Capítulo 17
En ocasiones, al doctor Enoch Leng le gustaba tomar las riendas de su carruaje de cuatro caballos y sentir en sus manos el poder de esos excelentes animales.
Aquella tarde, con Munck sentado a su lado, cruzó Chatham Square y giró por la calle Chatham a gran velocidad.
No muy lejos de la plaza, tuvo que detenerse debido a un alboroto frente a la cantina de Fatty Walsh.
Esto era habitual en un barrio bajo como Five Points.
Leng observó con interés cómo un grupo de rufianes borrachos sacaba a una prostituta longeva de la cantina en medio de insultos y abucheos.
También se había congregado una multitud de curiosos que impidieron el paso a Leng unos instantes, mientras presenciaban la persecución de la prostituta, que, llorosa, intentaba escapar de sus acosadores.
Tales muestras de crueldad humana no hacían sino confirmar su creciente sensación de Weltschmerz .
Pronto el alboroto se desplazó hacia el cuarto distrito, situado más al sur, y Leng pudo continuar a la derecha en Baxter y luego girar a la izquierda en la calle Park.
A mitad de la manzana, se alzaba la intimidante fachada de ladrillo de la Casa de la Industria, un edificio de cuatro plantas.
Detuvo el carruaje frente al portal en arco y le cedió las riendas a Munck.
Bajó, se puso el sombrero de copa y tiró de una cadena junto a la puerta para anunciar su llegada.
Al cabo de un momento, la puerta se abrió unos centímetros y asomó por el hueco la cara correosa de Royds, que parecía ansioso.
Leng creía que abriría en cuanto lo reconociese, pero el hombre se puso a tartamudear.
—Doctor Leng, me alegro de verle, profesor, me alegro mucho, señor…
Su voz se apagó.
—¿Ocurre algo, Royds? —preguntó Leng.
—Bueno, doctor Leng, señor, ha habido una tragedia terrible…
De nuevo, pareció quedarse paralizado, sin saber qué decir.
—¿Qué tipo de tragedia? ¿Piensas dejarme entrar o te quedarás ahí con la boca abierta?
Leng oyó una voz que provenía de la oscuridad.
—¿Quién es?
—Ah, señor, es el médico de la Misión, señor…
—Abre la puerta para que pueda verlo.
Royds abrió con cuidado y la luz del exterior reveló una figura extraordinaria, un hombre delgado y arrogante vestido con un serio atuendo clerical. Tenía el cabello rojizo y la barba corta, y miró a Leng con ojos brillantes, uno verde y el otro azul lechoso.
—¿Quién es usted, señor? —preguntó el hombre.
Al adentrarse en el vestíbulo, Leng no perdió la compostura a pesar de ese extraño giro de los acontecimientos. Adoptó una expresión agradable y se quitó el sombrero de copa.
—Doctor Enoch Leng, a su servicio. ¿Puedo entrar?
—Por supuesto, doctor. Soy el reverendo Percy Considine. Pase a mi despacho y hablaremos de lo que lo ha traído aquí, sea lo que sea.
El reverendo dio media vuelta, haciendo ondear la sotana negra, y se adentró en la oscuridad seguido de Leng. Según pudo ver, Royds se fue corriendo en cuanto pudo.
El clérigo lo llevó por el pasillo este hasta el despacho de la señorita Crean, donde se sentó a la mesa con un gesto grandilocuente y extendió la mano para indicar a Leng dónde debía sentarse.
—Bien, doctor Leng. Puede que no lo sepa —dijo el hombre—, pero la tragedia ha visitado la Casa de la Industria.
Leng mantuvo una expresión lo más agradable posible.
—No lo sabía.
—Los detalles son estrictamente confidenciales por el momento.
Baste decir que la señorita Crean murió de forma repentina y yo soy su sustituto, nombrado por el Consejo Judicial Metodista.
Como puede imaginar, doctor Leng, todavía estoy familiarizándome con los asuntos particulares de esta misión.
Lamento decir que no los conozco ni a usted ni el trabajo que desarrolla aquí.
—Juntó sus grandes manos—. Dígame, doctor: ¿en qué puedo ayudarle?
—Gracias, reverendo Considine —dijo Leng—. Lamento mucho el fallecimiento de la señorita Crean y le ofrezco mis condolencias.
—No es necesario que me dé el pésame. Da la casualidad de que había venido para sustituirla.
Leng se quedó desconcertado.
—¿En serio? ¿Puedo preguntarle qué ha ocurrido?
—No puede. Es un asunto de la Iglesia y, como tal, debe permanecer en privado.
—Entiendo. Bueno, entonces permítame felicitarlo por asumir las funciones de director.
—Leng hizo una pausa—. Soy un médico de excelente reputación, si se me permite decirlo, que ofrece sus servicios terapéuticos de forma gratuita a las desafortunadas chicas de la Misión.
Estoy acreditado por el hospital Bellevue y soy adjunto en Columbia, con títulos médicos avanzados de Heidelberg y Oxford, especializado en alienación mental y psicocirugía.
Estaría encantado de presentarle mis credenciales.
—No será necesario, doctor. Por supuesto que acepto su palabra.
—Gracias. En mi clínica privada, a veces ofrezco tratamiento a unas pocas pacientes de la Misión y la Casa de la Industria. Además de en Bellevue, por supuesto.
—¿Y con qué propósito se encuentra hoy aquí, señor?
—Mi intención, como ha sido mi práctica desde hace algún tiempo, es recorrer las salas, examinar a las recién llegadas y, si es necesario, trasladar a mi clínica a cualquier chica cristiana digna que requiera atención médica urgente.
Como usted sabe, muchas internas rescatadas de las calles traen consigo dolencias mentales y físicas que necesitan tratamiento, sobre todo enfermedades epidémicas que pueden propagarse con rapidez.
Considine frunció el ceño.
—¿Tiene usted contrato con la Misión?
—No, reverendo. Todo se gestionó de manera informal, ya que no había pagos ni obligaciones, y porque, para decirlo claramente, la Misión tiene poco dinero para gastar en atención médica.
Para mí, como metodista devoto de la Iglesia wesleyana, ha sido una forma de ofrecer los talentos que Dios me ha brindado.
Vivir mi vida, como nos enseña la Disciplina, «para seguir demostrando el deseo de salvación».
—¿Y cree que sacar a esas almas perdidas y pecadoras de la Casa de la Industria, donde se las somete a un duro trabajo al servicio del Señor para que se rediman de sus malos hábitos, las llevará de algún modo a la salvación?
—Por supuesto. Al sanar el cuerpo y la mente, puedo ayudarlas en su camino de convertirse en buenas cristianas. Y, si me permite decirlo, he visto los efectos de esa sanación a través de mi observación de los resultados.
Esbozó una sonrisa piadosa para ocultar su creciente desdén por el clérigo.
—Señor, ¿quiere usted decir que, al consentirlas en exceso, al ofrecerles lujos, al proporcionarles camas mullidas, medicinas y buena comida, de alguna manera las está preparando para la redención?
—Yo no diría que sus habitaciones en el hospital sean lujosas ni que su comida sea exquisita, pero, como el cuerpo es el templo del alma, entonces sí, reverendo, creo que estoy haciendo la obra de Dios.
—¡Señor, no estoy de acuerdo! Más bien, lo que debemos hacer es darles «el deseo de huir de la ira venidera y de ser salvadas de sus pecados», como se afirma en el mismo libro de la Disciplina que acaba de citar.
Doctor, mimar a esas mujeres malvadas solo las adentra más en el camino de la perdición.
¡La única cosa caritativa y cristiana que creo que hizo la enfermera Crean durante su mandato fue trasladar las oficinas de la Misión aquí, a la Casa de la Industria, donde podemos vigilar más de cerca su trabajo!
—La voz de Considine iba subiendo de volumen—.
Doctor, solo llevo aquí un día, pero he necesitado mucho menos tiempo para observar que esas mujeres están acostumbradas a revolcarse en la depravación y el pecado: incumplen el domingo, visten con alegría, profanan, se pelean y discuten, y lo peor de todo, lo peor de todo, es esa maldita cosa… ¡Ya sabe a qué me refiero!
Leng permaneció inmóvil. Miraba fijamente el rostro del reverendo Considine. Era evidente que había sufrido alguna lesión en aquel ojo muerto y lechoso, y se preguntó qué podría haber sido y si era la causa de su fanatismo.
El reverendo estaba hablando a pleno pulmón.
—Nos lo enseña la Disciplina: «¡Mirad a vuestro alrededor y ved cuántos de ellos siguen en peligro aparente! ¿Y cómo podéis caminar, hablar y estar alegres con gente así? ¡Me parece que deberíais reprenderlos con las exhortaciones más vehementes!».
Se levantó de la silla.
—Ahora, por favor, doctor Leng, ¡retírese!
No dudo de que sus intenciones sean honorables, pero me temo que su práctica es lamentablemente errónea.
Piense en mis palabras y, sobre todo, lea y estudie la Disciplina.
Porque, en verdad, en verdad le digo: ¡esta misión ya no será un lugar desde el que se permita a las almas depravadas volar sin control a santuarios donde les mimen el cuerpo mientras permanecen con la mente encadenada a la inmundicia y la maldad!
Leng comprendió que ningún argumento que pudiera esgrimir conmovería a aquella criatura santurrona, mucho menos ahora que se había enfurecido en una muestra de rectitud. No le quedó más remedio que levantarse con rigidez y tenderle la mano.
—Ha explicado su postura, reverendo. Le deseo un buen día.
Considine se quedó al otro lado de la mesa, con la sotana y las vestiduras envolviéndolo como un sudario y la tez pálida cubierta de sudor. Bajó la mirada hacia la mano y, como si hubiera recuperado la compostura, la tomó entre las suyas, húmedas y frías, y le dio un débil apretón.
— Dominus vobiscum , doctor.