El ángel de la venganza (Inspector Pendergast 22) Capítulo 14
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Capítulo 14

A través de la puerta entreabierta de su despacho, Warburton Seely, inspector jefe de edificios de la ciudad de Nueva York, observó al hombre que acababa de entrar en la antesala.

Iba vestido a la última moda: un traje caro de tweed con cuello de pico y corbata con nudo simple, zapatos de cuero calado con polainas, chaleco verde y una gruesa cadena de oro para el reloj.

Completaban el conjunto un sombrero de copa formal y un bastón de malaca.

Era la viva imagen de un banquero o financiero próspero, si no fuese porque parecía que había comprado la ropa esa misma mañana.

Además, sus rasgos eran peculiares. El hombre era pálido y tenía una horrible cicatriz que le surcaba el rostro.

No se había afeitado y llevaba el pelo largo y grasiento y las uñas rotas y sucias.

Seely podía oírlo mientras conversaba con el empleado; tenía una voz aguda y quejumbrosa con un acento occidental tan pronunciado que casi parecía un idioma extranjero.

Había llegado sin cita previa, y era sorprendente que lo hubiera dejado pasar el policía municipal que custodiaba el santuario interior del ayuntamiento.

—Vengo a ver al señor Seely —dijo el hombre—. Me llamo Pendergast. Aloysius X.

Pronunció su nombre con la pomposidad de un lord inglés, pero su ridículo acento echaba a perder el efecto.

—¿Tiene cita?

—No, no la tengo, pero supongo que querrá verme.

—El señor Seely no recibe visitas sin cita previa —repuso el empleado con desdén—. Ahora bien, si quiere dejar su tarjeta…

—Acabo de llegar de Leadville, Colorado, y me han dicho que el señor Seely es la persona a la que hay que acudir si se tiene… —tosió en un patético intento de mostrar delicadeza— dinero para invertir en bienes inmobiliarios.

—Lo siento mucho, señor, pero es necesario tener cita. Pediré a un agente que lo acompañe a la salida.

«Leadville», pensó Seely. ¿No era allí donde se había producido un gigantesco hallazgo de plata el año anterior?

El inspector se levantó para asomarse a la puerta.

—Señor Charles, creo que ahora mismo puedo atender al caballero.

—Sí, señor.

—Gracias —dijo el hombre, que entró en el despacho con paso vacilante, el sombrero en la mano y la cicatriz rojiza en su cara pálida, como una mancha de sangre sobre el mármol.

Tras dudar un momento, Seely le tendió la mano.

—Buenos días, señor…

—Pendergast.

—Por supuesto. ¿Le apetece un puro?

Cerró la puerta mientras le ofrecía la caja.

—Muy amable, señor —respondió Pendergast, que le aceptó uno.

Seely cogió otro y procedió a encender el del visitante y el suyo. A continuación, le indicó un asiento situado frente a la amplia mesa.

—Por favor, siéntese.

El hombre se acomodó y, al ocupar su puesto, Seely percibió el olor a ropa nueva.

—Tengo entendido que es usted de Colorado. ¿Puedo preguntarle a qué se dedica?

—Bueno, señor, me dedicaba a la minería. A la plata.

Seely asintió.

—Dios ha sido bueno conmigo, muy bueno, en lo que respecta a la plata. ¿Ha oído hablar de la mina Belle Gulch? Veinticuatro millones de onzas troy, por no mencionar el plomo, el zinc y el bismuto. Pues bien, obtuve la concesión de Belle Gulch.

—Qué afortunado, señor… —dijo, olvidando de nuevo su apellido.

—Pendergast. Ahora bien, señor Seely, no soy de los que exprimen a una vaca hasta sacarle la última gota.

Vendí la concesión cuando se presentó la oportunidad y ahora estoy aquí para invertir las ganancias.

La ciudad está creciendo y el futuro son los inmuebles.

Me han dicho que usted es la persona con la que debo hablar.

—Ah, claro, claro.

Seely no sabía adónde conduciría todo aquello, pero tenía la sensación de que iba a ganar dinero, tal vez mucho. En Nueva York, aquel pueblerino y su fortuna no tardarían en separarse, y Seely pensó que no había razón para no estar presente en el reparto.

Dejó que su instinto guiara la conversación.

—Como soy el inspector jefe de edificios de la ciudad, no tengo propiedades inmobiliarias en venta. ¿Puedo ayudarlo de otra manera?

—Sí, señor inspector. Sin duda podrá ayudarme.

Desde que llegué, he dedicado mi tiempo a…

, bueno, a buscar otro tipo de oportunidades.

—Todo aquello parecía resultarle divertido—.

En Longacre Square hay una fábrica de cerveza que se llama Hockelmann’s Brewery.

La entrada principal está en la calle Cuarenta y uno, y la puerta trasera, en el Smee’s Alley. ¿La conoce?

Seely no la conocía.

—Hacen buena cerveza, y fuerte. Además, es una empresa próspera.

Han comprado toda la manzana y están vaciando las viviendas para urbanizarla.

Señor, Longacre Square será una propiedad muy valiosa a medida que la ciudad crezca.

Yo soy de Leadville, como ya he mencionado, y he visto nacer una docena de ciudades en esos territorios.

He visto cuáles prosperaron, cuáles quebraron y por qué.

Puede que Nueva York sea un poco más grande, pero los negocios son los negocios, igual que los hombres son hombres.

Y he aprendido a olfatear una oportunidad como un semental olfatea a una yegua.

Seely asintió, entrelazando los dedos.

—Bueno, esa es la propiedad que quiero. Esas viviendas vacías.

—¿Y ha intentado comprarla?

—No, señor. Soy demasiado inteligente para eso.

Primero pregunté por ahí. El demonio que la posee no quiere venderla y ha rechazado muchas ofertas.

No ve más allá de su floreciente negocio de cerveza para darse cuenta de que hay otras cosas que pueden prosperar aún más.

La cuestión es —se inclinó hacia él— que estuve hablando con un amigo mío que vive encima de la Stonewall Inn y me dijo que había una manera de hacerme con esos edificios.

Una manera y solo una: conseguir que la propiedad sea declarada en ruinas.

—Se echó de nuevo hacia atrás—. Tengo entendido que usted es el hombre que puede hacerlo.

—¿Quién le ha dicho eso?

Seely sintió una ligera punzada de alarmismo al pensar que alguien estuviera hablando así de él.

Era cierto que había declarado en ruinas dos edificios, o puede que tres, que por supuesto no eran aptos para vivir por ciertas consideraciones.

Pero tenía que pensar en su reputación. Por otro lado, veinticuatro millones de onzas de plata a un dólar la onza…

Los pensamientos sobre su reputación se desvanecieron cuando se dio cuenta de que el tal Pendergast debía de ser tan rico como Creso, y mucho más astuto en los negocios de lo que su apariencia de paleto denotaba.

Al observarlo con más atención, Seely vio que sus ojos plateados irradiaban ambición y astucia.

—Un amigo —se limitó a responder, y luego se trazó una línea en la mejilla con el pulgar y la acompañó con un guiño exagerado.

—Comprendo —dijo Seely.

Pensó unos instantes en cómo hacerlo de tal manera que pudiera negarlo si alguna vez salía a la luz. Mientras reflexionaba, el hombre llamado Pendergast volvió a hablar, bajando la voz hasta que fue casi un susurro.

—Señor Seely, lo tengo todo pensado. Usted me presta una de esas placas, me convierte en inspector y voy a ver a Hockelmann.

No me conoce de nada y se asustará. Lo ablandaré.

En realidad no condenaré nada, porque entonces quedaría registrado.

Solo haré una inspección, encontraré un montón de cosas que no están bien y armaré mucho jaleo. No hay nada de malo en eso, ¿verdad?

Seely tuvo cuidado de no dejar que su expresión dejara entrever lo que estaba pensando. En realidad, parecía un plan sensato, y además tenía la posibilidad de negarlo todo.

—Y, ya que estoy aquí —dijo Pendergast—, me gustaría echar un vistazo a los planos de construcción de esas viviendas. Tengo entendido que están archivados en su oficina.

Seely juntó los dedos. Había una razón por la que ese hombre se había hecho tan rico, y no era solo por haber encontrado una veta de plata. Mientras esperaba la oferta, se dijo a sí mismo que en el futuro no juzgaría a los desconocidos con tanta precipitación.

—Haga esto por mí, señor Seely: présteme la placa durante un par de días y deme algunos documentos. Ya sabe, de esos que llevan sellos y estampillas elegantes.

Seely volvió a esperar.

—Haga eso por mí, amigo, y yo le compensaré.

Seely arqueó las cejas para indicar su interés.

—Quinientos dólares ahora y otros quinientos cuando devuelva la placa.

Mil dólares: era al menos cinco veces más de lo que Seely esperaba. Se quedó atónito, pero logró controlarse, e incluso frunció un poco el ceño y dejó que el silencio se prolongara.

—Mil dólares ahora —dijo Pendergast.

Más silencio.

—¡Maldita sea, hombre! —exclamó Pendergast.

—Mil quinientos. Todo por adelantado.

—Mil doscientos.

—Mil trescientos.

Pendergast puso mala cara.

—Está bien. Facilíteme lo necesario para asustar a ese puñetero maestro cervecero y le daré el dinero. Pero voy a necesitar la placa durante al menos una semana, puede que más.

Era tan fácil conseguir un inspector falso como uno real, incluso más, y Seely tenía todo lo necesario a mano. Se acercó al armario y sacó una placa y una cartera de cuero repujado. Luego las llevó a su escritorio, rellenó varias líneas aquí y allá y se las mostró a Pendergast.

—En los documentos he utilizado un alias: señor Alphonse Billington. Haré que mi secretario le traiga los planos para que los vea, pero no puede llevárselos. Le daré las credenciales cuando me traiga los fondos.

El hombre metió la mano por dentro de la americana, sacó un delgado paquete de billetes de cien dólares, separó trece y los dejó sobre la mesa.

Seely notó que se le aceleraba el pulso, aunque vio con consternación que aún quedaban bastantes; podría haberlo hecho aún mejor.

Pero mil trescientos era una suma enorme y el riesgo era insignificante.

Si Hockelmann presentaba alguna queja, Seely negaría conocer al minero y su plan.

«Alphonse Billington» sería solo un hombre con una placa robada y documentos falsos.

—Señor Pendergast, ¿puedo darle un consejo? —dijo impulsivamente.

—Sí, señor.

—No vaya vestido así. Ningún inspector de obras llevaría esa ropa. Necesitará un atuendo mucho más conservador: levita, chaleco abotonado hasta arriba pero abierto abajo, corbata de lazo y, sobre todo, zapatos de trabajo sin polainas. Y un bombín. Ese sombrero de copa es demasiado formal.

Cuando llegaron los planos, Pendergast echo un vistazo rápido y luego se apartó.

—Eso es todo. Gracias, señor —dijo con una reverencia mientras cogía la placa y la carpeta—. Se lo devolveré todo dentro de una semana.

—No, no me lo devuelva. Queme todo lo que sea de papel y asegúrese de que la placa acabe en el fondo del East River. —Hizo una pausa—. Pero en una semana, eso sí, porque después haré que retiren el número de placa del servicio activo.

Seely se levantó, abrió la puerta al buscador de oro y lo acompañó a la antesala, donde le susurró algo a su secretario. Asintiendo, el señor Charles despidió al visitante.

Seely volvió a retirarse a su despacho y cerró la puerta con cuidado. Entonces se llevó la mano al bolsillo de la americana y notó el crujido de los billetes que había dentro. Mil trescientos dólares: el sueldo de tres meses. No estaba mal para una mañana de trabajo.