El ángel de la venganza (Inspector Pendergast 22) Capítulo 23
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Capítulo 23

Un frío amanecer se abría paso sobre Longacre Square cuando los mineros concluyeron su tarea, que Pendergast observó con no poca satisfacción.

Aquellos hombres eran los mejores en este tipo de trabajos; habían hecho todo lo que les había pedido y más.

Ahora, el Smee’s Alley era un lugar totalmente seguro.

La entrada del callejón estaba bloqueada y los edificios que lo rodeaban no ofrecían ningún acceso.

El agujero en la pared causado por la dinamita estaba tapado con tablones, y la puerta de la fábrica de cerveza, situada al final del callejón, había sido reforzada y cerrada con candado.

Justo a la entrada que daba a la Séptima Avenida, habían levantado una robusta caseta de dos pisos con vigas, travesaños y soportes temporales que serviría para vigilar aquella calleja pequeña pero esencial.

Ahora que los edificios de viviendas que daban a las calles Cuarenta y uno y Cuarenta y dos estaban bajo el control de Pendergast y que la puerta trasera de la fábrica había quedado cerrada a cal y canto, el Smee’s Alley, situado entre ambos, se encontraba a salvo.

Pendergast sabía perfectamente que, si alguna vez volvía a abrirse el portal, era vital controlar el espacio circundante y, lo que era aún más importante, impedir que Leng lo utilizara.

Si atravesaba el portal y lograba controlar la máquina del siglo XXI en el universo natal de Pendergast, las consecuencias serían inimaginables.

—Señor Bloom —dijo, volviéndose hacia el capataz—, reúna a sus hombres, por favor.

Bloom alineó de inmediato a los diez miembros de su equipo, con sus variopintas ropas de trabajo, sus pesadas botas y sus rostros manchados de polvo de hormigón y suciedad.

Pendergast los miró y, tras unas palabras obsequiosas, sacó del bolsillo unas monedas de oro de diez dólares, recorrió la fila y dejó caer una en cada mano extendida. La expresión de los hombres al ver el oro fue extraordinaria.

—Usted —dijo Pendergast, dando una palmada en el pecho a uno de ellos—. ¿Cómo se llama?

—Patrick McGonigle, señor.

—¿Le hace ascos a las peleas a puñetazos o los actos violentos?

—¿Ascos? No tengo gonorrea ni gripe, si es eso a lo que se refiere. En cuanto a la violencia, sé defenderme con los puños y con el garrote.

—Muy bien. Póngase ahí.

Pendergast se detuvo delante de otro hombre.

—¿Y usted?

—Tony Bellagamba, señor.

—Ya veo de dónde le viene ese apodo. Vaya ahí.

Pendergast puso las manos detrás de la espalda y se dio la vuelta para pasear una vez más junto a la fila de hombres harapientos, que intentaban mantenerse lo más erguidos posible.

—¿Y usted?

—Emil Krauss.

—¿Dónde se hizo esa cicatriz que tiene en la mejilla?

—En un duelo, señor.

—¡Un duelo, qué maravilla! ¿Con qué tipo de arma?

—Con un korbschläger , señor. Fue en Prusia.

—¿Y qué fue de su oponente?

—Le perdoné la vida, señor.

—¿Por qué?

—La humillación es peor que la muerte.

—Excelente, excelente. Por favor, únase a los demás.

Pendergast dio una última vuelta por la fila.

—¿Y usted, buen hombre? —preguntó a un obrero gigantesco.

—George Smith, señor.

—¿A qué se dedicaba antes de trabajar en la construcción del puente de Brooklyn?

—Estaba en las minas de hierro de las montañas Adirondack, señor.

—¿Sabe leer y escribir?

—No, señor.

—Vaya hacia allí, por favor.

Pendergast interrogó a otro, un hombre de origen bastante misterioso, pero de evidente letalidad, llamado Perigord, y luego asintió con satisfacción.

—Por favor, vaya con los demás. Al resto, gracias por su buen trabajo. Ya pueden irse.

Cuando se hubieron marchado, solo quedaban Bloom y cinco miembros de su cuadrilla. Pendergast esperó a que estuvieran solos y luego se volvió para hablar al grupo.

—Ahora trabajan para mí. El sueldo es de seis dólares al día. El horario será irregular y estarán disponibles en cualquier momento, tanto de día como de noche. Es posible que tengan que alojarse por un tiempo en estos edificios, pero me encargaré de que estén cómodos. ¿Alguna objeción?

No hubo ninguna, tan solo vigorosos gestos de asentimiento y expresiones de satisfacción.

—Señor Smith, usted se quedará aquí y ocupará la caseta de vigilancia para la guardia inicial.

Señor Perigord, por favor, patrulle los edificios circundantes y vigile esa fábrica y a su propietario.

Es de suma importancia que nadie entre en el callejón ni en los edificios de la zona, ahora vacíos.

Consideren esto nuestro territorio: no se debe entrar en él.

Si alguno de ustedes ve algo inusual en el callejón, como luces o colores extraños, se quedará donde está, mantendrá la calma y me hará llegar un mensaje.

Al resto los espero en esta dirección a las cinco de la tarde.

—Repartió tarjetas a cada uno de ellos—.

Y ahora, señor Bloom, dediquemos unos minutos a ultimar de manera satisfactoria las funciones y responsabilidades de su excelente brigada.