El ángel de la venganza (Inspector Pendergast 22) Capítulo 19
26%

Capítulo 19

Merodeando entre las sombras de Longacre Square, Pendergast vio el carro tirado por un par de robustos caballos de tiro. Hizo un gesto a Bloom y le pidió que se detuviese cerca de la entrada del Smee’s Alley.

—¿Todo en orden? —preguntó en voz baja.

—Sí, señor.

—Echemos un vistazo a esos explosivos.

Bloom bajó, fue a la parte trasera y apartó la lona.

Luego encendió una pequeña linterna y Pendergast inspeccionó rápidamente el interior.

Todo parecía correcto: tablones de madera y puntales para andamios; una pila ordenada de ladrillos; algunas bolsas de cemento seco, arena y conglomerado; herramientas, clavos y puntas.

A un lado, protegida entre sacos de cal, había una pequeña caja de madera.

Bloom la sacó y levantó la tapa para mostrar cuatro cartuchos de dinamita con mechas y un reloj.

Pendergast sacó uno y lo sopesó; luego cogió otro y se guardó los dos en los bolsillos interiores de la levita junto con el reloj.

—Ahora, señor Bloom, sea tan amable de esperar con el carro. Voy a la fábrica Hockelmann para hacer una visita al propietario.

Pendergast recorrió la Séptima Avenida y giró hacia el Smee’s Alley, donde se detuvo.

El portal resplandeciente seguía sin aparecer; solo había suciedad, estiércol de caballo y unos cuantos carteles desprendidos en las paredes de ladrillo.

El callejón sin salida tenía una única entrada a las viviendas de la derecha.

Al final había una puerta de madera que, según sabía Pendergast, era el acceso trasero al patio de la cervecería.

Incluso a aquellas horas tan tardías, la fábrica seguía funcionando a pleno rendimiento, generando dinero para su propietario, Heinrich Hockelmann, quien a su vez estaba ocupado comprando y vaciando los edificios de los alrededores para prepararse para la expansión.

Pendergast fue hasta el final de la calle y observó el candado de la puerta de madera.

Agarrándolo, hizo girar una ganzúa metálica hasta abrirlo.

Luego entró en el patio, donde dos hombres corpulentos estaban subiendo barriles de cerveza a la parte trasera de un carro utilizando una rampa.

En el aire flotaba un fuerte olor a cebada y lúpulo fermentados.

Al verlo, dejaron lo que estaban haciendo.

—¿Quién es usted? —gritó uno.

Pendergast abrió la levita para mostrar su placa.

—Inspector de obras. Vengo a ver al señor Hockelmann.

—Un momento, señor.

El trabajador le susurró algo a su compañero y entró en la fábrica. Sin esperar, Pendergast salió tras él.

La cervecería era una muestra notable de la industria del siglo XIX .

En una pared, se alineaban enormes barriles de roble para la fermentación, de seis metros de altura y con una maraña de tubos de cobre que iban en todas direcciones.

En el extremo más alejado, había un gran caldero de hierro con malta hirviendo sobre una hoguera, alimentada por un grupo de hombres que echaban carbón a paladas.

Las llamas proyectaban un resplandor rojizo en la oscuridad.

Al rato, el hombre corpulento regresó con un tipo bajito y gordo detrás de él. Tenía las piernas rechonchas, la barba blanca, la tez colorada y la nariz roja, como si fuera un Papá Noel alcohólico.

—¿Qué está pasando aquí? —dijo el hombre mientras se acercaba a Pendergast—. ¿Un inspector de edificios a estas horas de la noche? —Su voz sonaba pastosa por la cerveza. Se quedó mirando la placa de Pendergast—. ¿Cómo se llama? Quiero ver sus credenciales.

—Alphonse Billington, a su servicio. —Pendergast sacó la carpeta del maletín. Hockelmann la abrió, comprobó las credenciales y se la devolvió con un gruñido—. ¿Qué es lo que quiere? ¡Aquí todo está en regla!

Pendergast dejó que se creara un silencio incómodo.

—Puede que la fábrica de cerveza esté en regla —dijo por fin—, pero sus viviendas ciertamente no lo están.

—¿A qué se refiere? Esas viviendas están casi todas vacías.

—Soy consciente de ello. Estoy aquí para inspeccionarlas.

Pendergast pasó a su lado y, basándose en su recuerdo de los planos que había visto en el despacho del inspector de edificios, cruzó corriendo el enorme espacio y enfiló un pasillo.

El maestro cervecero saltaba y brincaba para seguirle el ritmo.

Pendergast se detuvo ante una pesada puerta situada en la pared este del edificio y, aparentemente solo pasando la mano por la cerradura, la abrió.

—Espere, señor. Le he dicho que ese edificio está vacío.

Pendergast entró en un pasillo que atravesaba dos paredes adyacentes y se encontró en la planta baja de un edificio de viviendas: un pasillo oscuro y maloliente, iluminado por una sola luz de gas, que pasaba junto a una fila de contenedores de basura hediondos y restos de materiales de construcción.

Sabía que Hockelmann había estado desalojando sin piedad a los inmigrantes que residían allí y convirtiendo los edificios vacíos en almacenes.

Siguió adelante, dobló una esquina y se detuvo en un hueco que contenía una pila de madera vieja.

—Esto, señor Hockelmann, supone un grave peligro de incendio.

—Pero no hay inquilinos en este edificio…

—Un incendio pone en peligro a toda la ciudad.

Pendergast echó a andar de nuevo. Entonces se detuvo ante una pared de ladrillos, sacó un pequeño martillo de bola y, con la oreja pegada a la mampostería, golpeó varias veces la pared.

—Dios mío —murmuró.

Más golpes.

—Dios mío.

Hockelmann esperó, con el rostro enrojecido, hasta que Pendergast se incorporó.

—Esto es un muro de carga, ¿verdad, buen hombre?

—Es la pared exterior del edificio, sí —respondió con un suspiro de exasperación.

—Justo lo que pensaba. De calidad inferior. Inestable. Construcción de mala calidad. Podría derrumbarse en cualquier momento.

—¿Qué…? —balbuceó Hockelmann—. ¡Esto es absurdo!

Siguieron adelante, y Pendergast se detenía de vez en cuando para golpear las paredes, frunciendo cada vez más el ceño. En un momento dado, dos ratas salieron corriendo de un montón de escombros.

—Plagas —observó Pendergast—. Basura esparcida. Almacenamiento peligroso de pintura y aceites, lo cual puede provocar una combustión espontánea. Es increíble pensar que haya gente viviendo en este entorno.

—¡Ya le he dicho que el edificio está desocupado!

—Una infracción es una infracción, haya inquilinos actualmente o no.

Era casi cómico ver a Hockelmann resoplando en su intento por seguir el ritmo de Pendergast a la vez que trataba de expresar su sorpresa e indignación.

—¿Qué hay al otro lado de esta puerta? —dijo Pendergast, que de repente había adoptado un tono de desconfianza.

Giró el pomo y descubrió que estaba cerrada con llave.

—Un piso vacío —repuso Hockelmann—. Como todos los demás.

Pendergast abrió de un empujón, cayó en el espacio oscuro que había más allá y la puerta se cerró bruscamente. Era una maniobra tan bien ejecutada que habría causado la admiración de un actor de vodevil. Hockelmann intentó seguirlo, pero, por alguna razón, era imposible abrir.

—¡Déjeme salir! —gritó Pendergast con voz apagada, y aporreó la puerta—. ¡Esto es intolerable! —Sacudió el pomo y, al cabo de un momento, abrió la puerta con aspecto inquieto y desaliñado—. ¡Esta puerta es peligrosa y requiere atención inmediata!

La cerró de golpe y, enderezándose la chaqueta, continuó.

En cuestión de minutos, había recorrido toda la planta baja del edificio que daba a la calle Cuarenta y dos, y volvieron a la puerta por la que habían entrado.

Pendergast se adentró de nuevo en la fábrica, con Hockelmann pisándole los talones.

—Son viviendas para inmigrantes que adquirí tal cual —explicó Hockelmann entre jadeos—. Señor, usted sabe perfectamente que ningún propietario de viviendas para inmigrantes cumple nunca las normas de construcción.

—¿Que nunca se cumplen las normas de construcción? No sé cómo podría sostenerse eso en un tribunal, señor.

—¿En un tribunal? —preguntó Hockelmann, con los ojos vidriosos, mientras pensaba en una posible cadena de acontecimientos futuros.

—La ciudad está repleta de propietarios tan laxos e irresponsables como usted. ¿Cree que he venido a hacer inspecciones a estas horas de la noche porque sea bueno para mi salud?

Con gran esfuerzo, Hockelmann contuvo su ira.

—No, señor, no lo creo.

—¿O que disfruto haciéndolas mientras los propietarios me persiguen, quejándose e insultándome en todo momento?

Hockelmann no dijo nada.

—Recuerde que solo he examinado uno de los edificios de viviendas que dan al Smee’s Alley; el otro, frente a la calle Cuarenta y uno, aún no lo he inspeccionado. ¿Es necesario que repitamos este mismo ejercicio?

Hockelmann respiró hondo y negó con la cabeza.

—¿Cuál es su recomendación?

—Que se ocupe de que estos incumplimientos por negligencia grave sean atendidos, y a la mayor brevedad posible.

—Lo haré de inmediato, señor Billington.

—En ese caso, habiéndole dado esta advertencia, me marcharé.

Y, con una reverencia altiva, se dio la vuelta, salió al patio de la fábrica de cerveza y se acercó a la puerta que daba al Smee’s Alley, no sin antes oír las palabras «¡Maldito sinvergüenza!». El capataz gritó tanto que incluso se impuso al ruido de las herraduras y el palear de carbón.