Capítulo 6
Gosnold volvió al salón e hizo una pequeña reverencia.
—Su excelencia, el farol azul ha sido colocado en la ventana, tal y como usted pidió.
D’Agosta vio que Constance asía con fuerza la pequeña libreta de cuero y, ahora que por fin tenía la mente despejada, decidió hablar.
—¿A qué juegas, Diógenes?
—El policía impasible va directo al grano —repuso Diógenes, que dio una calada al cigarrillo y echó la cabeza hacia atrás para expulsar el humo—.
Detallaré mis actividades desde que llegué; te resultarán interesantes.
Estuve vigilando a Ferenc, ese científico a sueldo, mientras ponía en marcha su precario plan.
Dejó inconsciente a Proctor y utilizó la máquina.
Yo estaba allí. Lo vi todo y, por impulso, atravesé el portal después que él.
Fue una acción precipitada de la que aún me arrepiento.
Caí en Longacre Square, en concreto sobre un montón de estiércol de caballo, una bienvenida muy propia del siglo XIX .
Y fue entonces cuando cometí un error: no maté a Ferenc allí mismo.
En lugar de eso, lo seguí hasta una sucursal bancaria, donde intentó hacerse con unas monedas raras, pero lo estropeó todo; formó un alboroto y afirmó que venía del futuro.
Como es natural, lo llevaron a Bellevue, donde lamento decir que lo encontró Leng.
Dio otra calada al cigarrillo.
—Leng llevó a Ferenc a su guarida de Five Points.
Es fácil imaginar lo que sucedió allí. Basta decir que el buen doctor ahora conoce todos vuestros secretos: la máquina, la ubicación del portal, la verdadera razón de vuestra presencia aquí…
Todo. Su primera reacción fue ir corriendo a Longacre Square e intentar utilizar el portal, aunque sin éxito, me complace decir.
¿Te imaginas a Leng suelto en el siglo XXI ?
Esa fue la única buena acción de Ferenc: sobrecargar y, según parece, quemar el dispositivo para que Leng no pudiera utilizarlo. Por supuesto, nosotros tampoco podemos.
Soltó una carcajada seca que puso los pelos de punta a D’Agosta. Este miró a Constance y en su rostro vio una máscara congelada.
—Aún no has explicado por qué estás aquí —dijo D’Agosta—. ¿Por qué nos ayudas?
—¿Quieres la verdad? Muy bien. Puede que no utilizara el portal de forma tan impulsiva como he dado a entender.
Cuando, espiando a mi hermano, mi principal pasatiempo en los últimos años, vi lo maravillosa que era esa máquina, también entendí que era una curiosa oportunidad.
El mundo que dejé atrás —echó la ceniza por encima del hombro, como si el futuro se encontrara en esa dirección— está lleno de recuerdos grotescos.
Aquí hay un mundo nuevo, donde nadie me conoce y no tengo historia.
Ante esto, D’Agosta negó con la cabeza.
—No fue hasta más tarde cuando me di cuenta de que tengo otro propósito en este lugar.
Quiero eliminar a Leng. Asesinó a la hermana de alguien muy querido para mí —dijo, mirando a Constance— y secuestró a su doble.
Además, Leng es el más vil de los Pendergast, una mancha en el escudo familiar.
Por último, y me apena decirlo, tú, hermano, has fracasado.
Tu intromisión ha traído consigo el desastre y la tragedia.
Me parece justo que sea yo quien arregle las cosas.
—¿Y cuál es tu plan exactamente? —preguntó D’Agosta—. Tiene a Binky y cualquier movimiento pondrá su vida en peligro. Mira lo que le hizo a Mary.
Constance se levantó de repente con el cuaderno de cuero en la mano.
—Gosnold, tráigame a Joe, por favor.
El mayordomo se fue y volvió al cabo de un momento con Joe. El niño parecía asustado, pero se esforzó por guardar la compostura. D’Agosta se preguntaba qué habría visto y oído, pero era tan reservado que costaba saberlo.
Constance se arrodilló frente al niño y le cogió la mano.
—Joe —le dijo en voz baja—, no puedo explicarte todo lo que ha pasado porque yo misma no lo sé todavía, pero tienes suficiente información. Ha ocurrido algo inesperado, algo muy malo, y ahora tengo que arreglar las cosas. Puede que vuelva pronto o puede que esté fuera un tiempo.
Hizo una pausa. El rostro de Joe conservó su expresión estoica.
—Estos dos hombres son de confianza —añadió, señalando a D’Agosta y Pendergast—. Puedes confiar plenamente en ellos. También en Féline y en el señor Murphy. En ellos cuatro y en nadie más.
El chico se mantuvo impasible.
—Ese se llama Pendergast y el otro es D’Agosta.
El niño los miró a ambos en silencio.
—Hola, Joe —dijo D’Agosta sin saber muy bien qué más añadir—. Puedes llamarme Vinnie.
El chico se limitó a apretar la mandíbula.
Constance lo agarró suavemente del brazo con la mano que tenía vendada y, por un momento, su voz se volvió más firme.
—¿Lo entiendes, Joe? Haz todo lo que te pidan Pendergast y Vinnie. Ellos solo quieren lo mejor para ti.
Joe asintió con brusquedad.
—Ahora debo irme —dijo, y le dio un beso en la coronilla—. Sé que serás fuerte por tu hermana y por mí. El señor Pendergast fue mi tutor… en otro tiempo. En mi ausencia, él y Vinnie serán tus tutores.
Tras un momento de vacilación, el niño asintió de nuevo y Constance se levantó.
—Gosnold, por favor, tráigame la capa y pida a Murphy que venga con el carruaje.
D’Agosta la vio guardarse el pequeño cuaderno en el bolsillo.
El mayordomo hizo una reverencia y se retiró. Momentos después, regresó con una gruesa capa, que Constance se echó sobre los hombros. Al cabo de unos minutos, el carruaje llegó desde la parte trasera con Murphy empuñando las riendas. Gosnold abrió la puerta.
D’Agosta miró a Pendergast, pero este guardó silencio y mantuvo un semblante impasible. ¿Por qué no decía ni hacía nada?
—No vas a ir a por Leng, ¿verdad? —preguntó al fin D’Agosta.
Constance se volvió hacia él con unos ojos ardientes.
—Por supuesto.
—Pero sus instrucciones sobre el farol… Esto es una locura.
—Puede.
Constance salió, volteando la capa, y bajó los escalones en dirección al carruaje. Mientras Gosnold cerraba la puerta, D’Agosta oyó que ella le decía a Murphy:
—A Post Road…
La puerta se cerró.
—¿Qué demonios…? —D’Agosta se volvió hacia Pendergast—. ¡No podemos dejar que se vaya así!
Por fin, Pendergast habló:
—Me temo que no tenemos otra opción. Le llevará el arcano.
D’Agosta miró alternativamente a Pendergast y Diógenes.
—¿Y os parece bien?
—No —dijo Pendergast.
—¡Pero la habéis dejado marchar!
—¿Acaso crees que se la puede detener? —preguntó Pendergast, arqueando una ceja.
Diógenes se echó a reír.
— Frater , tú y yo sabemos cómo es esa mujer.
—Pero… —D’Agosta tragó saliva—. Después de tus planes minuciosos, después de todo lo que hemos…, ¿en qué está pensando?
—Vincent —dijo Pendergast con desgana—, Constance no está pensando.
Pero debemos dejar que este acto siga su curso, por precipitado e impulsivo que sea.
Se lo debemos. Es inevitable que fracase.
Y, cuando vuelva, si es que lo hace, se hallará en un estado que ninguno de nosotros puede imaginar.
Lo que suceda a partir de entonces será una incógnita para todos.
—Respiró hondo—. Debemos prepararnos para la tormenta.