El ángel de la venganza (Inspector Pendergast 22) Capítulo 10
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Capítulo 10

Cuando la cortina se cerró y la imagen de su yo más joven hubo desaparecido, Constance notó una sensación de asfixia y llenó los pulmones de aire.

Mientras tanto, Leng volvió tranquilamente a la mesa.

—Ya está. Ahora no solo sabe que su doble más joven está viva y goza de buena salud, sino también que reside aquí, al menos por el momento.

Creo que ese gesto es más que suficiente, dado que su fórmula aún no ha sido probada.

—Se echó hacia atrás la parte baja del abrigo y tomó asiento—.

Y ahora… se está haciendo tarde y este tramo de Post Road no es seguro cuando anochece.

Volveremos a vernos cuando me haya cerciorado de que este arcano es auténtico.

Con la respiración ya acompasada, Constance se lo quedó mirando y, en un tono tan bajo que podría haber sido un susurro, dijo:

—Se arrepentirá de esto.

—No me gusta que me amenacen en mi propia casa. Como diría mi subalterna Decla, lárguese.

Pero, en lugar de largarse, Constance miró a su alrededor mientras se ralentizaban sus pulsaciones.

Leng le había sonsacado mucha información a Ferenc, pero el secreto más importante de Constance no obraba en su poder.

No sabía que, en su momento, había sido su cobaya y que había perfeccionado el arcano probándolo con ella.

Tampoco sabía que se había criado en esa misma casa.

Y, lo más importante de todo, no sabía que conocía su futuro.

Constance no veía el momento de que pudiera revelar esos secretos mientras le clavaba un puñal en el corazón.

—Veo pensamientos violentos en su rostro —dijo Leng—.

Debo señalar que cualquier intento de hacerme daño, cualquier atentado contra mi vida por parte suya o de sus compatriotas, resultará en la muerte instantánea de Binky.

Ella es mi póliza de seguro mientras pruebo el arcano.

Por supuesto, es demasiado joven para ser un conejillo de Indias. No tema por eso.

Constance no dijo nada y el doctor negó con la cabeza.

—Ya ha abusado de mi hospitalidad, duquesa. Se encuentra en territorio extranjero y sus defensas son débiles. Este es mi mundo y estoy preparado para defenderme en él. Regrese al pestilente pandemónium al que llama hogar.

Otro secreto importante que él desconocía era que el portal estaba cerrado, tal vez para siempre.

Constante habló al fin, pero lo hizo en voz tan baja que Leng tuvo que inclinarse hacia delante para oírla.

—Si supiera lo que le depara el futuro, eso sería lo último que diría. Porque la próxima vez que me vea será con unos poderes tan formidables que todas sus trampas y sus ratas de callejón serán barridas como paja. Y tendrá una habitación 101 a medida.

—¿Habitación 101? —preguntó Leng con el ceño fruncido—. No tengo ni idea de qué es esa tontería.

Por primera vez, Constance detectó un atisbo de incertidumbre.

—Esa «tontería» será su perdición. Labere in gladio tuo .

Dicho esto, se dirigió a la salida, pero dio media vuelta al llegar a la puerta de la biblioteca.

—Traslade mis condolencias a Augustus Spragg, del Departamento de Ornitología del Museo de Historia Natural. Tengo entendido que al pobre hombre no le queda mucho tiempo de vida.

Antes de que Leng pudiera responder, Constance cruzó con rapidez la rotonda y enfiló el pasillo bordeado de armaduras. Luego abrió la puerta principal, se ajustó el chal alrededor de los hombros para protegerse del frío nocturno y bajó los escalones.

En ese momento se acercó la joven llamada Decla.

—¡Dios bendito, pero si es su excelencia! —exclamó—. No deberías poner esa mala cara a tus superiores. Creo que te mereces unos azotes. —Miró a su alrededor—. Poneos a la cola, chicos. Empezaré yo.

Constance se limitó a alargar la mano e hizo caso omiso de las carcajadas que llegaban desde la oscuridad.

—Quiero que me devuelvas mi arma.

Decla la miró con fingida sorpresa.

—¿Te refieres a esto? —Sacó la empuñadura de la daga del bolsillo de su chaleco de modo que se pudiera ver el oro labrado—. Ahora es mía. Me ha gustado mucho esta navajita.

Sin responder, Constance mantuvo la mano extendida.

Despacio, Decla levantó la cabeza y durante un minuto, o tal vez más, ambas se miraron fijamente.

Entonces Decla rompió el contacto visual.

Con una sonrisa burlona, sacó el arma del chaleco y, ocultándola en la palma de la mano, la extendió poco a poco y la dejó caer en los dedos de Constance.

—Puedes tomarla prestada por un tiempo —dijo—. La recuperaré cuando esté lista.

—En ese caso —repuso Constance—, aquí tienes un recuerdo hasta que lo estés.

Desplegó la hoja y, con un movimiento rápido de muñeca, le hizo un corte en la mano a Decla.

La hoja era tan afilada que, por un momento, no hubo sangre y, tal vez, tampoco dolor. Sin embargo, cuando la sorprendida Decla bajó la mirada, empezó a brotar una larga y estrecha línea carmesí.

—Ahora ya tienes la pareja —dijo Constance.

Se oyó un susurro y, en cuestión de segundos, se vio rodeada por todos los miembros del grupo, que empuñaban sus armas.

Se movían con rapidez y cerraron el círculo con destreza, pero Constance no apartó la mirada de Decla, que por un instante miró detrás de ella.

Ese sería el primer ataque, una puñalada por la espalda.

Al darse la vuelta, Constance vio que un miembro corpulento del grupo se había acercado sigilosamente con un cuchillo en alto, y se abalanzó sin titubeos para apuñalarlo justo debajo de la laringe.

Parecía que el arma, tras haber probado la sangre, quería más.

Su mano se deslizó hacia abajo como si estuviera guiada por ella, y la punta de la daga trazó una línea mortal desde la tráquea, bajó superficialmente por el esternón y se hundió de nuevo en las entrañas, por debajo de la apófisis xifoides, antes de resbalar de nuevo al encontrar la hebilla del cinturón.

El hombre emitió un sonido sibilante y gutural, y Constance, preparada para matar de nuevo, se volvió de inmediato hacia el joven que estaba a su lado, el cual llevaba un pesado martillo.

Se oyó un golpe seco en la puerta de la mansión.

—¡Basta! —gritó Leng, enmarcado una vez más por la puerta iluminada.

El grupo dudó mientras uno de los suyos se desplomaba con espantosa lentitud.

—¡Quietos! —insistió Leng con brusquedad—. Dejadla pasar.

Decla no apartaba sus ojos ardientes y salvajes de Constance, que estaba observando a los demás, paralizados en diversas actitudes de miedo e ira.

Luego miró a Leng y, levantando la daga, colocó el pulgar y el índice en el remate, deslizó rápidamente las yemas desde el recazo hasta la punta y sacudió la sangre acumulada con un gesto rápido y experto.

Tras lamerse ambos dedos mientras enfundaba el arma, escupió en dirección a Leng y se alejó en la oscuridad, camino del carruaje donde Murphy aguardaba impaciente.