Capítulo 20
Cuando Daisy despertó, no sabía dónde estaba y la invadió un pánico momentáneo.
Se incorporó mientras los recuerdos volvían a su mente.
El médico la había llevado a su gran mansión y, según lo prometido, le había ofrecido un baño, ropa limpia y un plato de ternera con patatas para cenar.
No le había exigido los favores sexuales que ella esperaba y ni siquiera le había puesto una mano encima.
Por el contrario, agotada más allá de lo imaginable, parece que le había permitido dormirse allí mismo, en la mesa, para luego despertar en este lugar desconocido.
Miró a su alrededor. La habitación era sencilla, con una cama estrecha pero cómoda, una silla y una mesita de noche con algunos libros.
Las paredes eran de piedra y no tenían ventanas.
En el extremo más alejado, se veía una puerta de hierro con remaches y una ventana enrejada en la que había un pequeño panel, también cerrado.
Una sola vela ardía en una mesa situada junto a la cama.
Hacía calor y el ambiente era seco, nada que ver con las Tumbas, pero, aun así, daba la sensación de ser una celda.
Daisy intentó sacudirse la sensación de somnolencia. Estaba agradecida de que el hombre no se hubiera abalanzado sobre ella, pero eso también la llevó a preguntarse qué buscaba. Se levantó de la cama y fue hacia la puerta de hierro, que, tal como imaginaba, estaba cerrada con llave.
Volvió a la cama y se sentó. Por primera vez en varios meses, no tenía frío ni hambre. Las prendas que el médico le había proporcionado eran de buena calidad: un vestido de algodón y un chal de lana, además de ropa interior limpia y abrigada, medias y zapatillas.
Entonces cogió distraídamente uno de los libros que había en la mesita de noche y entrecerró los ojos para leer el título: La princesa ligera , de George MacDonald.
Sorprendida, se dio cuenta de que era un libro que su padre le había leído cuando era niña, que trataba sobre una princesa que no pesaba nada y flotaba por todas partes.
Ver aquel libro de forma inesperada fue como una puñalada en el corazón, y le vinieron a la mente todos los recuerdos que, durante cinco años, había intentado reprimir: su padre, muerto en la fábrica; su madre, fallecida por tuberculosis; su hermana pequeña, muerta de hambre, y ella misma, ahora parte de la hermandad perdida y obligada, como tantas otras mujeres sin un centavo, a recorrer las calles para sobrevivir.
No sabía qué quería ese hombre, ese médico, pero no había intentado interferir en su vida; le había prometido tratarla con respeto y así lo había hecho, llamándola «querida» y asegurándose de que estuviera abrigada y bien alimentada.
Pero ahora parecía encontrarse en una celda, cálida y decentemente amueblada, pero una celda al fin y al cabo.
Abrió el libro con una mano temblorosa.
—«Érase una vez, hace tanto tiempo que he olvidado la fecha, un rey y una reina que no tenían hijos…».
Leer le resultaba difícil y lento —hacía mucho tiempo que no tenía nada interesante que leer—, y se descubrió pronunciando las palabras en voz alta a medida que avanzaba.
Al hacerlo, le vinieron más recuerdos, los de su madre enseñándole a leer.
Ahora se sentía muy vieja e inútil, muy vil, a pesar de que solo tenía dieciocho años.
Si su padre no hubiera sido engullido por la maquinaria, seguirían viviendo en sus tres habitaciones de Peck’s Slip, al final de Ferry, con los vapores yendo y viniendo y haciendo sonar sus bocinas, y quizá tendría un trabajo de costurera en la calle Pearl y un joven pretendiente que le regalara flores…
Dejó el libro. ¿Qué hora era? Se levantó de la cama otra vez, fue hacia la puerta y llamó con educación.
Nada.
Volvió a llamar, esta vez más fuerte.
—¿Hola? ¿Doctor Leng?
De nuevo, nada.
—¿Hola?
Sintió una punzada de inquietud. ¿Qué quería aquel hombre? A pesar de la conversación agradable, la buena comida y la ropa limpia, parecía extraño y frío, y pensar en él le provocaba escalofríos.
Entonces oyó pasos al otro lado de la puerta y contuvo la respiración.
Se oyó un ruido de metal contra metal y el panel de la ventana se deslizó. La luz del exterior era tenue, pero aun así pudo ver los labios húmedos del doctor brillando mientras hablaba.
—Por favor, no se preocupe —le dijo con voz melosa—. Todo esto terminará en breve. Perdóneme por no ejercer de anfitrión en este momento, pero tengo unos asuntos urgentes que atender. Le aseguro que, en un futuro próximo, podré prestarle toda mi atención.
—Pero, doctor… —dijo Daisy.
Sin embargo, la pequeña puerta ya se había cerrado con un chirrido.