Capítulo 2
Después de un trayecto de quince minutos por calles bulliciosas y repletas de carruajes, el furgón policial se detuvo en una entrada trasera de Bellevue, un edificio cuyos gruesos muros de piedra se asemejaban más a la Bastilla que a un hospital.
El carruaje que llevaba a Diógenes estacionó al otro lado de la calle mientras Ferenc era conducido al hospital y la puerta metálica se cerraba de golpe tras él.
—Veinte centavos, por favor—dijo el cochero.
Luego entregó al hombre un dólar de plata Morgan, que una hora antes estaba en el bolsillo de un corpulento caballero que paseaba por Broadway.
—De acuerdo, señor —respondió el cochero, más que satisfecho de pasar el rato con un pasajero dispuesto a pagar por ese privilegio.
Diógenes se quedó mirando la pesada puerta metálica tras la cual había desaparecido Ferenc. Era una verdadera lástima; debería haberlo matado cuando tuvo la oportunidad. Satisfacer su perversa curiosidad ya le había causado problemas antes.
Sopesó la situación. Dado que Ferenc había sido trasladado a Bellevue en lugar de a la comisaría más cercana, Diógenes sabía que lo llevarían al pabellón psiquiátrico.
Teniendo eso en cuenta, ¿qué debía hacer?
Aún podía intentar asesinarlo, aunque tendría que conseguir un disfraz, hacerse pasar por celador o limpiador y acceder al pabellón correspondiente.
Nada de eso era un verdadero problema; lo más apremiante era el tiempo.
El tiempo… El tiempo, desde luego. Se miró los zapatos y los pantalones, las únicas prendas que le quedaban de su época y que habían pasado desapercibidas gracias al barro y la capa Inverness.
Entonces vio, debajo del barro, las señales de unas quemaduras inusuales en los bajos de los pantalones y en las botas de trabajo.
Sabía que Ferenc había activado en su máquina infernal una especie de temporizador que mantendría el portal abierto el tiempo suficiente para hacerse con las monedas y regresar.
Pero aquellas quemaduras extrañas, junto con los chillidos y el humo de la máquina que Diógenes había visto mientras seguía a Ferenc hacia el interior del portal…
Sus cavilaciones se vieron interrumpidas cuando un gran carruaje negro se paró en otra entrada, en este caso reservada para el personal sanitario.
Cuando se abrió la puerta, bajó un hombre con un atuendo elegante.
Puede que «elegante» fuese un eufemismo: el desconocido llevaba una larga levita negra de doble botonadura con el cuello blanco almidonado, un pañuelo de seda con un alfiler de diamantes y un chaleco sobre el que una cadena de oro describía un arco brillante.
En el ojal de la solapa izquierda, junto a un pequeño rizo de helecho, resaltaba una flor de Dendrobium púrpura.
Lo que más llamó la atención a Diógenes fue su rostro pálido y aguileño, con penetrantes ojos de color zafiro y unas gafas pequeñas en forma de rombo, así como el cabello rubio y los rasgos cincelados que distinguían a los miembros de su propia familia.
Tenía una mirada distraída, preocupada o tal vez fría.
Diógenes supo de inmediato que tenía que ser el profesor Enoch Leng, célebre por su novedoso tratamiento contra la alienación mental mediante operaciones directas en el cerebro.
También era conocido por otro nombre aún más distinguido, Antoine Leng Pendergast, descendiente de una antigua familia de Nueva Orleans y tío bisabuelo de Diógenes.
En ese momento vio que el cirujano consultor desaparecía entre los muros del Bellevue.
Lo que antes le parecía un mal resultado ahora podía convertirse en el peor posible. Diógenes estaba seguro de que, en breve, Leng conocería a Gaspard Ferenc, el «loco» que afirmaba haber llegado del futuro y se desgañitaba pidiendo auxilio a un hombre llamado Pendergast.
Entrar en el hospital ya no tenía sentido. Todo dependía de lo que hiciera Leng a continuación. Aunque el cochero le aseguró que no era necesario, Diógenes le dio otra moneda de plata y esperó.
En menos de una hora, Ferenc salió por la puerta de empleados.
Apenas podía caminar y tuvo que ayudarlo un joven vestido de médico, tras el cual apareció Leng.
En cuestión de segundos, el carruaje empezó a alejarse al trote y Diógenes dio instrucciones al conductor para que lo siguiera a cierta distancia.
El lustroso carruaje de Leng se abrió paso hacia el sur y se adentró en los barrios más pobres de la ciudad hasta llegar a Five Points, la zona marginal más famosa de Nueva York.
Era un laberinto de callejuelas estrechas y sucias que albergaba a los residentes más desesperados y abandonados de la ciudad.
El hecho de que un carruaje como el de Leng pudiera atravesar aquel antro de vicio y miseria sin ser molestado era revelador.
El cochero de Diógenes se ganó sus dos dólares sacando una llamativa pistola para asegurarse de que su vehículo, menos elegante, no sufriese ningún percance.
El carruaje de Leng se detuvo cerca de un edificio neogótico en la calle Catherine.
Ante él se había congregado una desagradable multitud, atraída por el cartel con letras doradas que había sobre la entrada: GABINETE DE PRODUCCIONES Y CURIOSIDADES NATURALES DE J.
C. SHOTTUM. El carruaje permaneció inmóvil un momento.
Los caballos daban pisotones mientras Leng salía rodeando al indefenso Ferenc con un brazo protector.
Pero, en lugar de entrar en el gabinete por la puerta principal, desapareció al instante por un acceso lateral.
Diógenes pidió al cochero que llevara el carruaje a un lugar más seguro al final de la manzana y esperara de nuevo.
Sabía muchas cosas sobre su antepasado Enoch Leng.
Sabía que debajo del Gabinete Shottum —y, de hecho, bajo gran parte de Five Points— se extendía un entramado laberíntico de túneles y pasadizos, vestigios de una planta de abastecimiento de agua abandonada que Leng había reutilizado en secreto para sus aterradores experimentos.
Seguir a Leng hasta un lugar como aquel habría sido mucho más peligroso que colarse en el hospital, pero su carruaje aún estaba aparcado en la entrada. Lo que fuera a suceder sucedería pronto.
Transcurrida otra hora, Diógenes obtuvo la recompensa por su paciencia.
Un hombre feo y deforme franqueó la puerta lateral y acompañó a una figura que iba delante de él por la acera embarrada hasta el carruaje de Leng.
La figura iba envuelta en una manta de lana, pero, antes de que la obligaran a entrar, Diógenes distinguió brevemente unos pies pálidos, descalzos y de aspecto femenino.
Tras una orden del hombre, el carruaje se puso en marcha una vez más y, momentos después, pasó junto al de Diógenes.
Mientras este decidía si seguirlo o no, reapareció Leng, que avanzaba con rapidez por la calle.
Al principio, Diógenes pensó que estaba persiguiendo al carruaje, como si se hubiera marchado accidentalmente sin él, y le pidió a su cochero que se pusiera en marcha.
Pero no; Leng tan solo se dirigía a la calle Ferry, una vía cercana y menos peligrosa en la que había taxis esperando en una parada.
Leng se montó en uno y fue hacia el norte por los muelles.
Diógenes juzgó innecesario dar más órdenes al cochero, que ya estaba sacudiendo las riendas para que el caballo iniciara la marcha.
El taxi de Leng se dirigía a la parte alta de la ciudad a buen ritmo.
Las avenidas se ensanchaban y enderezaban para formar una cuadrícula a medida que se internaban en la parte más moderna de Nueva York.
Unos minutos más tarde, el taxi redujo la velocidad y Diógenes vio cuál era su destino, sorprendido de que Leng hubiera conseguido arrancar información a Ferenc en tan poco tiempo.
—Aminore —dijo Diógenes en voz baja—. Y sea tan amable de detenerse a la izquierda y esperar.
—Como usted diga, señor —respondió el cochero.
Vio a Leng apearse del carruaje y recorrer la acera. Luego se detuvo a observar algunos callejones que se ramificaban desde Broadway a la altura de Longacre Square. Sin duda, Leng estaba buscando uno en particular, el que contenía el portal, y a Diógenes se le heló la sangre.
Leng cruzó la Séptima Avenida, atravesando charcos de agua que salpicaron de barro y excrementos su costoso atuendo, y enfiló un pasaje al otro lado, el sucio callejón sin salida que llevaba por nombre Smee’s Alley.
—Espere aquí —dijo Diógenes, que salió y fue rápidamente hacia el mismo callejón.
Al llegar a la entrada, ralentizó el paso y, fingiendo buscar el reloj de bolsillo para mirar la hora, se asomó.
Pudo ver a Leng mirando a su alrededor y balanceando un bastón con mango dorado como si buscara algo invisible.
Gracias a Dios, el portal no había vuelto a aparecer.
Al cabo de unos minutos, ya disipado el temor inmediato, Diógenes pasó por delante del callejón sin salida y entró en una taberna cercana, donde pudo sentarse y observar las actividades de Leng a través de una ventana salpicada de moscas.
El hombre caminó en una dirección y luego en otra.
Se detuvo una docena de veces para mirar a su alrededor, a veces estirando el cuello para examinar una de las fachadas cubiertas de carteles y otras veces presionando la palma de las manos contra las paredes de ladrillo o agachándose para examinar los adoquines con unos golpes de bastón.
En otros momentos, ondeaba el bastón en el aire.
La tarde estaba avanzando y la oscuridad invernal empezó a cernirse sobre la ciudad.
Al fin, Leng salió del callejón con evidente disgusto y, moviendo el dedo índice de un modo que a Diógenes le recordó al san Juan Bautista de Tiziano, llamó a otro taxi y se perdió enseguida en la penumbra.
Diógenes podría haberlo seguido, pero decidió no hacerlo.
El desastre que se temía era un hecho. Era evidente que Ferenc estaba muerto o lo estaría pronto, pero Leng ya le había sacado toda la información que necesitaba.
Eso significaba que Leng sabía lo de Pendergast, Constance y la máquina del tiempo.
Sabía dónde había aparecido el portal y lo había estado buscando.
Si hubiera logrado atravesarlo y llegar al siglo XXI , habría sido desastroso, ya que el destino de su mundo, su propio mundo, pendía de un hilo.
Diógenes agradeció a la providencia que el portal hubiera desaparecido.
Tenía la firme sospecha de que Ferenc había sobrecargado la máquina y la había dejado encendida demasiado tiempo mientras él permanecía en aquel universo alternativo.
Incluso en el momento en que estaba persiguiendo a Ferenc a través del portal, la máquina se estaba sobrecalentando.
Probablemente se había quemado y el portal había desaparecido, tal vez para siempre.
Diógenes estaba tan preocupado por el peligro inmediato que no se había parado a pensar en que ahora podría quedar atrapado para siempre allí con los demás.
Salió de la taberna y volvió a subir al carruaje.
—¿Adónde vamos ahora, jefe?
Diógenes guardó silencio unos instantes para ponderar la nueva situación.
Con portal o sin él, quedaban muchas cosas pendientes.
Lo primero era lo primero: tenía que montar un tablero de ajedrez en su mente, reflexionar sobre la colocación de las piezas y decidir cuáles serían sus próximos movimientos.
Y para ello necesitaba una base de operaciones.
Leng no solo estaba al tanto de la presencia de Constance Greene, sino también de la de su hermano Aloysius, y eso lo hacía infinitamente más peligroso.
Pero había otra cosa que Leng ignoraba por completo.
Diógenes carraspeó.
—Mi buen hombre —dijo—, ¿sabe usted de alguna habitación en alquiler? Preferiblemente tranquila y apartada, tal vez en un barrio donde la gente no se meta donde no la llaman.
—Sí, señor —respondió el cochero, que volvió a sacudir las riendas.