El ángel de la venganza (Inspector Pendergast 22) Capítulo 5
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Capítulo 5

En la actualidad

Proctor recuperó la conciencia poco a poco. Al principio tuvo la sensación de estar tumbado sobre un duro suelo de hormigón y luego notó el dolor.

No se movió. El instinto y el entrenamiento le habían enseñado que, ante un peligro inesperado de ese tipo, no debía revelar que estaba consciente hasta haber sopesado lo mejor posible la situación.

Utilizó el dolor como herramienta para evaluar su estado. Se pasó la lengua con cuidado por el interior de la boca y notó el sabor a sangre y tierra. Tenía un diente astillado y le dolía la nariz, como si estuviera rota.

Evitando movimientos perceptibles, tensó las extremidades una por una, desde los codos hasta los dedos de las manos y desde las caderas hasta los dedos de los pies. Al parecer, todo estaba bien, excepto por la fractura en la nariz y, tal vez, el arco cigomático de una mejilla.

Luego hizo una respiración lenta. No tenía neumotórax.

Aún más despacio, abrió un ojo y luego el otro. A pesar de tenerlos llenos de sangre, estaban bien y la visión no se había visto afectada. Lo mismo ocurría con su audición.

Permaneció inmóvil otros diez minutos mientras recobraba por completo los sentidos y sus últimos recuerdos conscientes. El cabrón de Ferenc había rociado la consola de Proctor con algún tipo de anestésico o agente nervioso mientras la máquina funcionaba a plena potencia con el portal abierto.

Estaba seguro de que Ferenc no andaba cerca y de que había utilizado la máquina. En la sala reinaba el silencio —demasiado silencio, de hecho— y se percibía un olor fétido a cables y componentes electrónicos chamuscados.

Una vez que estuvo preparado, Proctor echó a rodar con los puños cerrados, las rodillas dobladas y la cabeza un poco levantada para minimizar el dolor en la mejilla y la nariz.

Sin embargo, el dolor que le provocó ese movimiento repentino fue extremo.

Ignorándolo, echó un vistazo a su alrededor. No había rastro de Ferenc.

Ahora Proctor sabía que había utilizado la máquina. Se puso en pie con cautela, comprobó su arma, arrastró su silla de trabajo hasta el centro de la sala y se sentó.

Se quedó mirando la máquina, que era una ruina humeante.

No importaba que hubiese transportado con éxito todas las piezas de ese artefacto, en su configuración original, desde Savannah hasta el sótano de la mansión de Riverside Drive.

No importaba que hubiese reclutado a Ferenc, un científico capaz de repararla, y que no solo lo hubiera convencido para que hiciese el trabajo, sino que lo hubiera vigilado hasta que Pendergast y su amigo D’Agosta pudieran atravesar el portal.

No importaba porque le había fallado a su jefe.

Había permitido que ese gusano de Ferenc lo dejara sin sentido el tiempo suficiente para utilizar la máquina.

Y, debido a su fracaso, Pendergast y los demás habían quedado atrapados en un universo paralelo en el año 1880.

Miró el reloj y comprobó que había pasado varias horas inconsciente.

¿Por qué no había regresado Ferenc? La máquina seguía funcionando a pleno rendimiento.

A lo mejor aquella rata se había retrasado al otro lado del portal.

A lo mejor había muerto. En cualquier caso, ahora no podía volver: la máquina se había sobrecalentado, había llegado al límite y había implosionado.

Los conocimientos de Proctor sobre el dispositivo se limitaban a los controles del panel frontal.

Ferenc era el único que sabía manejar las entrañas de la máquina, el único con pericia suficiente como para repararla.

Aunque esa reparación no parecía posible.

Proctor se quedó sentado un minuto más y observó los restos. Luego se levantó y, sin mirar atrás, abrió la puerta y desapareció en los oscuros confines del sótano de la mansión.