Capítulo 15
La «cabaña» se elevaba sobre los abetos como un gigantesco castillo con tejas, aleros cubiertos de carámbanos y ventanas cerradas y misteriosas.
El lejano océano Atlántico se extendía más allá de la mansión, una superficie gris y agitada que humeaba en el aire gélido.
D’Agosta llevaba a Joe de la mano, lo único cálido que había allí, y podía oír el sonido de las olas rompiendo contra las rocas.
El viaje en barco de vapor desde Boston había sido brutal —se había mareado muchísimo en el agitado mar invernal—, y el trayecto en carruaje tirado por caballos con cascabeles podría haber sido interesante si no se le hubieran congelado sus partes.
Hasta que hubo pasado esos últimos días en aquel extraño universo no reparó en cuántas comodidades del siglo XXI daba por sentadas.
Además, el viaje en tren le había permitido dar vueltas a la idea de que estaba atrapado en este mundo, de que nunca volvería a ver a su esposa, Laura, ni tomaría otra cerveza con su compañero Coldmoon… , ni tan siquiera conduciría un coche.
Al principio, D’Agosta creía que el silencioso Joe era una losa atada al cuello, una carga que le molestaba tener que soportar.
¿Cómo iba a mantenerlo entretenido? ¿Habría alguna escuela en la isla?
Había muchas cosas que Pendergast no le había contado.
Pero él y Joe disfrutaban con las cartas; el niño era un jugador decidido e inteligente.
Aunque estaba claramente nervioso, era un chaval duro, poco dado a mostrar sus emociones, y al menos por eso D’Agosta se sentía agradecido.
De hecho, nada parecía perturbarlo. Al contrario, era D’Agosta quien estaba molesto por aquella misión.
Y luego, en el barco de vapor hasta Bar Harbor, Joe se había negado a separarse de él, ni siquiera cuando fue corriendo a la gélida cubierta para vomitar hasta el higadillo.
Al volver al camarote, Joe le había llevado una taza de té caliente sin que él se lo pidiera.
El niño no hablaba mucho, excepto para pedir indicaciones en la estación y otros lugares.
Y D’Agosta había intentado guardar silencio, pensando que su forma de hablar podía levantar sospechas.
En el fondo, Joe era un niño equilibrado y fiable y, sorprendentemente, podría acabar siendo un consuelo para D’Agosta, abrumado como estaba por aquella situación absurda y por la horrible idea de que tal vez nunca volvería a casa.
En su momento, se preguntó si Joe huiría a la primera oportunidad que tuviese.
Pendergast lo había informado de la historia y el carácter del niño.
Recién salido de prisión, Joe acababa de sufrir un terrible episodio de violencia que había destrozado a su familia y, para colmo, lo había dejado solo con un desconocido.
Pero era lo bastante inteligente como para darse cuenta de que D’Agosta era un aliado y un amigo, alguien en quien podía depositar su confianza e incluso su admiración.
Su presencia había despertado en D’Agosta los recuerdos del hijo que tuvo en su primer matrimonio.
A los doce años, Vinnie hijo también era reservado y testarudo, un niño alto y serio.
Mantuvo su carácter firme incluso cuando, a los dieciocho, se estaba muriendo de leucemia mieloide aguda.
D’Agosta sabía que Joe debía de haber sufrido mucho en la prisión de Blackwell y como un niño sin hogar, pero lo afrontaba igual que el pequeño Vinnie había afrontado su enfermedad: con una valentía y un silencio estoicos.
—Qué grande —dijo Joe con naturalidad mientras observaba la mansión.
Era gigantesca. D’Agosta no estaba seguro de haber visto nunca una casa de ese tamaño.
—Sí, desde luego —respondió, tratando de sonar alegre.
—Pensaba que era una cabaña.
—Al parecer, así es como los muy ricos llaman a sus casas de verano, por grandes que sean.
—Por aquí, señor —dijo el cochero mientras daba la vuelta y los llevaba hacia el pórtico—. Por aquí.
—Seguro que hay un fantasma —comentó Joe.
D’Agosta se sobresaltó; él estaba pensando lo mismo mientras contemplaba la oscura mole, con sus tejados empinados, torres cuadradas, frontones y tragaluces. El lugar parecía inhóspito, por no decir directamente amenazador.
—Apuesto a que parece más aterradora de lo que es —dijo—. En fin, dentro se estará a gusto y caliente.
El conductor fue enseguida hacia la puerta y, tras rebuscar con la mano enguantada, sacó una llave y la introdujo en la cerradura.
Cuando se abrió la puerta, vieron una entrada que daba a un amplio salón, cuyas ventanas dejaban entrar algunos rayos de luz a través de los postigos.
Lejos de ser cálida, la mansión parecía aún más fría por dentro que por fuera.
Todos los muebles y cuadros estaban tapados con sábanas blancas; las alfombras, enrolladas, y las mesas, cubiertas.
Incluso las lámparas de araña que colgaban del techo estaban envueltas en sábanas y flotaban sobre las cabezas como grandes y amorfas apariciones.
—La zona con calefacción está por aquí —dijo el cochero, que cruzó rápidamente el salón.
Después de varios giros por fríos pasillos, llegaron a una puerta robusta, al otro lado de la cual encontraron la luz amarilla de las lámparas de queroseno y una agradable corriente de calor.
Entraron en un conjunto de habitaciones acogedoras, pequeñas y sencillas, aparentemente la cocina y el lavadero de las dependencias del servicio.
Tal vez esto le resultaría más familiar a Joe, menos extraño.
En cualquier caso, hacía calor, un calor glorioso que irradiaba de una estufa de hierro situada al fondo y sobre la que una cafetera desprendía un aroma acogedor.
Dos personas, un hombre y una mujer, estaban sentadas a ambos lados de la estufa.
La mujer tejía mientras el hombre tomaba una taza de café.
Ella dejó su labor y se levantó para saludarlos.
Formaban una pareja curiosa, pensó D’Agosta.
Ambos rondaban los cincuenta años; la mujer era corpulenta, pechugona y alegre, con la cara roja y el pelo rizado y anaranjado, y el hombre era delgado como un palo, encorvado y adusto, con un bigote caído.
Él no se levantó. Ni siquiera alzó la vista.
—El señor y la señora Cookson —dijo el conductor—. Los cuidadores.
La señora Cookson estrechó la mano a D’Agosta con una sonrisa radiante.
—Señor Harrison, bienvenido a Norumbega —dijo.
¿Norumbega? Por un momento, D’Agosta se mostró confuso.
—Es el nombre que el señor Rockefeller le ha dado a la casa —explicó la señora Cookson—. Era una tierra mítica de oro y perlas que los primeros exploradores ingleses buscaban por estos lares, pero que nunca encontraron, por supuesto.
—Ya veo. Gracias por la explicación.
—¿Y quién es este joven? —preguntó la señora Cookson, que se agachó para estrecharle la mano al niño.
—Joe —respondió él con seriedad.
—Encantada de conocerte, Joe. ¿Cuántos años tienes?
—Doce.
—Es una edad estupenda.
Joe guardó silencio, como era habitual en él, y se limitó a asentir.
—¿Se queda a tomar un café? —le preguntó al cochero.
—Será mejor que me vaya antes de que se ponga el sol —dijo él. Luego se envolvió de nuevo el cuello con la bufanda y desapareció en la casa principal, cerrando la puerta tras de sí con una ráfaga de aire gélido.
—¿Café? —preguntó la señora Cookson a D’Agosta.
—Por supuesto.
—¿Y para ti, jovencito? ¿Chocolate caliente?
Joe asintió.
—Siéntense —dijo, y fue a buscar una taza de café—.
Me alegro mucho de que hayan venido. El señor Rockefeller está preocupado por la seguridad y, a nuestra edad, ya no podemos estar tan atentos como deberíamos.
Evidentemente, la casa está llena de objetos valiosos.
Siendo expolicía, sé que su presencia tranquilizará mucho al señor Rockefeller.
D’Agosta se preguntó quién podía robar una casa en pleno invierno y en una remota isla de Maine.
Más aún, se preguntó cómo había conseguido Pendergast ponerse en contacto con los Rockefeller en tan poco tiempo, y encima conseguir que lo contrataran como seguridad adicional en la propiedad.
Pero era inútil especular: hacía tiempo que no intentaba descifrar los métodos inescrutables de Pendergast o rastrear sus numerosos contactos.
Lo importante era que el lugar se encontraba en los confines de la tierra y parecía estar a salvo de Leng y sus secuaces.
—Lamento mucho la pérdida de su esposa —continuó la señora Cookson, que al parecer tenía ganas de hablar, cosa normal con un marido tan taciturno como el suyo—. Espero que aquí encuentre la paz y la tranquilidad que busca.
«La pérdida de su esposa». D’Agosta, alias George Harrison, interpretaba el papel de un viudo afligido con un hijo.
Todo formaba parte del apresurado esbozo biográfico que Pendergast había proporcionado cuando se despidió de ellos.
Pero la frase le llegó al alma: si no encontraba la manera de regresar, perdería a Laura para siempre.
El señor Cookson se levantó de su asiento, cogió dos leños de una pila que había detrás de la cálida cocina, los metió en la estufa y volvió a sentarse. La señora Cookson le rellenó la taza como por costumbre.
—Como puede imaginar —dijo la mujer—, la isla está tranquila durante el invierno.
Hay una pequeña comunidad de pescadores de langosta que vive aquí todo el año, una escuela de dos aulas para Joe y los demás niños, una estación de bomberos con un solo caballo y una iglesia.
Por supuesto, todo cambia en verano con la llegada de la gente rica, los bailes y las obras de teatro, las fiestas al aire libre, los paseos en barco y Dios sabe qué más. ¿A qué iglesia asisten, señor Harrison?
D’Agosta no recordaba las instrucciones de Pendergast al respecto, o ni siquiera si las había habido, y balbuceó:
—Somos…, somos católicos.
Esa afirmación hizo que incluso el señor Cookson levantara la vista un instante.
—Vaya —dijo la mujer—. ¿Católicos romanos? No tenemos ninguna iglesia de esa confesión en la isla.
D’Agosta dudó. Para ser sincero, ya no iba a la iglesia, pero intuyó que a la señora Cookson no le gustaría oír eso.
—Estoy seguro de que a Dios no le importará que asistamos a su iglesia mientras estemos aquí.
—Perfecto. Creo que nos llevaremos bien.
—Miró a los recién llegados un momento—.
Señor Harrison, me advirtieron que usted y Joe quizá no estarían preparados para el invierno de Maine, y veo que es así.
El señor Rockefeller me ha pedido que me asegure de que ambos vayan bien abrigados y que les ofrezca ropa usada de la familia.
Le diré al señor Cookson que baje algo de la buhardilla.
—Ladeó la cabeza—. Usted es un poco corpulento, pero soy buena costurera y podremos arreglarlo.
—Gracias. No estoy acostumbrado a tanto frío.
—Eso cambiará pronto. —Sonrió como si fuera un oráculo—. Ahora, señor Harrison, Joe, permítanme enseñarles sus habitaciones.
D’Agosta salió tras ella, pero se detuvo en la escalera, se volvió hacia Joe y se inclinó con aire conspirador.
—Si hay algún viejo fantasma, le daremos su merecido. ¿Qué te parece? —dijo, simulando una pistola con el pulgar y el índice.
Los ojos de Joe se iluminaron de una forma que D’Agosta no había visto antes.
—¡Lo haremos, vaya que sí! —le susurró casi con ferocidad—. Le daremos tal paliza que tendrá que irse a rondar a otra parte.
Y ambos cerraron el trato con un apretón de manos.