El ángel de la venganza (Inspector Pendergast 22) Capítulo 16
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Capítulo 16

Pendergast se dirigió tranquilamente al puerto, donde habían levantado una enorme valla de madera alrededor de una obra en el East River.

La valla estaba pintada de verde y llevaba allí tanto tiempo que estaba cubierta de muchas capas de carteles y anuncios.

Había ranuras en las tablas para que los transeúntes pudieran ver la actividad que se desarrollaba al otro lado, y bastante gente aprovechaba la oportunidad.

Pendergast también lo hizo y al asomarse vio una obra gigantesca en la que trabajaban cientos de obreros.

Había grandes montones de piedra cortada y acero, grúas, palas mecánicas y unos enormes cajones metálicos.

Habían realizado un corte monstruoso en el lecho rocoso de la isla de Manhattan a lo largo de la orilla del río, y lo habían rellenado en su mayor parte con hormigón, piedra y acero.

Una torre de granito y piedra caliza a medio construir se elevaba desde el propio río, y se podía observar otra a lo lejos, cerca de la orilla opuesta.

El puente de Brooklyn estaba a punto de completarse.

Después de observar la actividad durante unos minutos, Pendergast caminó junto a la valla hasta llegar a una puerta custodiada por una caseta de vigilancia.

Una vez que hubo mostrado la placa de inspector y los documentos, se dirigió a una gran zona de montaje situada cerca de la torre.

En ese preciso instante oyó el silbato que anunciaba el descanso para almorzar.

Poco después, los hombres empezaron a salir de la parte superior del gigantesco pozo de cimentación que había en la base de la torre con el rostro y la ropa de trabajo ennegrecidos por el barro.

Eran los obreros que retiraban el fango y las rocas del lecho del río y los sustituían por enormes bloques de granito a medida que hundían los cimientos del puente.

Pendergast se colocó estratégicamente e inspeccionó a aquellos hombres, sucios y agotados, mientras desfilaban para fichar a la salida. Eran los trabajadores de la construcción más duros de la ciudad, y muchos habían muerto —y morirían— antes de que se terminara el puente.

Ninguno le prestó atención, pero él sí les prestó mucha a ellos.

Mientras se alineaban, Pendergast se paseó junto a la fila y tocó el hombro a diez trabajadores en particular, incluido uno de los capataces, y les indicó que salieran al tiempo que se abría la chaqueta para mostrar su identificación.

Lo hicieron, mirando con aprensión la placa, y el capataz observó a Pendergast con recelo.

—¿De qué va todo esto, señor?

—Es una inspección del todo rutinaria —respondió Pendergast—. No se preocupen, nadie ha hecho nada malo.

El capataz asintió con escepticismo y Pendergast se volvió hacia los hombres, que lo miraban serios, agotados y deseando irse a casa.

—Caballeros —dijo Pendergast, sonriendo—, tengo entendido que ganan dos dólares al día en los pozos. Y que usted, señor —añadió, mirando al capataz—, gana tres.

Los obreros empezaron a agitarse y Pendergast bajó la voz.

—Me llamo Alphonse Billington y vengo a ofrecerles un trabajo nocturno. Será solo una noche y la paga son diez dólares para cada uno.

Al oír eso, apareció una chispa de interés en sus rostros.

—Vayan a casa, caballeros, lávense, cámbiense, descansen un poco y reúnanse conmigo a las nueve en punto en el Smee’s Alley, junto a Longacre Square. Como muestra de mi sinceridad, ahora mismo les ofrezco un bono de contratación de un dólar.

Metió la mano en el bolsillo y recorrió la hilera, deslizando una moneda y una tarjeta recién impresa en cada mano sucia.

Cuando los hombres se fueron, Pendergast detuvo al capataz agarrándolo del codo.

—Tengo que hablar con usted un momento. Es el señor Otto Bloom, ¿verdad?

El capataz volvió a mostrarse sorprendido y receloso.

—¿Cómo sabe mi nombre? —dijo con un marcado acento alemán.

—Su reputación le precede, señor Bloom. Ahora lo voy a poner al mando de este grupo de hombres, y eso significa que recibirá el doble de salario.

—Pendergast sacó un trozo de papel del bolsillo—.

Aquí tiene una lista de los suministros que necesito que lleve al Smee’s Alley una hora antes de que lleguen los demás.

Eso significa que tendrá que darse prisa con las compras.

Alquile un carro para el transporte y no escatime en gastos.

Bloom cogió la lista y se la quedó mirando.

—¿Explosivos, señor?

—Es una cantidad insignificante. Tengo entendido que, como capataz, dispone de la licencia necesaria.

—No quiero verme involucrado en ningún asunto turbio.

—Le aseguro que todo es absolutamente legal, aunque poco ortodoxo. —Pendergast metió de nuevo la mano en el bolsillo y sacó un sobre—. Aquí tiene los fondos que necesitará y su remuneración completa de veinte dólares por adelantado. Le ofreceré bonificaciones si completan el trabajo con éxito.

Tras un momento de duda, acabó cogiendo el sobre.

—Soy un hombre honesto, señor Bloom, y creo que usted también lo es —dijo Pendergast en un tono agradable—. Si demostrara lo contrario, sería muy desafortunado. Para usted, quiero decir.

—Sí, señor. —Bloom se tocó la frente con el sobre y se lo guardó en el bolsillo de la chaqueta—. A las ocho en Longacre Square.