míos. Tened cuidado al iros. Y recordad: esto debe mantenerse en secreto.

Se llevó el dedo índice a los labios y el grupo se dispuso a abandonar el Hippodrome por sus diversas rutas.

Leng esperó a que se acercara Humblecut, su detective, a quien hizo un gesto para llevárselo aparte. Y, mientras Decla montaba guardia a la salida, empezó a susurrarle más instrucciones.