Capítulo 21
Pendergast esperó con Bloom en el asiento de la gran carreta aparcada en Broadway, al otro lado de Longacre Square desde el Smee’s Alley.
Un viento invernal soplaba a través de la intersección vacía y traía consigo el olor a humo de carbón y estiércol de caballo.
Los faroles de gas proyectaban charcos de luz amarilla a intervalos regulares en el mar de oscuridad.
Pendergast llevaba en la mano un reloj de oro y ambos lo estaban mirando fijamente.
A las nueve menos un minuto, Bloom asintió y momentos después se oyó una explosión sorda al otro lado de la calle, seguida del sonido de ladrillos derrumbándose.
De la entrada al Smee’s Alley salió una gran nube de polvo.
Pendergast se volvió hacia su compañero.
—Señor Bloom, si es tan bueno en la construcción como en la demolición, seré el primero en cruzar el puente de Brooklyn cuando esté terminado.
—Gracias, señor.
—Ahora ¿sería tan amable de bloquear el callejón?
Bloom hizo cruzar a los caballos por la plaza y se detuvo justo delante del Smee’s Alley.
Los animales empezaron a encabritarse mientras el polvo de la explosión se arremolinaba a su alrededor.
El aire, lleno de partículas de ladrillos pulverizados, se fue despejando poco a poco hasta que vieron que una parte de la pared exterior de un edificio vacío se había derrumbado en el callejón y había escombros esparcidos por todas partes.
En ese momento, los nueve mineros se acercaron al lugar, como atraídos por el ruido.
—¡Caballeros! —gritó Pendergast—. Han llegado justo a tiempo.
Ha habido un accidente. Como pueden ver, se ha derrumbado una pared de este edificio de viviendas.
Una construcción de mala calidad, naturalmente desafortunada, pero nada infrecuente.
Quiero que este callejón quede bloqueado de forma permanente.
En el carro encontrarán todas las herramientas y materiales necesarios para montar andamios, apuntalar muros y comenzar las reparaciones.
¡No hay tiempo que perder! Señor Bloom, por favor, asegúrese de que el trabajo se haga correctamente.
—Sí, señor —respondió Bloom, que bajó del carro y dio instrucciones a sus hombres.
Al instante, los obreros empezaron a descargar. Pendergast también se bajó para observar el proceso y se ajustó el abrigo alrededor de su delgado cuerpo.
A los diez minutos oyeron bocinas y motores, y luego llegó un carro de bomberos tirado por cuatro caballos robustos y con hombres uniformados colgando a los lados. Se detuvieron y saltaron, haciendo sonar la campana.
—¡Por aquí, amigos! —gritó Pendergast, que se acercó y les mostró la placa—.
Alphonse Billington, a su servicio. Los felicito por haber acudido con tanta rapidez.
Pasaba por aquí y tuve la gran suerte de reclutar a esos trabajadores para arreglar temporalmente las cosas.
No hay nada de que preocuparse, solo se ha derrumbado la pared de un callejón.
Lo he inspeccionado y, gracias a Dios, no hay fuego ni más peligro de inestabilidad.
—De todos modos, nos gustaría echar un vistazo, señor —dijo el jefe de bomberos.
—Me tranquilizaría que lo hicieran.
Pendergast y el bombero rodearon el carro y fueron hasta la mitad del callejón, donde se podía ver un agujero de un metro y medio por tres en el muro del edificio. Había ladrillos esparcidos por la calle. Los obreros ya estaban afianzando la abertura irregular con vigas y puntales.
El jefe se asomó al agujero y luego asintió.
—Muy bien, señor.
Por el rabillo del ojo, Pendergast vio a Hockelmann salir por la puerta de madera situada al final del callejón y acercarse corriendo con sus piernas cortas, evidentemente borracho del producto que él mismo fabricaba.
—¿Qué es esto? —gritó, y entonces vio a Pendergast—. ¡Maldita sea su estampa! ¡Usted está detrás de toda esta maldad! —Resopló mientras se acercaba.
—Para empezar, va usted ebrio, y además está diciendo tonterías. —Pendergast dio un paso atrás y lo miró con desdén—. ¿No le advertí que el muro era de mala calidad y que podía derrumbarse?
—¡Todo esto es una patraña suya! ¡Es usted un… un… charlatán!
—Un charlatán, ¿eh? —repuso Pendergast haciéndose el ofendido—.
Señor Hockelmann, ahora que contamos con un equipo excelente, a lo mejor deberíamos inspeccionar todas sus viviendas para buscar infracciones de la normativa contra incendios, así como otros indicios de negligencia por parte de un propietario irresponsable.
Miró al jefe de bomberos, que se había acercado a él, lo cual hizo que Hockelmann depusiera su actitud.
—¿Más inspecciones? ¿No ha hecho ya suficientes?
—¿Suficientes? ¡Yo diría que no! Aquí tenemos pruebas de una construcción peligrosa y deficiente. De hecho, dada su resistencia injustificada y su comportamiento insultante, deberíamos inspeccionar todos estos edificios.
Hockelmann tragó saliva. Miró alternativamente a Pendergast y al jefe de bomberos y, con considerable esfuerzo, recompuso su expresión facial.
—Mis más sinceras disculpas, señor. No era mi intención difamar…
Pendergast levantó una mano para frenar aquel torrente de palabras.
—Tengo la piel dura, señor. Me he topado con muchos propietarios que me insultan nada más levantarse de la cama.
Puede que no sea necesario inspeccionar todos los edificios a estas horas de la noche, pero, debido a las peligrosas condiciones del callejón, vamos a tener que cerrar por un tiempo esta puerta con candado para evitar entradas y salidas.
Tendrá que conformarse con la entrada principal de la calle Cuarenta y uno.
Hockelmann, de nuevo enfurecido, se fue por el callejón y cerró la puerta de madera tras él.
Pendergast se volvió hacia el jefe de bomberos.
—Gracias por su rápida respuesta —le dijo, estrechándole la mano con firmeza—. Destacaré su eficiencia en mi informe.
—Se lo agradezco mucho, señor.
El jefe de bomberos volvió a subir al vehículo, llamó a sus hombres y, con mucho menos alboroto, enfilaron la Séptima Avenida.