El ángel de la venganza (Inspector Pendergast 22) Capítulo 22
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Capítulo 22

Poco después de la una de la madrugada, un esquife se alejó de la maraña de muelles y amarres que se adentraban en el río Hudson alrededor de la terminal del ferry de la calle Christopher.

Aunque el lado oeste de Manhattan no se llenaría de muelles y transatlánticos hasta cuarenta años después, había cierto tráfico fluvial incluso a esas horas tan tardías; el esquife, sin embargo, se mezcló con él sin llamar la atención.

Constance Greene iba sentada en la popa.

Remaba a contracorriente y oía el tenue crujido de los remos y las salpicaduras del agua.

Llevaba un traje de sobrecargo y una gorra calada sobre su pelo corto.

En la proa, un gran fardo tapado con un hule cumplía otras funciones aparte de ejercer de contrapeso; bajo la lona había ropa, comida, herramientas y armas.

El poco calado del esquife le permitía deslizarse por la superficie, mientras que el entablado, cortado a mano y unido con clavijas, otorgaba a su estructura la resistencia suficiente para soportar un mar embravecido sin hundirse.

Constance remaba cómodamente y sin apartar la mirada del resplandor que iluminaba el extremo sur de Manhattan. Cuando la luz se hubo atenuado, acercó el bote un poco más a tierra.

Era una noche fría y despejada, y, bajo las estrellas, los rasgos naturales de Manhattan destacaban ante su ojo experto.

Avanzando con golpes de remo uniformes, pasó por Mount Tom, el afloramiento rocoso al que Edgar Allan Poe iba a disfrutar de las vistas.

Más al norte, el lecho rocoso de la isla empezaba a elevarse formando acantilados y dejaba solo la línea ferroviaria West Side de la compañía New York Central a nivel del mar, junto con las ruinas de las chabolas abandonadas una década antes, durante la expropiación de terrenos que daría lugar a Riverside Park.

Las terrazas de tierra nivelada que formaban el parque no tardaron en asomar entre los tramos de árboles desnudos, y Constance soltó un momento los remos y se dejó llevar por la marea mientras observaba atenta el paisaje para asegurarse de su ubicación.

Los contornos del parque, aún en construcción, terminaban alrededor de la calle Ciento veinticinco, y su destino se hallaba solo una docena de manzanas más al norte.

Volvió la cabeza y utilizó los oscuros acantilados de Washington Heights para triangular. Luego cogió de nuevo los remos y acercó aún más el bote a la orilla. Siguió avanzando al tiempo que se fijaba en los árboles retorcidos a lo largo de la costa.

En una ocasión creyó haber encontrado lo que buscaba, pero, cuando dirigió el esquife hacia tierra, encalló en una orilla fangosa cubierta de maleza. Utilizó enseguida un remo para adentrarse de nuevo en el río.

Minutos después, un segundo intento resultó más fructífero.

Lo supo antes de llegar: un par de plátanos desnudos rodeados de una maraña de matorrales, maleza muerta y hiedra colgante.

Esta vez se acercó con más cautela, virando hábilmente y dejando que la proa atravesara la espinosa cortina de maleza invernal.

Sin embargo, era más espesa de lo que recordaba, y por un momento se vio envuelta en una masa de vegetación y ramas. Pero entonces el esquife atravesó la maleza, que volvió a su sitio con un susurro seco y sin indicio alguno de que hubiese sido perturbada.

Constance levantó los remos una vez más y dejó que el bote se deslizara libremente.

Tenía una buena visión nocturna, pero bajo el dosel de vegetación estaba tan oscuro que su olfato y su oído se volvieron igual de importantes.

No se oía más que un leve chapoteo y no se olía más que la gélida agua salada y el follaje muerto.

Se inclinó hacia delante, sacó un farol oscuro de debajo del hule y lo encendió, subiendo la llama lo justo para iluminar un poco su entorno.

Era allí; la pequeña abertura en la roca que se divisaba más delante, un afloramiento con forma de jarra de aguardiente, confirmaba que se trataba de la cueva natural que el rey pirata que antaño fue dueño de estas tierras había utilizado para acceder a su guarida subterránea.

Cuando el esquife entró en el túnel rocoso, el farol iluminó unas manchas de humo centenarias en el techo de granito.

Ahora con más rapidez, cogió los remos para sortear la curva de la gruta. Cuando el bote chocó contra las rocas desgastadas del otro extremo, buscó la vieja anilla de bronce clavada en la roca cercana y ató la amarra. Luego se enderezó y, respirando hondo, se familiarizó de nuevo con el lugar.

Sabía que, cinco años antes, Leng había comprado la mansión situada encima de la cueva.

En aquel momento, aún no había descubierto la entrada oculta al extenso y peligroso sótano, infestado de humedad y cubierto de salitre.

Y pasarían varios años más hasta que encontrara ese acceso secreto a nivel del agua al que finalmente conducían.

La última persona en utilizar el pasadizo hacia el río fue su descubridor, Nathaniel Bell, un pirata inglés.

Bell el Sanguinario había creado ese bastión poco después de que los ingleses compraran Nueva Ámsterdam a los holandeses y actuaba como corsario con el visto bueno de los nuevos gobernantes ingleses, encantados de verlo saquear los tesoros de la flota española de las Indias.

Después de que emprendiera el que resultó ser su último y mortífero viaje por mar, no se descubrió allí ningún tesoro.

Bell el Sanguinario lo había enterrado en algún lugar, y las especulaciones apuntaban a las Marítimas, probablemente en la isla Oak, frente a la costa de Nueva Escocia.

Constance acercó el farol a las paredes y acarició las piedras que formaban el extremo más alejado de la gruta, ejerciendo presión de vez en cuando.

Por fin se detuvo ante una pared más lisa que las demás, aunque no parecía una puerta.

Desenvainó el estilete y utilizó el filo para sondear la roca, donde encontró barro y salitre.

Al cuarto intento, la hoja se hundió hasta el fondo.

Con cuidado, empujó hacia abajo y el estilete empezó a trazar una incisión vertical sin impedimentos.

Constance retiró el cuchillo. Ahora que la había localizado, la tarea de abrir la puerta oculta podía esperar. Volvió al esquife, apartó el hule y, en silencio pero con rapidez, descargó el contenido de la proa y lo colocó junto a las piedras húmedas cercanas.