El ángel de la venganza (Inspector Pendergast 22)
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Capítulo 1
PRÓLOGO
Miércoles
Diógenes recogió la gran maleta de cuero que siempre llevaba consigo, la cual había perdido al caerse, y salió corriendo hacia una concurrida intersección de la ciudad de Nueva York.
En su época, este lugar se llamaba Times Square, pero en aquellos tiempos primitivos aún conservaba el nombre del campo de cultivo que era antaño, Longacre.
Tomó nota mental del callejón sin salida del cual acababa de salir, identificado por un letrero mugriento como Smee’s Alley, y miró a su alrededor para buscar a su hombre entre los carruajes tirados por caballos y los escaparates oscuros, mientras respiraba el fuerte olor a humo de carbón.
Y allí estaba Gaspard Ferenc, que avanzaba deprisa por Broadway entre la marea de peatones.
Empezó a seguirlo a paso ligero. No le preocupaba que Ferenc se percatara de su presencia; aquel zoquete no tenía ni idea de que Diógenes existía, y mucho menos de que llevaba semanas espiando sus actividades… y de que lo había seguido a través del portal.
El motivo por el que había retrocedido en el tiempo para buscar a Ferenc era algo sobre lo que reflexionaría más tarde. Por ahora, se sentía extrañamente emocionado por haber dejado atrás su lamentable mundo.
No tardó en dar alcance a Ferenc y se puso a caminar detrás de él.
El hombre vestía una ridícula mezcla de prendas, evidentemente improvisadas a partir de lo que tuviera a mano y pudiera parecer del siglo XIX : una camisa roja de leñador, pantalones cargo negros y botas Doc Martens.
Al menos él había intentado disfrazarse para su desconocida misión; Diógenes no había tenido tiempo para prepararse.
La suciedad de su ropa era una bendición perversa, ya que ayudaba a ocultar el jersey de cuello alto y los pantalones negros que llevaba cuando vivía en secreto en los recovecos de la mansión de su hermano en Riverside Drive.
Un atuendo tan incongruente llamaría aún más la atención que el de Ferenc.
Diógenes se detuvo frente a un restaurante, pasó la mano por una pizarra que anunciaba manitas de cerdo y se untó el polvo de tiza en la cara.
Esperaba que el efecto blanqueador lo hiciera parecer un artista de una de las numerosas obritas de vodevil que eran tan populares en el distrito teatral de la época.
Luego siguió a Ferenc por Broadway y aprovechó la oportunidad para robar la cartera y el reloj de bolsillo a dos caballeros adinerados.
Ferenc entró en una casa de empeños situada unas doce manzanas al sur de Longacre Square, mientras que Diógenes se metió en una sastrería cercana y compró apresuradamente una camisa, una capa Inverness y un sombrero, que se puso enseguida.
La maleta de cuero estaba tan raída y pasaba tan desapercibida que no necesitaba disfrazarla más.
Tras abrocharse la capa hasta el cuello y bajarse el ala del sombrero, volvió a salir.
Al pasar por delante de la casa de empeños, vio a Ferenc cerrando la venta de una figurita de jade —robada, por lo que parecía, de la colección de la familia Pendergast— a cambio de unos billetes, una capa y una gorra.
Luego salió de la tienda y siguió caminando hacia el sur, con Diógenes pisándole los talones.
¿Qué tramaba? El misterio de su misión y la brusquedad con la que había comenzado fascinaban a Diógenes.
Era obvio que estaba premeditado y que probablemente implicaba ganar mucho dinero —sabía que la codicia era uno de los puntos débiles de Ferenc—, pero ¿qué plan tenía?
Sin saberlo, Ferenc podía arruinarlo todo, y lo más sensato sería eliminarlo de inmediato.
Pero la curiosidad, entre otros pensamientos más nebulosos, se lo impedía.
Dejaría que aquel hombre llevara a cabo su pequeño plan.
No tardó mucho en darse cuenta de lo que estaba haciendo.
Minutos después, Ferenc cruzó la calle Veintiséis y entró en el New York Federal Bank of Commerce .
Tras detenerse un momento en un mostrador reservado para rellenar formularios, se puso a la cola de una de las ventanillas.
Diógenes se dirigió hacia otra. Pronto llegó el turno de Ferenc y, casi de inmediato, la transacción que pretendía realizar planteó algún problema.
El cajero se alejó de la ventanilla, que contaba con barrotes de hierro.
Luego regresó, se alejó una vez más y acabó volviendo con un empleado de mayor rango, pero ni siquiera este pudo satisfacer la petición de Ferenc.
Diógenes se había acercado lo suficiente como para oír la conversación, y cualquier misterio que pudiera velar el sórdido plan de Ferenc se disipó de inmediato.
Estaba intentando cambiar cien dólares en billetes antiguos por veinticinco de las raras monedas de oro de cuatro dólares conocidas como «Stellas», pero, por desgracia, el banco solo tenía dos, y ambas en mal estado.
Diógenes sintió una oleada de desprecio.
Así que la compleja y peligrosa excursión al pasado, donde un hombre con imaginación y audacia podía lograr tantas cosas, no era más que una cuestión de lucro deshonesto.
Quería llevarse esas monedas raras al siglo XXI y venderlas para obtener enormes ganancias, pero ya estaba echándolo todo a perder.
El jocoso desdén de Diógenes se mezclaba ahora con una decepción rayana en la ira.
Mataría al estúpido hombrecillo en cuanto tuviera la oportunidad.
Observó que Ferenc, enfurecido por el fracaso de su plan, pagaba su ira con la mujer que estaba detrás de él en la cola.
Un guardia se acercó y, en el forcejeo posterior, Ferenc dejó a la vista un reloj digital barato que llevaba en la muñeca y que obviamente había olvidado quitarse.
Aquel objeto extraño convirtió el pequeño altercado en una pelea absurda que terminó con el desventurado Ferenc esposado y arrastrado hasta un furgón policial con barrotes de acero.
Diógenes, que estaba observando junto al resto de la multitud, oyó a un policía decir que sería trasladado al hospital Bellevue.
Cuando las puertas del furgón se cerraron, Ferenc empezó a gritar que venía del futuro… y llamó a Pendergast a voz en cuello.
Diógenes, que, al igual que Mitrídates, había logrado endurecerse contra casi todo, se sintió profundamente alterado al oír a Ferenc gritar de forma tan imprudente. Él y sus balbuceantes explicaciones podían echarlo todo por la borda.
Diógenes dio el alto a un taxi y siguió al furgón policial.
Qué idiota era Ferenc. Cualquier buen numismático le habría dicho que las Stellas eran monedas «de muestra», cuya circulación nunca se autorizó, y que normalmente no se encontraban en los bancos comerciales.
Mientras seguía al furgón, reflexionó sobre lo irónico que era que un hombre como Ferenc, cuya brillantez le había permitido participar en el diseño del astromóvil de Marte o, en este caso, reparar una máquina capaz de cruzar universos paralelos, fracasara en un plan estúpido para enriquecerse por la vanidad de una preparación inadecuada. Sic transit gloria mundi .