El ángel de la venganza (Inspector Pendergast 22) Capítulo 12
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Capítulo 12

La señorita Editha Mallow Crean, que iba haciendo muecas mientras se abría paso entre montones de excrementos, cruzó la zona formada por las calles Park, Baxter y Worth, la intersección que daba nombre a Five Points.

Su habitación en una pensión para chicas de la calle Mott no estaba muy lejos, pero se encontraba en un mundo más agradable.

Siempre hacía el trayecto deprisa para que las viles imágenes y sonidos del barrio marginal la asaltaran lo menos posible.

Al girar hacia el oeste por Baxter, quedó bajo la sombra amenazante de la Casa de la Industria. Luego se dirigió a la puerta principal, la abrió con una gran llave de hierro y volvió a cerrarla, cambiando los olores desagradables del exterior por los igualmente desagradables del interior.

Cuando se dio la vuelta vio a Royds, el asistente. Estaba en su puesto habitual, el mostrador de madera con bisagras que había al fondo de la sala, y su expresión la alarmó al instante.

—Está esperando en su despacho, señora —dijo Royds.

—¿Quién?

Pero Royds no respondió. Se quedó detrás del mostrador, como si hubiera visto al mismísimo diablo. Al cabo de un momento, la enfermera Crean se dio la vuelta y abrió la puerta situada a la derecha.

Un corto pasillo pasaba frente a la recocina y una biblioteca sin libros y conducía a la puerta de su despacho privado.

Cuando entró, se detuvo sorprendida. Esperaba encontrarse con un padre angustiado o un mensajero indeseado de la junta directiva, pero allí había un hombre delgado, vestido con una sotana cruzada que le llegaba hasta los tobillos, un chaleco negro, un alzacuellos almidonado de color blanco y un cappello romano de ala ancha.

Estaba rebuscando en un cajón del escritorio y, al oírla entrar, se puso erguido.

Llevaba unos quevedos con los cristales tintados y era inesperadamente alto.

—¿Qué significa esta intrusión? —preguntó ella.

El hombre se quedó quieto mientras el eco de la pregunta se desvanecía.

La enfermera Crean no era una mujer que se dejara intimidar con facilidad, y respondió a su expresión altiva con otra igualmente feroz.

A juzgar por su vestimenta, se trataba de un clérigo de alto rango.

De vez en cuando, las delegaciones eclesiásticas enviaban representantes para supervisar el funcionamiento diario de la Misión y la Casa de la Industria, y sabía cómo tratar con ellos.

Su mayor preocupación era que algún día la sustituyera una graduada de las «escuelas Nightingale», instituciones para la formación de enfermeras que en la última década habían surgido en Bellevue y New Haven.

Puede que su formación no fuese académica, pero eran cosas que una chica no podía aprender en un aula.

Ella se había curtido en la Guerra Civil, donde escaseaban los médicos y aún más los cirujanos.

Había ejercido en Fredericksburg y Cold Harbor, donde aprendió a amputar miembros destrozados con una rapidez que hacía palidecer a los veteranos más avezados, y luego en Andersonville, tras su liberación en 1864, donde casi la mitad de los prisioneros de la Unión murieron de disentería, tifus o inanición.

Pero, por el aspecto del atuendo bien confeccionado y la expresión rígida de aquel hombre, dudaba que hubiera visto derramamiento de sangre.

Parecía el tipo de clérigo que había pasado gran parte de su vida en un seminario, y le sorprendía que hubiera resistido en Five Points lo suficiente como para llegar a su despacho.

Pero allí estaba, rebuscando entre sus documentos privados como una cerda en un granero.

—¿Y bien? —dijo ella.

El hombre se situó detrás del escritorio, cerró el cajón, limpió meticulosamente el polvo de la silla —la silla de la enfermera Crean— y luego se sentó, mirándola a través de sus gafas antes de hablar.

—Hace dos meses —dijo—, el Consejo de Ancianos se reunió en el Cónclave Anual.

—El hombre tenía una voz melodiosa y arrogante que solo podía obedecer a generaciones de endogamia entre la aristocracia británica—.

En dicho cónclave se planteó el tema de la Misión de Five Points y la Casa de la Industria.

Se reconoció de manera general que el objetivo fundacional de la Misión, es decir, alojar, proteger y educar a niñas huérfanas, había sido descuidado últimamente.

La señorita Crean notó que se le tensaban las manos. No era un simple representante enviado para observar, sino para interferir.

Cuando el hombre siguió hablando, su voz inundó el despacho.

—Como último recurso, los ancianos se pusieron en contacto con mis superiores en Canterbury, quienes a su vez me enviaron desde Inglaterra a este…

lugar. —Frunció los labios—. Siguiendo el espíritu de Lutero y Wesley, he llevado a cabo numerosas reformas en escuelas y orfanatos metodistas de toda Inglaterra, y ahora haré lo mismo aquí.

—¡Estamos muy bien, señor! —repuso la señorita Crean—. ¡No tiene derecho!

Aquello era inaudito y, además, nadie la había avisado. Había trabajado sin descanso por aquellas chicas desagradecidas y miserables sin que la Junta de la Misión ni el Consejo de Ancianos manifestaran el menor descontento.

—Tengo todo el derecho, señorita Crean. —El clérigo se levantó de nuevo—. Perdone que no me haya presentado. Soy el reverendo Percy Considine, y, ahora que le he expuesto la situación, espero que me disculpe. Tengo mucho que hacer. —Se detuvo—. Le daré cinco minutos para que recoja sus cosas.

Rodeó el escritorio, como para permitirle acceder a él.

—¿Quiere decir…? —balbuceó ella—. ¿Eso significa que estoy despedida sin recurso alguno ni previo aviso? ¡Exigiré una audiencia con la junta!

—Cuando salga, Royds se encargará de que le abonen el sueldo de dos semanas. Somos una iglesia generosa.

La santurronería que irradiaba aquel hombre era casi tan exasperante como la idea de que pudiera entrar allí como si tal cosa y echarla a la calle.

—Pero no puede hacer esto. ¡No puede!

—Al contrario. Claro que puedo.

—¡Es indignante! ¡Exijo ver sus credenciales!

El sacerdote metió la mano en el bolsillo del chaleco y le tendió un sobre para que lo examinara.

Contenía documentación oficial del Consejo de la Hermandad Wesleyana, el organismo que supervisaba la Misión y la Casa de la Industria, el cual confería al reverendo Considine plenos poderes para llevar a cabo las mejoras y reformas que juzgara oportunas sin necesidad de revisión ni aprobación por parte de los ancianos.

El hombre recuperó el sobre y su contenido mientras la enfermera Crean asimilaba las repercusiones que ello tendría para su futuro.

—No es posible. Tiene que haber alguna artimaña detrás. —Lo miró con los ojos entrecerrados—. ¿Qué sabe usted de dirigir un orfanato y un asilo para niñas?

—Mucho. Como institutriz a cargo, se supone que debe ser un ejemplo para todas las demás. Por desgracia, parece que ha hecho precisamente lo contrario.

Se volvió hacia el escritorio, cogió un pequeño libro que debía de haber traído consigo, lo levantó con un resoplido y se lo mostró.

—El libro de la Disciplina —dijo—, edición de 1858.

Como ya sabe, o debería saber, aquí se exponen las doctrinas de nuestra secta metodista.

—Abrió el libro y leyó con actitud altiva—.

«A finales del año 1739, ocho o diez personas acudieron al señor Wesley —elevó momentáneamente la mirada hacia el cielo— en Londres.

Parecían estar convencidísimas de su pecado y pedían con sinceridad la redención.

Deseaban que él les aconsejara sobre cómo huir de la ira venidera».

—Bajó el libro—. Al menos habría esperado que usted, señorita Crean, siguiera la Disciplina y huyera de la ira venidera.

Pero parece que ha hecho justamente lo contrario.

Usted, hija de Crean, no es menos hija de Satanás.

La ira y la indignación de la enfermera Crean alcanzaron su punto álgido con aquella acusación.

—¿Que soy qué?

—¡Silencio! Voy a enumerar, a partir de nuestro libro sagrado, las formas en que ha profanado su misión en la Tierra.

—Volvió a abrir el libro—. «No cometas ningún tipo de maldad, como tomar el nombre de Dios en vano, profanar el día del Señor o emborracharte».

Le diría, engendro del mal, que ha convertido esta piadosa Casa de la Industria en una casa de la borrachera y la profanación.

Ella dio un paso adelante, colorada de rabia y con los puños cerrados.

—¡No he probado una gota de alcohol en mi vida! ¿Yo un engendro del mal? ¡Es usted quien difama este lugar con semejantes mentiras!

—¿Sigue negando sus pecados? Yo pensaba que, al enfrentarse a ellos, se alegraría de huir a la ignominia y la oscuridad con el dinero que le he ofrecido.

Pero quizá debería haberlo esperado: como ya han demostrado mis investigaciones privadas, sigue acumulando maldad tras maldad, crimen tras crimen inimaginable, incluyendo satisfacer sus apetitos bestiales con los cuerpos vírgenes de estas jóvenes desdichadas que han puesto a su cargo.

¡Apártate de mí, Satanás! —Y, levantando el libro una vez más, pasó a una nueva página—: «Cuando los miras a la cara, deberías romper a llorar, como hizo el profeta cuando miró a Hazael… ».

Llevada casi a la locura por sus palabras, la enfermera Crean se abalanzó sobre él y levantó la mano con intención de asestarle un golpe.

Para su sorpresa, el reverendo Considine, con una velocidad y destreza notables, le agarró la mano izquierda y se la retorció detrás de la espalda.

Luego le agarró también la mano derecha y la obligó a bajarla hasta situársela sobre el abrecartas que había en la mesa.

Mirándola fijamente, le apuntó con él al vientre.

—Es de mala educación interrumpir a un ministro mientras recita las Sagradas Escrituras —dijo—. ¿Por dónde iba? «¡Qué motivo tenemos para sangrar ante el Señor, que hemos descuidado durante tanto tiempo esta buena obra!».

Con la elegancia de un bailarín, hizo girar a ambos de modo que la enfermera quedara de espaldas al escritorio. Luego pegó su cuerpo al de ella, le tapó la boca con la mano libre y le clavó el abrecartas en la cavidad peritoneal. Abriendo mucho los ojos, Crean luchó por contener los gritos.

—Estos abrecartas suelen estar muy desafilados —le susurró Diógenes al oído—. Lo siento muchísimo.

Entonces hundió aún más la hoja y giró la punta hacia arriba para que penetrara en la aorta abdominal.

—«Hubo muchos obstáculos —citó en voz alta para ahogar los sonidos—, y siempre los habrá. Pero el mayor obstáculo está en nosotros mismos, en nuestra pequeñez de fe y amor».

Luego la soltó y se hizo a un lado mientras se desplomaba en el suelo polvoriento y emitía un último gemido de negación, desangrándose en un torrente carmesí.