Capítulo 18
Leng salió de la Casa de la Industria con rostro sereno y tranquilo, pero enfurecido por dentro.
Sacó un pañuelo del bolsillo y se limpió de la mano las repugnantes secreciones del reverendo.
Al salir a la calle Park, vio su carruaje aparcado en la esquina de Pearl, donde un pequeño grupo de golfillos lo estaba admirando.
Cuando vio a Leng, Munck sacudió de inmediato las riendas y el carruaje se puso en marcha.
Qué maldita desgracia, pensó Leng, justo cuando necesitaba más que nunca a sujetos experimentales con los que probar el arcano.
Por supuesto, podía plantear el asunto a los ancianos de la Misión o al Consejo, pero eso llevaría demasiado tiempo.
Sería preferible matar al insufrible eclesiástico.
Pero, antes de disponer que aquel cataléptico mental tuviera un final trágico, sería prudente averiguar qué le había sucedido exactamente a la señorita Crean y de dónde había salido Considine.
Eliminar al clérigo antes de tiempo podía tener un desenlace aún más objetable.
En un futuro muy próximo, tendría que mantener una conversación con el untuoso Royds.
Se subió al carruaje.
—Conduce tú —le dijo bruscamente a Munck.
—Sí, doctor.
El carruaje se incorporó a la circulación.
Leng iba sumido en sus pensamientos y, cuanto más lo pensaba, más desastroso le parecía el devenir de los acontecimientos.
En ese momento no había ninguna joven en Bellevue con la edad y la salud adecuadas para ser una candidata idónea; las había evaluado a todas.
Además, no podía mostrar demasiadas ansias por conseguir más, sobre todo porque el doctor Cawley, el director médico, estaba molesto por que Leng se hubiera llevado a Ferenc tan rápido.
Por supuesto, estaba dentro de sus competencias en Bellevue, pero el paciente era tan interesante que quería examinarlo el propio hospital.
De hecho, preguntaban cuándo regresaría Ferenc.
Mientras Munck iba hacia el norte por el Bowery, Leng se tranquilizó pensando en la forma más apropiada para que el reverendo conociera un final terrible.
Al cabo de unos minutos, su atención se centró en lo que había al otro lado de la ventanilla.
Acababan de pasar junto a una multitud frente al teatro Bowery.
Mientras observaba, se le ocurrió una idea.
—Gira a la izquierda en Canal y luego otra vez en Mott —dijo.
—Sí, señor.
Munck giró el carruaje, como se le había indicado, y volvieron a los barrios bajos del sexto distrito y, una vez más, a Five Points.
Mientras avanzaban hacia el sur por Mott, se alzó ante ellos una casa adosada más elegante que sus vecinas.
Varios jóvenes dandis holgazaneaban frente a ella; era el burdel de Bridget McCarty.
Tras escrutar al grupo, concluyó que elegir una víctima allí sería innecesariamente peligroso; debía buscar a alguien a quien no se echara en falta.
—Munck, gira a la derecha en Bayard, por favor. Cuando llegues a la calle Centre, aminora.
A mitad de la manzana, había una estructura baja de piedra caliza que, con sus columnas achaparradas y sus ventanas estrechas, guardaba un irónico parecido con un templo egipcio. Se trataba de la antigua e infame prisión conocida como las Tumbas.
Como si hubiera adivinado los pensamientos de su señor, Munck redujo hábilmente la velocidad de los caballos hasta detenerlos mientras Leng observaba la calle a través de un hueco en las cortinas del carruaje.
Una mujer acababa de salir de las Tumbas.
La delgadez, los harapos y la suciedad no podían ocultar por completo su juventud, y parecía que acababa de ser puesta en libertad.
Se la veía aturdida, entrecerrando los ojos para protegerse del brillo del sol invernal, e intentaba envolverse los hombros con un chal raído.
—Alto.
El carruaje se detuvo a cierta distancia de la mujer. Cuando se acercó, Leng abrió la puerta y se quitó el sombrero.
—Señorita, ¿podemos hablar?
—Ya no me dedico a eso —dijo la mujer, que apretó el paso.
Leng saltó del carruaje y la siguió.
—No, no, señorita, me ha malinterpretado. Permita que me presente: soy el doctor Enoch Leng, de la Misión de Five Points. Mi trabajo consiste en salvar almas y he descubierto que la forma más segura de hacerlo es alimentarlas. Tengo uvas y dulces en el carruaje. ¿Le apetece subir?
La mujer se detuvo y lo miró con el rostro sucio y demacrado. Algunos mechones de cabello rubio le asomaban por debajo del gorro.
—Sé lo que anda buscando, señor. A mí no me engaña.
Leng hizo una pausa.
—Bueno, puede que sepa lo que quiero, pero soy un caballero honrado y tengo una bonita casa donde puede darse un baño caliente, cenar bien y ponerse ropa limpia. Y donde, añadiría, la tratarán con respeto.
Ella lo miró con una expresión de resignación mezclada con agotamiento y reanudó la marcha.
—¿Dónde pasará la noche, querida niña? —añadió Leng mientras ella se alejaba—. Seguro que será inclemente, y parece que lleva mucho tiempo pasando frío. La cárcel no es sitio para una criatura frágil como usted.
Ella dudó y aminoró el paso.
—Le espera un buen plato de carne y patatas bañadas en mantequilla.
La chica se detuvo. Munck había acercado el carruaje hasta donde se encontraba Leng y, cuando ella miró hacia atrás, le abrió la puerta y la invitó a subir. Momentos después, se dio la vuelta, con una mirada que parecía de disgusto consigo misma, y se montó en el carruaje.
—¿Cómo se llama, querida? —preguntó Leng.
—Daisy.
Leng extendió la mano hacia un pequeño compartimento lacado, lo abrió y sacó una cajita de porcelana que contenía albaricoques confitados.
—¿Le apetece uno?
La chica dudó, pero acabó alargando la mano; cogió uno y se lo metió en la boca.
—Coja otro.
La chica aceptó la invitación.
—Cómaselos todos, mi querida Daisy. Siéntese, relájese y disfrute del trayecto hasta mi casa.