El ángel de la venganza (Inspector Pendergast 22) Capítulo 4
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Capítulo 4

Jueves

D’Agosta descansaba en un sillón orejero, observando cómo el sol naciente se esforzaba en vano por penetrar en los postigos que envolvían el salón en la penumbra.

En las horas transcurridas desde el ataque, la casa se había sumido en un estado de conmoción.

Féline, la mujer acuchillada por Munck en el piso de arriba, había sido suturada y vendada por Pendergast, quien le había administrado una inyección de antibióticos que el agente había traído del siglo XXI .

Murphy, el cochero, había llevado al fallecido —el tutor de los niños— al sótano y había enterrado el cuerpo bajo un suelo de ladrillos recién colocado.

Joe, el hermano de Constance, estaba arriba, atendido por una criada.

El resto de la servidumbre se había retirado a sus habitaciones, salvo Gosnold, el mayordomo, que insistió en permanecer en su puesto en el salón.

La urna y las cenizas derramadas habían sido barridas y retiradas.

La tarjeta que las acompañaba, en cambio, seguía en la mesa auxiliar donde Pendergast la había dejado después de leerla.

Durante toda la noche, D’Agosta no se había atrevido ni a mirarla.

Pero, a medida que el cielo seguía clareando, volvió dolorosamente la cabeza hacia la mesa, alargó la mano y la cogió.

Mi querida Constance:

Le presento, con mis condolencias, las cenizas de su hermana mayor. Vienen con mi agradecimiento. La cirugía fue todo un éxito.

Su plan era desesperado desde el principio. Presentí que me traicionaría; fue solo la mecánica de su traición lo que me desconcertó. Y entonces, mirabile dictu , el instrumento que podía poner al descubierto el plan fue entregado en Bellevue… y desde allí cayó en mis manos.

Usted tiene el arcano; yo la tengo a usted.

O, mejor dicho, a su yo más joven. Deme la fórmula, verdadera y completa, y la chica le será devuelta intacta.

Entonces, nuestro negocio habrá concluido…

salvo por una cosa. Este no es su mundo, sino el mío.

Usted y quienes la han seguido volverán al suyo inmediatamente.

Abandonen este o sufrirán las consecuencias.

Me indicará su conformidad colocando una vela en un farol azul y colgándola en la ventana del dormitorio sudeste del tercer piso. Después me pondré en contacto con usted para darle más instrucciones.

Si no recibo esa señal en cuarenta y ocho horas, la joven Constance correrá la misma suerte que su hermana mayor.

Hasta nuestra próxima correspondencia, quedo a su disposición.

Su devoto, etc.

D R . E NOCH L ENG

D’Agosta maldijo en voz baja y dejó la nota.

Después de que Munck escapara en el carruaje con Binky, Constance estaba furiosa y, a juicio de D’Agosta, al borde mismo de la locura.

Su histeria salvaje era lo más inquietante que había presenciado jamás.

Pendergast no había dicho nada, manteniendo un rostro tan inexpresivo y pálido como el mármol.

Había escuchado sus imprecaciones y recriminaciones sin responder.

Luego se había levantado para ocuparse de Féline, había supervisado en silencio la limpieza de la escena del crimen y había observado cómo se deshacían del cuerpo.

De manera tácita, todos parecían coincidir en que no debían involucrar a las autoridades, lo que, como D’Agosta sabía, conduciría al desastre.

Y ahora los tres permanecían silenciosos en el salón, sumidos en una mezcla de dolor, culpa y conmoción, mientras un nuevo e incierto día cobraba vida al otro lado de las ventanas enrejadas.

Tras su diatriba, Constance se había quedado callada de repente y así permaneció. Luego fue al piso de arriba y, al cabo de diez minutos, reapareció con un pequeño y desgastado cuaderno de cuero en las manos. Se volvió hacia el mayordomo, que seguía esperando en la entrada del salón.

—Encienda una vela en un farol azul y colóquelo en la ventana del último dormitorio a la derecha, tercer piso.

—Sí, su excelencia.

Gosnold dio media vuelta y desapareció.

—Un momento —dijo Pendergast, que se volvió hacia Constance—. ¿Esa es la fórmula para alargar la vida, el arcano?

—¿Creías que eras el único que tenía una copia? Olvidas que yo estaba allí cuando Leng lo desarrolló.

—¿Así que piensas obedecer sus instrucciones y entregarle el arcano, que le permitirá llevar a cabo su plan?

—No importará que tenga el arcano —dijo ella—, porque no vivirá lo suficiente para utilizarlo. Yo me encargaré de ello.

Pendergast cambió de postura.

—¿No crees que Leng ya se ha anticipado a tus intenciones?

Constance se lo quedó mirando.

—Eso no importa.

—Sí que importa. Leng lo sabe todo y se anticipa a todo. Lo admitas o no, es más listo que cualquiera de nosotros. Y no solo eso: sabe que estoy aquí. Sabe por qué estamos aquí. Estará preparado para cualquier cosa que hagas…, para cualquier cosa que hagamos.

—No estará preparado para mí —dijo una voz suave desde la oscuridad.

Una cerilla se encendió en la puerta trasera del salón.

Y entonces apareció una figura, encendiendo un cigarrillo Lorillard de color salmón con una boquilla de ébano. La llamarada iluminó el rostro pálido, la nariz aguileña, la frente alta y lisa, la barba entrecana y los ojos —uno avellana, el otro azul lechoso— de Diógenes Pendergast.

D’Agosta quedó paralizado por la sorpresa. Nadie habló. Diógenes Pendergast no podía estar allí, pensó; no en aquel universo paralelo, no en 1880. Pero allí estaba.

Como nadie decía nada, Diógenes se quitó el abrigo y lo dejó en el respaldo de un sillón. Luego se sentó y colocó con cuidado el sombrero sobre una mesa cercana.

—Lo siento, frater . Ha sido una grosería entrometerme de esta manera.

Habría llamado a la puerta, pero, como no quería molestar, me pareció mejor entrar directamente.

Esta situación es desalentadora —añadió con una voz que parecía mantequilla derretida sobre miel—.

Y tienes razón cuando dices que nuestro querido ancestro estará preparado para cualquier cosa que hagáis.

Pero eso es precisamente lo que hace que mi presencia sea tan afortunada.

—¿Cómo has llegado aquí? —preguntó Pendergast con voz tensa.

Diógenes dio una fuerte calada que avivó la punta del cigarrillo y el aroma a clavo empezó a inundar el salón.

—La puerta del jardín estaba abierta, por así decirlo. En Riverside Drive, donde ese científico grosero utilizó vuestra máquina para intentar enriquecerse. Una máquina que, por cierto, ya no funciona.

¿Que ya no funcionaba? Esa observación, a pesar de la indiferencia con la que fue pronunciada, llenó de ansiedad a D’Agosta.

Diógenes se tomó un momento para dar otra calada al cigarrillo y soltar una bocanada de humo.

—Este mundo sin electricidad es bastante bárbaro —dijo con el mismo acento lánguido que había fingido desde su aparición—, pero al menos aún no han descubierto el cáncer de pulmón.

—¿Por qué íbamos a asociarnos otra vez contigo? —dijo Constance con una voz fría como el nitrógeno.

—Mi querida Constance, permíteme hacerte una pregunta —respondió Diógenes—. ¿Qué es lo que se me da mejor?

Constance no dudó.

—Matar.

Diógenes dio una palmada con las manos enguantadas.

—¡Exacto! Matar esperanzas, sueños, amor…

, pero sobre todo seres humanos. —Como para subrayar su afirmación, apagó en un cenicero el cigarrillo a medio terminar; luego sacó otro y lo ensartó en la boquilla—.

Y ahora —dijo, volviéndose hacia Pendergast—, tengo una pregunta para ti: ¿recuerdas lo último que dije la noche que desaparecí en los pantanos de los cayos de Florida?

Pendergast vaciló un instante y luego dijo:

—«Me he convertido en la muerte».

—Excelente. Mis mismas palabras. Me alegro mucho de estar por fin en posición de hacer un favor a mis seres queridos. Un favor singular. —Encendió otra cerilla—. Soy —dijo, acercándola al cigarrillo— vuestro ángel de la venganza.

Luego sacudió la cerilla y soltó una carcajada, un sonido grave y siniestro que, aunque breve, pareció prolongarse una eternidad antes de desvanecerse y dejar la habitación sumida de nuevo en la penumbra y el silencio.