Capítulo 8
El coche fúnebre se dirigió al sur por la Quinta Avenida y pronto se vio atrapado en una maraña de carruajes, caballos, carros de vendedores ambulantes y medios de transporte de toda índole, tanto elegantes como destartalados, que se mezclaban con los gritos de los conductores, el repiqueteo de las ruedas de hierro sobre los adoquines y el chasquido de los látigos.
El olor a sudor y estiércol de caballo impregnaba el aire, junto con el hedor omnipresente del carbón quemado.
D’Agosta pensó que estaba experimentando el equivalente a un atasco de tráfico en el siglo XIX .
El señor Porlock sacó una caja de puros y le ofreció uno a D’Agosta.
Aunque hacía años que los había dejado y le había prometido a Laura que nunca volvería a tocarlos, aceptó uno.
¿Por qué no? Ella ni siquiera estaba en el mismo universo.
Porlock encendió el suyo y D’Agosta hizo lo mismo, agradecido por que el aroma del tabaco diluyera el aire fétido.
Cuando llegaron a la calle Cuarenta y tres, Porlock soltó un grito histriónico, tal como le habían indicado, y ordenó al cochero que se hiciera a un lado.
Luego bajaron del carruaje y fingieron examinar la herradura trasera del caballo más cercano.
Al cabo de un minuto, el conductor de la funeraria levantó la pezuña del caballo, probó con un martillo y dijo en voz alta:
—Señor Porlock, vamos a tener que hacer una parada rápida en las caballerizas. Estamos a punto de perder una herradura.
Porlock hizo un gesto de impaciencia con la mano.
—Qué remedio.
Siguieron circulando por la calle Cuarenta y tres y se dirigieron al oeste, en dirección a la Sexta Avenida, donde un letrero instalado sobre un gran edificio de ladrillo anunciaba una caballeriza y una herrería.
Dos chicos abrieron las puertas de madera para dejarlos entrar en el patio y las cerraron inmediatamente.
Los recibió otro muchacho, que gritaba y gesticulaba.
—Por aquí, caballeros, por aquí.
En el patio había otros carruajes, cubiertos de arena y paja, y los mozos de cuadra estaban dirigiendo a varios caballos.
El chico fue con el coche fúnebre a una zona de estacionamiento, donde desengancharon a los caballos y se los llevaron.
—Señor Harrison —dijo Porlock en voz baja—, ahora es su oportunidad.
D’Agosta bajó y rodeó el coche fúnebre justo a tiempo para ver a los cuatro hombres abrir la tapa. Entonces salió Joe con la misma expresión decidida, lo cual animó al teniente. Al menos no intentaría huir.
El chico que sostenía la puerta se quedó boquiabierto ante lo que acababa de presenciar: alguien de su misma edad saliendo de un ataúd.
—¡Eh, tú! —dijo D’Agosta, acercándose a él para ofrecerle un dólar de plata—. Chico, esto es para que mantengas la boca cerrada. ¿Entendido? Ni una sola palabra. Jamás.
—¡Sí, señor! ¡Sí, señor!
El chico se quedó mirando la brillante moneda.
—Guárdala y borra esa expresión de tu cara.
El chico se metió la moneda en el bolsillo y se puso serio.
D’Agosta se volvió hacia el ataúd y, tal como estaba planeado, arrojó cuatro águilas de oro de diez dólares en su interior, sobornos para los empleados de la funeraria que recibirían el féretro vacío.
Luego asintió en dirección a los cuatro hombres, que volvieron a cerrarlo rápidamente.
Agarró a Joe de la mano, cogió las bolsas y preguntó a un mozo de cuadra si había alguna puerta trasera.
—Sí, señor. Pero…
—Llévanos.
El chico acompañó a D’Agosta y a Joe a la parte trasera de la caballeriza, donde había una puerta de madera custodiada por otro muchacho. D’Agosta pensó, con aire un tanto distraído, en cuántas décadas faltaban para que se promulgasen las leyes sobre el trabajo infantil.
—Abre —dijo, y le ofreció un dólar de plata, que el chico aceptó.
—Sí, señor.
—Si pregunta alguien, no has visto a nadie.
—De acuerdo, señor. A nadie.
D’Agosta y Joe salieron a un callejón oscuro, a pesar del sol matutino. A continuación, la puerta se cerró con un fuerte ruido de hierro y madera. D’Agosta miró en ambas direcciones y solo vio a un grupo de jóvenes con bombines y gorras planas que estaban fumando puros sobre una pila de barriles.
Intentó orientarse. La estación Grand Central era la precursora de Grand Central Terminal, y debía de encontrarse unas dos manzanas y media al este de donde estaban.
El callejón iba de este a oeste, por lo que dobló a la izquierda sin soltar a Joe.
Tendrían que pasar junto a los matones, que los observaban a través de las nubes de humo, y D’Agosta notó el peso tranquilizador del Colt 45 debajo del brazo.
Siguieron caminando por los adoquines y los hombres se levantaron poco a poco con las manos en los bolsillos para bloquearles el paso.
«Dios», pensó D’Agosta. Estaba seguro de que solo era una banda callejera y no dudaría en disparar a uno o dos de esos cabrones. Pero, si armaban escándalo, podían atraer a la policía, o tal vez a los hombres de Leng, que sin duda habían estado siguiendo al carruaje.
—No me gustan esos hombres —dijo Joe.
—A mí tampoco.
D’Agosta deslizó la mano bajo el brazo y sacó el Colt.
—¿Qué tipo de pistola es esa? —susurró Joe con cara de sorpresa.
—Una ruidosa.
—Hola, jefe —dijo un joven demacrado con la piel pálida, pecas y un maltrecho bombín. Parecía el líder—. Esta es nuestra caseta de peaje. Vais a tener que aflojar la mosca.
D’Agosta se lo quedó mirando. ¿Qué demonios significaba eso? Dinero, por supuesto.
—¿Cuánto cuesta el peaje? —preguntó.
Los hombres se echaron a reír mientras se dispersaban y algunos se sacaron largos cuchillos de debajo de la camisa.
—Ya que lo preguntas, todo, cabrón.
Aparecieron más cuchillos, pero ninguna pistola. Estaba claro que no iba a entregar a semejante escoria el oro que llevaba en el maletín.
D’Agosta empujó a Joe detrás de él y mostró el arma.
—¿Sabéis qué coño es esto?
Se hizo el silencio. Parecían casi tan sorprendidos por la obscenidad como por el arma.
—Supongo que sí, jefe —repuso el líder.
—Pues entonces ya sabréis que puede dejaros la cabeza hecha pedacitos. ¿Queréis verlo?
—Chicos —dijo el líder de la banda al cabo de un momento—, dejad pasar al caballero. —Se metió el cuchillo debajo de la camisa, levantó las manos y añadió—: No queremos haceros daño, jefe.
Siguiendo su ejemplo, el resto del grupo se apartó y guardó los cuchillos.
¿Iba a ser tan fácil? Se hicieron a un lado para dejarlo pasar. ¿Se abalanzarían sobre ellos por detrás? Pistola en ristre, D’Agosta volvió la cabeza mientras seguía caminando.
En ese momento, vio un carruaje tirado por dos caballos que se detenía con un chirrido de frenos al final del callejón, y de él saltaron tres hombres empuñando barras de hierro.
—¡Eh! —gritó uno de ellos a la banda—. ¡Detened a ese tipo!
«Los hombres de Leng», pensó D’Agosta, y los tres echaron a correr por el callejón sin dejar de gritar. Pensando con rapidez, D’Agosta metió la mano en el bolsillo, sacó una moneda de oro y se la lanzó al líder de la banda.
—Esto es para vosotros si les dais una paliza a esos tres.
El joven la cogió con una sonrisa en los labios.
—¡Faltaría más, jefe!
D’Agosta se dio la vuelta y, sin soltar a Joe, siguió corriendo. Al salir del callejón, pudo oír los gritos del comienzo de la pelea.
La estación Grand Central, una monstruosidad de ladrillo y piedra caliza, se elevaba sobre la ciudad que la rodeaba.
D’Agosta compró billetes de primera clase para la línea de Nueva York, Providence y Boston, y subieron al tren justo cuando estaba a punto de partir.
Un maletero los condujo a un elegante compartimento, que tenían para ellos solos.
Aliviado, D’Agosta tomó asiento. Le dolía otra vez la cabeza.
—¿Te llamas George o Vinnie? —preguntó Joe, mirándolo con recelo.
—A partir de ahora, George.
Joe asintió con seriedad.
El tren comenzó a resoplar y a gemir al salir de la estación.
—¿Puedo ver la pistola? —dijo el niño.
D’Agosta se lo pensó un momento. Había aprendido a disparar con su padre cuando tenía doce años.
Miró a su alrededor y se aseguró de que no hubiera nadie.
Entonces se levantó, cerró el compartimento y sacó la pistola.
Liberó el cilindro y lo inspeccionó. Las seis recámaras seguían llenas, así que sacó las balas y volvió a colocar el cilindro.
—Dos reglas: jamás apuntes a un ser humano.
—Sí, señor.
—Y jamás pongas el dedo en el gatillo, ni dentro del guardamonte, hasta justo antes de disparar.
—Sí, señor.
D’Agosta asintió satisfecho.
—Esto no es un juguete. Puedes cogerla un momento, pero luego me la devuelves. Cógela por la empuñadura, así, y mantén el cañón apuntando hacia abajo.
Le dio la vuelta al arma y se la ofreció a Joe, que la sopesó.
—Pesa mucho.
—Sí, es lo que llaman un calibre cuarenta y cinco. —Esperó un momento—. Vale, ya puedes devolvérmela.
Joe lo hizo, sonrojado por la experiencia de haber tenido la pistola en la mano, aunque solo fuera un momento.
«Es curioso lo que les pasa a los chicos con las armas —pensó D’Agosta—.
Hay algo totalmente primitivo en su reacción».
Es probable que ocurriera lo mismo con los arcos y las flechas, o las lanzas, hace miles de años.
Joe parecía valiente e ingenioso, en muchos aspectos más como un adulto pequeño y serio que como un niño.
Debía de haber madurado rápido viviendo en las calles y en Blackwell’s Island.
El tren salió por fin de los oscuros túneles que pasaban por debajo de Park Avenue y enfiló a toda velocidad su recorrido hacia el norte a lo largo de la costa, con vistas a las marismas y al estrecho de Long Island.
—¿Tienes esa baraja de cartas a mano? —preguntó D’Agosta.
Joe asintió.
—¿Sabes jugar a la guerra?
El niño asintió de nuevo y sacó la baraja, que dividió en dos montones.
—Este es para ti —dijo, deslizando uno hacia D’Agosta, y empezaron a jugar.
En ese momento pasó el camarero y le pidió una zarzaparrilla para Joe.
Mientras jugaban, los pensamientos de D’Agosta empezaron a divagar.
¿Cómo sería la isla Mount Desert? Nunca había estado en Maine y ni siquiera había oído hablar de Mount Desert.
Los dos años que había pasado en Moose Jaw, en Canadá, en un intento fallido de escribir un libro cuando era joven, lo habían curado para siempre del frío y los largos inviernos nevados.
Isla Mount Desert, en Maine. Finales de diciembre de 1880. Sonaba horrible.