El ángel de la venganza (Inspector Pendergast 22) Capítulo 11
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Capítulo 11

Cuando Constance volvió a la sala de su mansión en la Quinta Avenida, los relojes acababan de dar las diez.

El fuego ardía en la chimenea y su luz parpadeante confería a la estancia una cruel sensación de intimidad.

Diógenes estaba sentado en un sillón orejero, junto a una mesa con copas y una botella de coñac, y hojeaba distraído un libro.

Pendergast, por su parte, estaba recorriendo el salón con rostro agitado.

Diógenes volvió la cabeza al oírla acercarse y luego miró a su hermano.

—Has vuelto —dijo Pendergast con evidente alivio.

Constance se quedó de pie sin quitarse el abrigo. Su furia hacia Leng no había disminuido durante el viaje de vuelta, pero se había convertido en una ira fría y calculadora.

—¿Le entregaste el arcano? —preguntó Pendergast mientras se acercaba—. ¿La fórmula verdadera, sin alteraciones?

—Sí.

—¿Y qué hay de Binky?

—No la soltará hasta que lo haya probado, o eso dice. Pero me dejó verla un momento.

—Así que está en la mansión —dijo Pendergast.

Constance asintió.

—Al menos por el momento, según él.

—No volverá a llevarla a sus instalaciones subterráneas —terció Diógenes—. Five Points sería un lugar demasiado obvio. Pero no me cabe duda de que tiene otros escondites.

—No obstante —dijo Pendergast—, la mansión de Riverside Drive parece un lugar lógico donde tenerla encerrada por el momento. Está bien fortificada contra los intrusos.

—Contra los intrusos que desconocen sus secretos, querrás decir —respondió Constance.

Pendergast se volvió hacia ella.

—¿No revelaste nada en un momento de ira o frustración?

Constance no respondió.

—Nuestro conocimiento sobre el futuro de esa mansión y lo que tú sabes sobre el futuro de Leng son nuestra baza.

—Soy muy consciente de ello —dijo Constance—.

No he revelado nada, porque esa mansión es donde pienso pasar los próximos días.

Me infiltraré en ella, estableceré un búnker desde el que pueda entrar y salir sin ser vista…

, y luego buscaré a Binky, además de intentar encontrar algún punto débil. Sola.

—¿Qué más dijo?

—Hablaba solo para divertirse. No tiene sentido repetir nada más.

—Así que no averiguaste nada que pudiera sernos útil.

Constance negó con la cabeza.

—Uno de los miembros de la banda de Leng se sinceró conmigo.

—¿Y bien…?

—No tenía mucho que ofrecer. —Miró a Pendergast y luego a Diógenes, que seguía sentado—. ¿Y vosotros dos?

—Yo he estado investigando.

Dejó a un lado el libro que estaba leyendo y Constance echó un vistazo al lomo: El puritanismo y el declive de la Reforma . Luego volvió a mirar a Pendergast.

—Háblame de Joe.

—Puse en marcha los planes que habíamos comentado anteriormente.

En este momento, Vincent y tu hermano deben de estar llegando a la terminal ferroviaria Old Colony Railroad de Boston e irán a una «cabaña» propiedad de la familia Rockefeller, en la isla Mount Desert.

Como sabes, nuestra familia estuvo vinculada a ellos por intereses comerciales comunes y, cuando me puse en contacto a toda prisa con William, es decir, William Avery hijo, se mostró muy cooperador.

—Pero no os conocéis en persona. ¿Se puede confiar en él?

—Mi querida Constance, tienes razón en estar alerta, pero tú mejor que nadie deberías saber que existen ciertos lazos fraternales y sociedades secretas que trascienden el tiempo y el dinero. Todo excepto el honor.

Tras pedirle que se acercara un momento, le susurró brevemente los detalles.

Más tranquila, Constance dejó que Diógenes le sirviera una copa de coñac y miró a los hermanos. Estaba claro que, estuvieran o no de acuerdo con su plan, sabían que era mejor no oponerse.

Después de un silencio, Diógenes cogió su copa de coñac.

—Mientras tú estabas de visita, Aloysius y yo hemos hablado largo y tendido, y coincidimos en que la mejor manera de empezar a socavar la fortaleza de Leng es cortarle el suministro de víctimas.

—Una vez me contaste que, para probar las nuevas variantes del arcano, Leng utilizaba una fórmula especial acelerada con sus conejillos de Indias humanos —le dijo Pendergast a Constance.

—Correcto. Y luego les practicaba la autopsia.

—¿A los conejillos de Indias con los que su última variante no había funcionado?

—Tanto si había funcionado como si no.

—¿Qué?

Pendergast parecía aún más horrorizado.

—Una vez que dio con la fórmula que sí funcionaba, siguió administrando la dosis y diseccionando a media docena de «sujetos» para asegurarse de que no había efectos internos negativos. Solo entonces empezó a tomarla él mismo.

Hubo un breve silencio antes de que Pendergast volviera a hablar.

—Supongo que empleará esa misma fórmula acelerada en el arcano que ahora obra en su poder. ¿Cuánto tiempo le llevará estar seguro de que la fórmula funciona?

Constance se encogió de hombros.

—Es difícil saberlo.

—¿Que es difícil saberlo? —respondió Diógenes, que arqueaba una ceja—. ¿No lo recuerdas?

—Hice todo lo posible por eliminar esos recuerdos —respondió Constance con irritación— y no me gusta que me reprendas por ello.

—¿Reprenderte? Solo intento ayudar.

—Ya basta —dijo Pendergast pausadamente.

—Tal vez deberías aconsejarle a tu pupila que sea más agradecida —respondió Diógenes—. Yo también me sacrifiqué al volver aquí, ¿recuerdas?

—Nadie te lo pidió —dijo Constance—. Nadie os lo pidió a ninguno de los dos —añadió con frialdad, y luego hizo una respiración profunda y temblorosa—. Cuando una nueva versión del elixir parecía tener posibilidades de éxito, observaba durante dos semanas, o a veces un poco más, pero nunca menos.

—¿Y para cada nueva formulación también era necesario realizar una vivisección de la cauda equina de una víctima?

Constance asintió.

—Entonces nuestro plan debería ser infalible —continuó Pendergast—.

Haremos todo lo posible por interrumpir el suministro de víctimas e interferir o destruir sus laboratorios de operaciones, al menos los que podamos encontrar.

Dices que Binky es demasiado joven para ser utilizada como sujeto de pruebas, así que Leng estará desesperado por encontrar nuevas víctimas que usar como conejillos de Indias y como recursos.

La voz de Pendergast había recuperado su tono normal, pero Constance aún detectaba un leve temblor de emoción y, sorprendida, se dio cuenta de que, más allá del sentimiento de culpa y la frustración, él también estaba enfadado, enfadado de una manera que nunca había visto antes.

Al mirar sus ojos pálidos, percibió la misma sed de venganza sangrienta que la atenazaba a ella.

De repente, esos ojos se clavaron en los suyos.

—Constance, soy consciente de que quieres actuar sola, pero los tres tenemos los mismos objetivos: salvar a Binky y matar a Leng.

Podemos abordar el problema de forma individual, pero deberíamos reunirnos al menos una vez para comprobar los progresos de los demás y asegurarnos de que nuestros esfuerzos no chocan involuntariamente.

Y debemos contar con un medio de comunicación para emergencias.

Se quedó en silencio y, durante un rato, todos permanecieron inmóviles. Entonces Constance se inclinó hacia delante para apurar el coñac y, a continuación, sacó una pequeña libreta del bolso y escribió algo con un lápiz dorado. Luego arrancó la hoja, la dobló y se la entregó a Pendergast.

—Esto bastará —dijo él tras leerla.

Constance se levantó de inmediato.

—En ese caso, buenas noches. Necesito descansar antes de irme. —Hizo una pausa—. Como supongo que los dos tenéis pensado quedaros, pedidle a Gosnold que os busque alojamiento en el tercer piso.

—Constance —oyó decir a Diógenes, y su tono inusualmente serio la hizo detenerse—, permíteme advertirte una cosa. Tú más que nadie debes saber que no hay que presionar demasiado a Leng. Si cruzamos una línea roja, Binky morirá.

La única respuesta de Constance fue quedarse quieta un momento, obligándose a asimilar la verdad que encerraban aquellas palabras, y luego se dio la vuelta para subir las escaleras.

Cuando el sonido de sus pasos se hubo apagado, los hermanos se miraron. Pendergast fue el primero en hablar.

—Me alegro de que hayas dicho eso. Empezaba a dudar si de verdad estabas aquí para ayudarnos o solo para provocarla y causar problemas.

—Tiene gracia, viniendo de la persona que lo ha estropeado todo, empezando por contratar a ese idiota de Ferenc. ¿Por qué no la dejaste aquí tranquila? Lo estaba haciendo bien.

—No es cierto. Se estaba dejando dominar por la pasión y Leng ya empezaba a aprovecharse, a jugar con ella. Estaba condenada al fracaso.

—Eso no lo sabes. Por muy listos que nos creamos, a veces nos ha sorprendido a los dos.

Además, ¡mira este lugar! —Agitó la mano en dirección a su cuarto—.

Es el primer palacio que veo con verdadero buen gusto.

¡Y el carruaje! Yo pensaba que el de Leng era impresionante, pero el suyo es el más bonito…

, el más elegante… —Dejó la frase a medias, sin saber qué decir—.

Aún no tengo los conocimientos necesarios para expresar mi admiración, pero ha ocurrido algo que no esperaba: envidio su carruaje.

Pendergast se inclinó hacia delante.

—Esta charla es inútil. Ya sabes por qué he vuelto: por la misma razón que tú.

Tras un momento de silencio, Diógenes se levantó.

—¿Vas a buscar a Gosnold? —le preguntó Pendergast—. Sus aposentos están justo al lado de la cocina trasera.

Diógenes negó con la cabeza.

—No, hermano, me marcho.

—¿Adónde?

—Eso es asunto mío. ¿Creías que Constance era la única que valoraba sus secretos? Buenas noches; tengo promesas que cumplir y un largo camino por recorrer antes de irme a dormir. —Hizo una pausa—. Me gusta cómo suena eso. Puede que componga un poema basándome en esas líneas.

—Nunca habría dicho que eras un plagiador.

—No se pueden robar palabras que aún no se han escrito.

Además, frater , el plagio es lo último que debes temer cuando se trata de este nuevo, o más bien antiguo, mundo de pecado que ahora se abre ante mí.

Me encuentro mirándolo con alocada presunción y preguntándome si pueden resistir tantas tentaciones inesperadas.

—Se encogió de hombros, se puso el abrigo, encendió otro cigarrillo de color salmón y se caló el sombrero—.

Para variar, saldré por la puerta principal —dijo mientras se dirigía a grandes zancadas hacia la entrada.

—Diógenes…

—Lo sé. Dulces sueños a ti también. —Abrió la puerta interior, luego la exterior y, con una reverencia y un ligero movimiento de sombrero, se alejó en la oscuridad.