Capítulo 7
D’Agosta escuchó incrédulo. Volvía a tener dolor de cabeza y se recostó en el sillón para aliviarlo. Aquello era una locura. Abandonados en un mundo extraño, ¿cómo iban a manejar la situación con Constance, salvar a Binky, matar a Leng e irse a casa?
Se volvió hacia Diógenes.
—Dices que la máquina del tiempo quedó destrozada. ¿Hasta qué punto?
—¿Te refieres a si podemos utilizarla para regresar?
—respondió Diógenes—. Como ya dije, ese tonto de Ferenc dejó los niveles al máximo cuando cruzó, supongo que con la intención de tener tiempo suficiente para llevar a cabo su plan y volver.
La explicación más lógica es que no llegó a tiempo para reducir la potencia y la máquina se sobrecargó.
—Entonces ¿estamos atrapados aquí? —preguntó D’Agosta.
—A menos que Proctor pueda repararla, sí —dijo Pendergast.
—¿Proctor? —exclamó D’Agosta—. ¡Es chófer! ¿Cómo va a arreglar una máquina del tiempo?
Notó que el horror se apoderaba de él. Nunca volvería a ver a Laura. El siglo XXI , el Nueva York que amaba: todo había desaparecido.
—Vincent, mi consejo es que por el momento no te plantees cuestiones tan existenciales —dijo Pendergast, indiferente—.
Lo primero que debemos hacer, antes de que ocurra algo aún más grave —añadió, poniéndose en pie—, es llevar a la persona que nos han confiado a un lugar seguro y alejado de aquí.
Gosnold, ¿puede acompañar a Joe arriba mientras debatimos cómo proceder?
—Sí, señor.
—Puedo ir solo —dijo Joe con frialdad.
—En ese caso, mete ropa de abrigo, un libro y una baraja de cartas en la maleta. Te vas de viaje.
Joe dio media vuelta con rigidez y subió las escaleras.
D’Agosta se volvió hacia Pendergast.
—¿Qué impedirá que Leng mate a Constance cuando se haya adueñado del arcano?
—En primer lugar, su carácter desconfiado. Si la fórmula ha sido manipulada, es posible que aún la necesite. En segundo lugar, creo que Constance ejerce cierta influencia sobre él.
—¿Qué tipo de influencia?
—Constance sabe muchas cosas sobre Leng. Es más, conoce su futuro.
—Lo que no entiendo —repuso Diógenes— es lo siguiente: si se supone que este mundo es idéntico al nuestro, salvo que se encuentra en 1880, ¿qué es esa monstruosidad que estaban construyendo en la parte sur de Central Park? En nuestro mundo nunca existió nada parecido.
D’Agosta la había visto durante un paseo en carruaje en su primer viaje aquí con Pendergast: una fea torre que recordaba a una chimenea de diez pisos. Simplemente dio por hecho que, como tantas otras edificaciones de Manhattan, había desaparecido con el tiempo.
Pendergast hizo un gesto de desdén.
—Considéralo una pepita de frambuesa atascada entre los dientes postizos del continuo espacio-tiempo.
No podemos permitirnos el lujo de especular en qué medida este maldito mundo es un reflejo exacto del nuestro, pero se le parece mucho.
De lo que deberíamos estar hablando es de la seguridad de Joe.
D’Agosta se quedó mirando a Pendergast, que se inclinó hacia delante con impaciencia. ¿Eran imaginaciones suyas o el agente acababa de maldecir?
—Joe corre un grave peligro —continuó Pendergast—.
Sin duda, la casa está siendo vigilada, así que tendremos que actuar con inteligencia.
—Se volvió hacia el mayordomo—. Gosnold, amigo mío, tenga la amabilidad de enviar una nota a la funeraria más cercana para informar de que tenemos el cadáver del señor Moseley y necesitamos que envíen un coche fúnebre y un ataúd para recogerlo.
Asegúrese de que entiendan que cada segundo cuenta.
—¿Puedo recordarle, señor Pendergast, que el señor Moseley está enterrado en el sótano? —dijo Gosnold con admirable moderación.
—Y allí seguirá. Quien estará en el ataúd será Joe.
Esto es lo que sucederá: de camino a la funeraria, el caballo perderá una herradura, lo que obligará a ir a la caballeriza más cercana, momento en el cual Joe será trasladado a un lugar seguro.
El ataúd será entregado vacío a la funeraria.
Serán necesarios abultados sobornos para que esto funcione.
Con ese propósito, Gosnold, no dude en coger todo el oro que necesite de la caja fuerte.
El mayordomo hizo una reverencia, como si se tratara de la petición más normal del mundo.
—¿Algo más, señor?
—¿Podemos confiar en que nos ayudará a obrar este pequeño truco de prestidigitación con la máxima discreción?
—Sí, señor.
—Veo que Constance eligió bien a su personal. Eso es todo por ahora. Gracias.
Gosnold se retiró con otra reverencia y Pendergast se volvió hacia D’Agosta.
—Tú, Vincent, serás el protector de Joe.
Después de sacarlo a escondidas de la caballeriza, lo llevarás a la estación Grand Central, donde comprarás un billete para la línea de Nueva York, Providence y Boston.
A tu llegada a Boston, reservarás un pasaje en un barco de vapor con destino mucho más al norte, a la isla Mount Desert. Ese es tu destino final.
D’Agosta se llevó la mano a la cabeza. El martilleo no desaparecía.
—Recomponte, por favor. Joe es la próxima víctima lógica de Leng y debemos sacarlo de aquí de inmediato. Hay razones para elegir la isla Mount Desert, y las conocerás en cuanto haya ultimado los detalles.
—De acuerdo —dijo D’Agosta, respirando hondo—. Dios, necesito ibuprofeno.
—No hay ibuprofeno ni aspirina. El láudano es el analgésico que se utiliza en 1880, y no te lo recomiendo.
—Hostia puta.
D’Agosta se incorporó y volvió a hacer una respiración profunda. Por muy complicado que fuese todo, Pendergast tenía razón: debía recomponerse.
—Necesitarás ropa limpia para el viaje; esas manchas de sangre llamarán la atención y despertarán sospechas. Me parece que tienes más o menos la misma talla que Moseley. ¿Te importa ponerte la ropa de un muerto?
—¿Tengo otra opción?
—Su habitación debe de estar en el tercer piso y no te costará encontrar la ropa. Sírvete tú mismo.
Con un gemido, D’Agosta se levantó, apoyándose en el reposabrazos del sillón.
Pendergast se volvió hacia Diógenes.
—En circunstancias normales nunca haría este gesto, pero las circunstancias distan mucho de ser normales. —Le tendió la mano—. Hasta que este asunto se resuelva, para bien o para mal, ¿podemos trabajar juntos, hermano, sin falsedades ni malicia?
Diógenes se levantó y extendió la mano para estrechar la de Pendergast.
—Cuando Joe esté a salvo —dijo—, debemos impedir que Leng tenga acceso a sujetos experimentales, ya que los querrá más que nunca para probar el arcano que Constance le va a proporcionar.
Debemos detener los asesinatos. Eso tendrá el beneficio adicional de frustrarlo, y puede que incluso lo saque de su escondite.
—Tengo algunas ideas en ese sentido —dijo Diógenes—, y están relacionadas con la Misión de Five Points.
Se dieron la vuelta con las cabezas juntas y empezaron a murmurar.
D’Agosta subió las escaleras despacio, un escalón tras otro. «Solo tienes que solucionar esto —se dijo a sí mismo—. Solo tienes que solucionarlo. Luego ya te preocuparás de volver a casa».
En la habitación de Moseley, D’Agosta encontró un exiguo armario con prendas raídas.
Los pantalones del tutor le quedaban demasiado ajustados, así que los descartó; tendría que conformarse con los suyos.
Por fortuna, gran parte de la sangre estaba en la camisa.
Las de Moseley le quedaban un poco pequeñas, pero podría utilizarlas, al igual que la levita y el abrigo.
La anticuada corbata lo dejó sin palabras, así que se la guardó en el bolsillo.
No sabía si llevarse el sombrero de copa, pero llegó a la conclusión de que al menos le mantendría la cabeza caliente.
La isla Mount Desert no tenía un nombre alentador. Necesitaría más ropa. Rebuscando en otros cajones, encontró unos guantes y unos calcetines. Pendergast seguramente le enviaría prendas más abrigadas en cuanto tuviera oportunidad.
Encima de la cómoda, junto a un fregadero seco, vio una botella con una etiqueta que rezaba: TINTURA DE LÁUDANO DE HEZEKIAH.
Contenía un líquido turbio de color marrón rojizo.
Joder, le dolía mucho. ¿Qué daño podía hacer?
Leyó la etiqueta impresa en la parte posterior, la cual indicaba que se debían disolver entre seis y doce gotas en agua.
Cogió la botella, llenó el gotero, se sirvió un vaso de una jarra que había cerca y echó diez gotas.
Luego se lo bebió, estremeciéndose por el sabor amargo.
En ese momento oyó llegar un carruaje. ¿Era Constance, que ya estaba de regreso, o el director de las pompas fúnebres?
Se peinó rápidamente con el cepillo de Moseley mientras la medicina calmante se extendía por su cuerpo y le aliviaba el dolor de cabeza.
«Esto funciona pero que muy bien», pensó.
Cuando iba a guardarse el frasco en el bolsillo, se lo pensó mejor y volvió a dejarlo en la cómoda antes de bajar las escaleras.
Se trababa del hombre de la funeraria, pero era todo lo contrario de lo que D’Agosta había imaginado: un tipo regordete con mejillas sonrosadas, una gran sonrisa, los dientes amarillos y un aire inquieto.
Cuatro empleados fornidos entraron por la puerta con un ataúd de pino tosco, aparentemente solo para el transporte.
Mientras lo depositaban en el suelo, llegaron Joe y Féline, vendada pero con una mirada casi tan decidida como la de Constance.
El niño llevaba una mochila de cuero, y Pendergast se separó del grupo para hablar con la mujer en un francés acelerado.
Gosnold se acercó al director y a sus hombres con una bolsita de cuero y, murmurando instrucciones, repartió varias monedas de oro de veinte dólares.
—Este —dijo Pendergast, volviéndose para presentar a D’Agosta— es el señor Harrison, el tutor del niño, que irá con usted en el carruaje.
Él se encargará de todos los detalles del traslado.
Y, señor Harrison, permítame presentarle al señor Porlock, el director de funeraria que ha tenido la amabilidad de ayudarnos aun avisándolo con tan poca antelación.
—Señor —dijo el director, inclinándose—. Encantado de conocerle, señor Harrison.
—Igualmente —respondió D’Agosta—. Estoy seguro.
Apretó los dientes. Todo aquello tenía que ser una especie de broma del karma.
Féline iba hablando en voz baja con Joe mientras lo llevaba hacia el ataúd. El niño miró dentro y dio un paso atrás.
¿Cómo demonios iban a meterlo allí? Sacudía la cabeza sin apartar la mirada del féretro.
—Ahora, jovencito —dijo Pendergast—, me doy cuenta de que esta no es la forma ideal de transporte, pero tendremos que conformarnos. Por favor, entra.
A pesar de su brillantez, Pendergast no tenía ni idea de cómo hablarle a un niño de doce años, así que D’Agosta dio un paso al frente.
—Ya me ocupo yo —dijo, y se arrodilló ante el joven—.
Joe, esta es la situación y te la voy a explicar con toda franqueza.
De hombre a hombre. Lo que Constance, es decir, la duquesa, ha dicho es cierto.
Anoche ocurrieron cosas terribles aquí. No sé qué viste ni cuánto sabes, pero la casa está siendo vigilada por gente muy mala y tenemos que sacarte de aquí a escondidas.
Vas a tener que ser valiente y meterte en ese ataúd.
Es un disfraz, un truco, nada más. Estarás ahí dentro durante una hora más o menos y luego te sacaremos.
Tú y yo cogeremos un tren a un lugar donde no puedan encontrarnos.
Cuando la situación vuelva a ser segura, te traeré a casa. ¿De acuerdo?
El niño lo miró con una expresión tensa y hostil.
—¿Quién se ha llevado a Binky? —preguntó.
Así que sabía que había sido secuestrada.
—Unos delincuentes, los mismos que vigilan la casa.
La duquesa ha ido a rescatarla. Pero, si las cosas…
, si las cosas se alargan demasiado, intentarán secuestrarte a ti también.
Por eso tenemos que sacarte de aquí. —Extendió la mano hacia el ataúd—.
Vamos, no hay tiempo que perder. Somos tú y yo contra los malos.
Joe se metió dentro sin dudarlo. Era un ataúd grande y, a pesar de su aspecto endeble, habían acolchado el interior con cojines y mantas para el corto trayecto.
Habían abierto unas pequeñas ranuras en los laterales para que entrara aire.
Mientras Joe se ponía cómodo, Féline le dio una bolsita con dulces.
El niño se tumbó y cerraron la tapa. Los cuatro hombres se echaron el ataúd al hombro y salieron por la puerta.
Pendergast se acercó a D’Agosta y le puso un sobre en la mano.
—Bájate en Boston, vete al muelle de Dorchester y embarca en el vapor Bar Harbor Coastal Packet rumbo a la isla Mount Desert. Luego vete a la dirección que figura en el sobre; dentro encontrarás instrucciones completas.
Le entregó a D’Agosta una maleta de tela gruesa.
—Aquí hay algo más de ropa, unos bocadillos, algunas cosas necesarias y, por supuesto, dinero. Te enviaré ropa más abrigada para ti y para Joe, junto con instrucciones sobre cómo nos comunicaremos. A partir de ahora, eres el señor George Harrison, de Sleepy Hollow, en el estado de Nueva York.
—¿George Harrison?
—He elegido un nombre que no es probable que olvides.
—Madre de Dios.
—Buena suerte, amigo mío.
D’Agosta salió de la casa y bajó los escalones mientras los hombres deslizaban el ataúd en el coche fúnebre.
Se sentó junto al señor Porlock; los cuatro empleados se subieron a la parte trasera.
Entonces iniciaron la marcha en compañía de la escarcha de las farolas que brillaba bajo la luz matinal, el vaho que echaban los caballos por las fosas nasales y el repiqueteo de los cascos sobre los adoquines.
D’Agosta tenía la extraña sensación de estar despertando poco a poco de un sueño.
Aguardaba con expectación el momento en que todo aquello terminara y se encontrase junto a Laura en la cama mientras el sol entraba por las cortinas y el siglo XXI transcurría con normalidad allá fuera.