El ángel de la venganza (Inspector Pendergast 22) Capítulo 9
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Capítulo 9

El hermoso carruaje clarence , con un escudo de armas en la puerta y un par de caballos percherones negros tirando de las riendas, pasó el indicador de Post Road en St. Nicholas Avenue con la calle Ciento dieciséis y luego giró hacia el norte.

Era al atardecer y el río Hudson se extendía a la izquierda, brillando en su inquieto curso hacia el mar, con las murallas escarpadas de las Palisades más allá.

A la derecha había una procesión de pequeñas granjas bien cuidadas, salpicadas aquí y allá por mansiones campestres con sus amplias fachadas frente al río.

Después de unos dos kilómetros y tras un susurro de su ocupante, el carruaje se detuvo en la amplia entrada de una de las mansiones, más grande que las demás y construida en piedra caliza oscura al estilo beaux arts .

Las líneas algo sombrías de su volumen se suavizaban con la creciente oscuridad y las linternas de gas que iluminaban ambos lados del camino que conducía a la entrada.

Las puertas de hierro se abrieron de par en par, con puntas afiladas en la parte superior que brillaban maliciosamente bajo la luz cada vez más tenue.

Entonces se abrió la puerta del carruaje y Constance Greene bajó al arcén de grava.

Llevaba una falda larga plisada y una blusa con mangas abullonadas sobre la que se había echado un chal para protegerse del frío.

Bajo el puño derecho se adivinaba el borde de un pequeño vendaje.

A la sombra del carruaje, su atuendo casi parecía sencillo, a menos que uno se acercara lo suficiente para ver la calidad del material, la exigente confección y costura, y las pequeñas borlas de chenilla que colgaban de la estola francesa de seda y terciopelo.

En la mano llevaba un cuaderno de cuero con la cubierta rayada y manchada.

Se acercó al asiento del cochero, donde estaba sentado Murphy.

—Recuerde —le dijo—, no importa lo que vea u oiga…, no se acerque a menos que le pida ayuda expresamente.

—Pero, señora…

—Por favor, obedezca mis instrucciones. Si necesito su ayuda, se lo haré saber. Se lo prometo.

Luego se dio la vuelta y echó a andar hacia la mansión.

Al enfilar el camino, las piedras rugosas de Post Road se convirtieron en ladrillos lisos y cuidadosamente entrelazados.

Avanzó a paso mesurado, observando el edificio y sus alrededores.

De vez en cuando, parpadeaba al reconocer cosas olvidadas hacía tiempo, pero, por lo demás, su expresión permanecía impasible a pesar de las emociones que se agitaban en su interior.

Cuando se acercó a los amplios escalones de la entrada, aparecieron una docena de figuras entre los oscuros setos y los arbustos cuidadosamente recortados que decoraban la fachada.

Vestían ropas tan similares que parecían uniformes: pantalones negros con tirantes y botones, camisa de color gris oscuro, chaqueta de cuero fino con solapas anchas y bombín calado hasta las orejas.

Sin decir nada, se alinearon para impedirle el paso.

Eran jóvenes y se movían con confianza y soltura.

Todos llevaban en el lóbulo izquierdo un pequeño pendiente con piedras preciosas de diferentes tonalidades.

Dado que ella también se había criado en las calles de Five Points, le recordaron a las bandas callejeras que infestaban aquel barrio marginal, como los Dead Rabbits, los Swamp Angels y decenas más.

La principal diferencia era que este grupo no parecía pobre y desesperado, sino bien alimentado y satisfecho.

Uno de sus miembros se adelantó. Por el pelo corto, la baja estatura y los rasgos delicados, Constance supo que era una mujer.

Llevaba las cejas muy perfiladas y en el cuello lucía un tatuaje de una pipa de opio.

Su pequeño pendiente tenía un diamante incoloro que, junto con la belicosidad que irradiaba, dejaba claro que ocupaba un alto rango en la banda, tal vez el de líder.

Esto era inusual y puso a Constance en guardia.

—Registradla —dijo la mujer.

Uno de los jóvenes dio un paso al frente y Constance retrocedió.

—Hazlo tú —le dijo a la mujer.

—No te gusta que te toque un hombre, ¿eh? —repuso ella con una mirada lasciva—. Puede que tengamos algo en común.

Se acercó a Constance y, tras cachearla de forma minuciosa y profesional, solo encontró el estilete italiano.

La mujer empezó a voltearlo en sus manos para admirar la hechura del oro.

—Qué pinchito tan delicado —dijo, burlona—. Es un juguete perfecto para las manos suaves de la señorita. —Mientras manipulaba el cuchillo, Constance se fijó en una larga cicatriz, morada y mal curada, que le recorría los nudillos de la mano derecha—. No puedo decir que haya visto ninguno igual.

—Eso es porque nunca has pisado un museo —respondió Constance.

La mujer entrecerró los ojos, pero, en ese momento, las puertas dobles de la mansión se abrieron de par en par y apareció la figura de Leng enmarcada en una luz brillante.

—¡La duquesa de Ironclaw! —dijo con fingida deferencia—. Qué agradable sorpresa. Decla, por favor, dejad que su excelencia pase sin molestias.

Constance se quedó mirando a la figura alta que había en el umbral. El odio hacia el asesino de su hermana resultaba tan abrumador que se tambaleó un poco, pero acabó recobrando la compostura. Si quería llegar a buen puerto, debía ejercer un control estricto sobre sí misma.

Tras un momento de insolencia, la joven se apartó sin devolver el cuchillo. Los demás hicieron lo mismo y Constance subió los amplios escalones de mármol. Leng hizo una reverencia cuando pasó por delante. Mientras él cerraba las puertas, Constance pudo ver al grupo dispersándose en la oscuridad.

Sin mediar palabra, Leng se dio la vuelta y condujo a Constance por un pasillo largo y estrecho flanqueado por armaduras.

Luego se detuvo a la entrada del gran salón de recepciones y miró a su alrededor para contemplar las colecciones de historia natural, los fósiles, las mariposas, los meteoritos, las piedras preciosas y los animales disecados, y la invadieron intensos recuerdos.

El salón, al igual que la mansión, le resultaba muy familiar, aunque hacía muchos muchos años que no lo veía así.

Al entrar en el salón, vio la figura deforme de Munck, que la observaba, atento, entre las sombras de la escalera principal.

Un horrible corte, reciente y profundo, le surcaba el rostro desde la parte derecha de la frente hasta el pómulo izquierdo.

Se lo habían cosido de forma burda y lo llevaba en parte tapado con unos vendajes de algodón que aún supuraban un líquido amarillento.

—Ya me darás las gracias más tarde —dijo Constance cuando cruzaron miradas.

Munck no dijo nada, pero su expresión cambió.

Leng le indicó que entrara en la biblioteca, situada a la derecha del vestíbulo, y Constance se detuvo en el umbral.

Había pasado gran parte de los últimos años en aquella sala, normalmente en la silenciosa pero reconfortante presencia de Pendergast. Era su refugio del mundo, donde leía, investigaba, escribía o tocaba el clavicordio.

El crepitar de la chimenea, los rincones perfumados por los libros, las mesas cubiertas con tapetes: todo le transmitía comodidad, seguridad y placer intelectual.

Sin embargo, la estancia en la que acababa de entrar era como una imagen especular que hubieran invertido de manera escalofriante.

Se esforzó por mantener una expresión neutra mientras escrutaba el contenido.

Allí estaban los muebles que no había visto en años, los objetos que Pendergast había retirado al tomar posesión de la mansión.

Los viejos muebles ocupaban la biblioteca como espectros malignos del pasado: el secrétaire à abattant de caoba flameada, con sus pequeños compartimentos y cajones; el escritorio Luis XV pintado a mano, en el que Leng guardaba un gran cuaderno con tapas de cuero; las vitrinas con vidrio Tiffany que contenían objetos diseñados para provocar la locura en los espectadores; y la adquisición más preciada de Leng: tres estudios completos al óleo de La crucifixión y el juicio final , de Jan van Eyck, colgados en gruesos marcos dorados sobre las ventanas situadas al fondo de la sala.

—Por favor, siéntese —dijo Leng.

Constance ignoró la invitación y siguió de pie.

Leng se sentó a la mesa.

—Espero que el comité de bienvenida haya sido de su agrado.

Constance guardó silencio.

—Otras bandas coleccionan orejas. Yo reparto joyas que indican el rango y los logros. —Hizo una pausa—. No esperaba que usted me desafiara de esta manera. Me refiero al león en su propia…

De repente, Constance le arrojó el cuaderno y, sorprendido, Leng intentó atraparlo, pero se le cayó al suelo.

Constance no se movió.

Leng se la quedó mirando. Al cabo de un momento, se agachó a recogerlo. Lo hojeó con rapidez, deteniéndose de vez en cuando para examinarlo con atención. Constance permaneció inmóvil hasta que Leng por fin cerró el cuaderno y lo dejó encima de la mesa.

—Me costó mucho organizar nuestra esperada reunión —le dijo—. Pero, al presentarse aquí como su propia mensajera, ha hecho que todo eso sea innecesario.

—Ya tiene el arcano. Ahora entrégueme a Binky —repuso Constance con monotonía, en un nuevo esfuerzo por no revelar ni una pizca del abrumador odio que sentía.

—Ah, Binky —repitió Leng con aire cantarín tras haber recuperado el equilibrio—.

Es muy extraño, ¿sabe? Ese científico húngaro, Ferenc, ofreció mucha información, y hacia el final estaba desesperado por ofrecer aún más, pero no supo decir por qué estaba usted tan ansiosa por cruzar universos para rescatar a sus familiares.

Solo cabe suponer que Mary y Joe murieron cuando aún eran jóvenes.

Es obvio que usted sobrevivió y tal vez ha regresado para cambiar tan trágico desenlace.

Constance hizo caso omiso del comentario.

—He cumplido mi parte del trato. Ahora haga usted lo mismo.

—¡Ah! —Leng levantó un dedo imperativo, como para silenciar a un alumno que estaba dando una respuesta incorrecta—.

Me ha traído una fórmula; en eso estamos de acuerdo.

Pero ¿cómo puedo estar seguro de que es la fórmula que yo busco?

A lo mejor ha sido ligeramente alterada y han añadido un veneno doloroso y mortal a la mezcla.

Verá —añadió, apoyando los antebrazos en la mesa y entrelazando los dedos—, a decir verdad, aún no ha cumplido su parte del trato.

¿Cuáles eran mis condiciones? «Deme la fórmula, verdadera y completa».

No hay razón para creer que se ha demostrado ninguna de esas dos condiciones, y llevará algún tiempo corroborarlo.

—Esa es la fórmula tal y como la elaboró usted a lo largo de muchos años que aún están por venir —dijo Constance—. No tengo motivos para mentir. Quiero a Binky ahora mismo.

—Perdone que la contradiga, pero tiene todos los motivos para mentir. Entre otras muchas cosas interesantes, el entrometido doctor Ferenc me dijo que volvió usted a esta época utilizando su máquina infernal para vengarse de mí.

Constance luchó por controlar su ira.

—No se lo volveré a pedir. Entréguemela.

—Me alegro de que no vuelva a hacerlo. Sería agotador —dijo Leng mientras se ponía en pie—.

Vamos, su excelencia, no me mire así. No carezco de compasión.

Me gustaría pensar que dice la verdad, que ha cambiado de parecer y que su alocada pasión por asesinarme se ha atenuado, pero no puedo estar seguro de ello.

Aun así, hasta que haya verificado completamente la fórmula, aquí tiene algo en agradecimiento por las molestias que se ha tomado.

Había empezado a moverse despacio por la biblioteca, como si estuviera abrumado por sus pensamientos, pero entonces extendió la mano para tirar de algo que Constance no alcanzaba a ver.

Era una cortina con un patrón inspirado en William Morris que combinaba con el papel pintado.

Cuando la descorrió, Constance pudo ver más allá de la biblioteca y el ala este de la mansión.

En el piso más alto había una ventana iluminada en la cual se recortaba la silueta de Binky.

Cuando esta vio a Constance, puso cara de sorpresa y apoyó las manitas contra el vidrio de plomo, como si intentara escapar.

Leng dejó que el momento se prolongara. En la habitación no se veía nada más: ni muebles, ni chimenea, ni ninguna fuente de confort. Entonces Leng soltó la cortina y Binky desapareció.