El ángel de la venganza (Inspector Pendergast 22) Capítulo 3
4%

Capítulo 3

Unos dos kilómetros al nordeste, Vincent D’Agosta, el teniente de la policía de Nueva York, se balanceaba precariamente sobre un dintel de piedra bajo la ventana del primer piso de una mansión situada en la esquina de la Quinta Avenida y la calle Cuarenta y ocho.

Estaba escalando la rugosa fachada con intención de entrar a hurtadillas, pero decidió reconsiderar su plan.

Los bloques de piedra irregulares, que dibujaban formas oblongas en la negrura, estaban fríos como el hielo.

Y estaba oscuro, más oscuro de lo que jamás hubiera imaginado que podía estar la Quinta Avenida.

Eso era bueno y malo a la vez: bueno, porque ningún peatón o carruaje que pasara podría ver su patético intento de escalada, y malo, porque él mismo apenas veía lo que estaba haciendo.

Miró hacia la ventana del segundo piso, que estaba abierta y con las cortinas ondeantes.

El sádico Munck, el asistente de Leng que recordaba a Igor, había emprendido la misma escalada y, tras abrir la ventana, acababa de entrar en la casa, justo lo que Pendergast le había dicho a D’Agosta que evitara.

Inició el ascenso al siguiente piso, utilizando el dintel para apoyar las manos y los pies, y llegó a una sección en la que solo ofrecían agarre las piedras salientes y el mortero descuidado.

Trataba de ignorar los latidos de su corazón.

Se impulsó de nuevo y luego se detuvo para recuperar el aliento, cuidándose de no mirar hacia abajo.

Le temblaban los músculos a causa de tan inusual esfuerzo.

«No debe presentarse ante Constance bajo ninguna circunstancia —le había dicho Pendergast—.

Si aparece Munck, deténgalo. Puede que tenga que matarlo».

Pero no lo había detenido. Con la agilidad de un gato, Munck se había deslizado por la pared y había entrado en la casa antes de que D’Agosta pudiera reaccionar en su escondite, al otro lado de la calle.

Sin embargo, el teniente no podía alertar a Constance Greene, que estaba dentro. Eso lo estropearía todo.

Entonces ¿qué estaba haciendo ahora? Intentar romperse el cuello.

Solo lo separaban tres metros de la ventana del segundo piso, pero los bloques de piedra ofrecían pocas oportunidades para agarrarse y trepar. Aun así, tenía que seguir adelante o se quedaría sin fuerzas y caería.

Se desplazó hasta el borde de su precaria ubicación sobre la ventana del primer piso.

Cerca había una anilla, clavada en la piedra por los albañiles.

Sin darse tiempo para pensar, reunió fuerzas para saltar y logró agarrarla.

Luego se impulsó hacia arriba, puso el pie en la anilla, buscó a tientas el alféizar inclinado de la ventana y consiguió agarrarse al marco de madera.

De repente, el mortero se desmoronó bajo sus pies y, presa del pánico, se impulsó con fuerza bruta, tras lo cual cruzó el umbral y cayó de cabeza en la habitación oscura.

Se quedó jadeando en el suelo, con el corazón latiéndole con fuerza y las palmas, los dedos y las rodillas arañados y doloridos.

Todo había empezado por una discusión con su esposa, Laura.

Ella se había marchado y, en un arrebato de ira, él había ido a ver a Pendergast y, aunque no era buena idea, había aceptado ayudarlo.

Y, al final, esa pequeña discusión lo había llevado de su cómoda vida en el siglo XXI al siglo XIX , donde ahora yacía sin resuello mientras buscaba a un puto asesino que, por lógica, debería llevar más de cien años muerto.

Mierda, más le valía ponerse en marcha. Se levantó con esfuerzo en la habitación oscura y vacía, sacó el Colt 45 del bolsillo, se acercó de puntillas a la puerta y la abrió sin hacer ruido.

Al otro lado había un elegante pasillo, un hombre desplomado en el suelo y una alfombra empapada de sangre. Munck ya había asesinado a alguien.

Más cerca de D’Agosta, se abrió una puerta y salió una figura encapuchada. Era Munck y llevaba a una niña pequeña agarrada del cuello. Iba amordazada y tenía los ojos muy abiertos. Al darse la vuelta, Munck vio a D’Agosta y le puso rápidamente un cuchillo en la garganta a su cautiva.

—Suelta el arma ahora mismo —ordenó con un susurro.

D’Agosta se quedó quieto.

—Ahora —añadió Munck, que hundió la punta del cuchillo en la carne de la niña.

El teniente extendió el brazo y dejó que el arma oscilara por el guardamonte.

—Tírala a la alfombra —le dijo el hombre.

D’Agosta se arrodilló para hacer lo que le indicaba.

—Me voy de aquí —dijo Munck—. Si das la voz de alarma antes de que salgamos por la puerta, la degüello.

El hombre apartó el cuchillo y empezó a retroceder hacia la escalera. En ese momento, D’Agosta se dio cuenta de que, fueran cuales fueran las órdenes que había recibido, no tenía más remedio que actuar.

Se abalanzó sobre aquel cabrón, que lo atacó con el cuchillo.

Al rechazar el golpe, D’Agosta sufrió un corte en el antebrazo.

Todavía sujetando a la niña, Munck empezó a tambalearse, pero pudo recuperar el equilibrio y blandió el cuchillo con la intención de clavárselo a D’Agosta en la espalda.

Pero la niña le estorbaba, y eso permitió a D’Agosta lanzar un puñetazo hacia arriba que impactó en el antebrazo de su adversario y lo estampó contra la pared, lo cual hizo volar el cuchillo.

De nuevo, Munck retrocedió hacia la escalera, arrastrando a la niña con él. En ese momento se movieron las cortinas decorativas de una pared y por una puerta apareció una mujer que avanzó hacia Munck con un espetón.

— Meurs, salaud! —gritó.

Pegando a la niña contra su cuerpo, Munck levantó la mano izquierda en un extraño saludo marcial y giró la muñeca.

Entonces se oyó un tintineo de acero y, de repente, aparecieron tres cuchillas largas y delgadas de la manga.

Era una gigantesca garra con resorte. La mujer atacó con el espetón, pero Munck se agachó y la hirió brutalmente en el torso con un movimiento lateral.

Mientras ella caía hacia atrás, Munck se abalanzó con rapidez animal sobre D’Agosta, quien se apartó, pero, aunque la garra ensangrentada no lo alcanzó, su revestimiento metálico le impactó violentamente en la sien.

Su visión quedó reducida a un remolino de estrellas y tuvo que apoyarse en la pared para no caerse.

El hombre bajó corriendo las escaleras, arrastrando a la niña con él.

Cuando se hubo recuperado, D’Agosta cogió su pistola del suelo y fue hacia las escaleras.

En ese momento pudo oír cómo la casa cobraba vida de inmediato.

Al llegar al piso inferior, vio a Munck, que seguía arrastrando a la niña, cruzar el vestíbulo y atravesar la primera de las dos puertas que daban a la calle.

D’Agosta levantó el arma, pero dudó, incapaz de apuntar al hombre sin correr el riesgo de alcanzar a su rehén.

De repente, de un salón en penumbra salió Constance empuñando un estilete, terrible en el silencio de su ataque.

Munck llegó a la puerta exterior, agarró el picaporte y la abrió de un tirón, pero Constance la cerró con su cuerpo.

D’Agosta vio un destello de acero y Munck retrocedió gritando con un gran corte en la cara.

Tras recuperarse, se abalanzó sobre Constance y atacó con su espantoso artilugio el brazo con el que esta sostenía el cuchillo.

Después abrió la puerta otra vez y salió con la niña a la fría noche de diciembre.

Constance, con la manga desgarrada y empapada de sangre, cogió el cuchillo del suelo y emprendió la persecución.

D’Agosta intentó seguirla, pero, al llegar al umbral, un mareo lo obligó a detenerse, a pesar de que vio a Munck subiendo al compartimento de un elegante carruaje que acababa de detenerse frente a la mansión.

Una mano enguantada ayudó a Munck a subir con la niña pegada a su cuerpo y entonces el caballo salió galopando a gran velocidad por la Quinta Avenida y desapareció en la oscuridad.

Vio a Constance bajar los escalones a toda prisa y correr hasta la esquina, donde se arrodilló en la nieve sucia, soltó un grito incoherente de rabia y dolor y extendió sus manos ensangrentadas hacia la noche, con el estilete brillando a la luz del gas.

La escena empezó a volverse difusa y D’Agosta se desplomó en la entrada. Entonces lo envolvió la negrura y perdió la lucha por mantener la consciencia.

D’Agosta no estaba seguro de cuánto tiempo había pasado, pero no podía ser mucho. Estaba tendido en el suelo del salón mirando a Constance, que se encontraba de pie junto a él, con unos ojos violetas desorbitados.

El cochero llegó dando fuertes pisadas y observó rápidamente la escena.

—¡Su excelencia, está herida! —gritó con un tosco acento irlandés.

—Murphy, atienda a Féline —dijo Constance—. Y busque a Joe y póngalo a salvo. Puede que haya otros en la casa.

Empezaron a llegar otros miembros del servicio, alertados por el alboroto, pero Constance seguía mirando a D’Agosta con unos ojos ardientes que le hicieron olvidar las palpitaciones que notaba en la cabeza, la grave situación…

y todo lo demás. D’Agosta quería decir algo, quería explicarse, pero no podía pensar con claridad.

En lugar de eso, se incorporó a pesar del mareo.

Una doncella estaba vendándole al brazo a Constance con un paño de lino, pero ella había recuperado el estilete y estaba apuntando con él a D’Agosta.

—Antes de que lo mate —dijo con voz temblorosa—, quiero una explicación.

D’Agosta seguía sin encontrar las palabras. Mientras Constance se acercaba, pensó, con extraño desapego, si estaría a punto de cortarle el cuello. Desde muy lejos oyó el galope de un caballo y luego, mucho más fuerte, un golpe seco en la puerta.

—¡Abran! —gritó alguien desde el otro lado.

Constance se sobresaltó al oír la voz, cruzó el vestíbulo y abrió la puerta. Pendergast estaba allí, agitado por el cansancio.

—¡Tú! —Eso fue todo cuanto dijo.

Pendergast pasó junto a ella y, al ver a D’Agosta, se acercó rápidamente y se arrodilló a su lado.

—¿Tienen a Binky? —preguntó.

D’Agosta asintió.

Mientras Pendergast examinaba la herida de D’Agosta, le habló a Constance con frialdad.

—Tú y yo nunca debimos encontrarnos en este mundo —dijo—, pero, ya que lo hemos hecho, es mejor que lo sepas todo, y rápido. Leng conoce la existencia de la máquina. Sabe quién eres y sabe que has venido del futuro para matarlo. Lo sabe todo.

Constance se lo quedó mirando.

—Imposible.

—Absolutamente posible. Debemos prepararnos. No hay tiempo que perder.

—Ha secuestrado a Binky…

—Ha ido un paso por delante de nosotros en todo momento. Y esto es solo el principio. Ahora mismo no puedes permitirte el lujo de enfadarte. Tu hermana corre un grave peligro. Debemos…

Lo interrumpió un golpe en la puerta, cortés y vacilante. Todos se volvieron hacia el sonido.

—Parece que es una entrega, su excelencia —dijo el mayordomo, que había recuperado la compostura y estaba mirando por la mirilla.

—¡Dígales que se vayan! —gritó Constance.

—No —dijo Pendergast, que desenfundó su arma y, tras situarse junto a la puerta, hizo un gesto con la cabeza al mayordomo—. Abra.

En la puerta había un mensajero con una librea y una caja de regalo hermosamente envuelta, atada y adornada con lirios blancos.

—Entrega para su alteza, la duquesa de Ironclaw —dijo.

Constance se lo quedó mirando.

—¿Qué demonios es esto?

—Hay una nota, señora —dijo el mensajero, con los ojos desorbitados al ver la escena.

Constance le arrebató el paquete. Sosteniéndolo bajo el brazo, arrancó el sobre, lo abrió y sacó una tarjeta con borde negro.

Mientras la leía, se quedó totalmente pálida.

Luego dejó caer la tarjeta y arrancó el envoltorio dorado del paquete, esparciendo así las flores por el suelo y dejando al descubierto una pequeña caja de caoba.

Quitó la tapa y, dentro, D’Agosta vio un destello plateado.

Constance metió la mano y extrajo una urna de plata.

Sosteniéndola con las dos manos, se la puso delante de la cara para ver el grabado.

Por un momento, todo quedó en silencio, y entonces la urna se escurrió de los dedos y golpeó el suelo con estrépito.

La tapa salió volando y la urna echó a rodar, dejando un reguero de cenizas grises tras ella.

Finalmente, topó con la pierna de D’Agosta.

El grabado estaba en la parte superior. Con la vista aún turbia, entrecerró los ojos para leerlo.

Las palabras talladas en la plata eran profundas y nítidas:

M ARY G REENE

F ALLECIDA EL 26 DE DICIEMbrE DE 1880

A LA EDAD DE 19 AÑOS

P OLVO ERES

Y EN POLVO TE CONVERTIRÁS