CAPÍTULO 93
Más gritos de dolor, aunque muy diferentes de los de Attaegina, hicieron retumbar el palacio de Nabor durante la noche en que ocurrió todo.
Eran los gritos de un diablo al ser castigado.
Nadie allí recordaba haber escuchado jamás un lamento tan estremecedor, una mezcla de rugidos y súplicas capaces de producirle pesadillas a todo aquel que los oyera.
─ ¡Así aprenderás, Keriel! ─ exclamaba el Patriarca golpeando la espalda de Halcón con una fusta de plata, el metal que más dolor les causaba a las alimañas.
─ ¡No respondo a ese nombre! ─ replicaba Halcón encadenado a la pared, todavía en su apariencia de diablo. Pero, ¿por qué no podía revelarse? ¿Qué le impedía revolverse, asesinar a su verdugo y marcharse? Era como si un yugo oprimiera su voluntad.
─ ¡Recuerda que soy tu padre, Keriel! ¡Y yo elijo cómo has de llamarte!
El escarnio continuó hasta que Halcón, cada vez más débil, recuperó su forma humana al tiempo que caía desmayado en el suelo de los calabozos, con la ropa manchada de sangre.
Acto seguido, se ordenó que fuera llevado a la mejor cámara para que durmiera como un huésped de honor y dispusiera de toda clase de lujos al despertar.
─ Probablemente no recobrará la consciencia hasta pasados varios días ─ le explicó el Patriarca a Libia cuando la llamó a primera hora de la mañana.
Ella se cuidó bien de no mirarlo a la cara, aunque tuviera su permiso, pues Nabor había envejecido notablemente en cuestión de una noche y no se explicaba por qué.
En cuanto a Halcón, la suma sacerdotisa había sentido verdadero horror cuando lo vio convertirse en el Ángel de la Codicia, justo cuando terminó de pronunciar los trece nombres.
Al igual que el resto, estaba tan segura de que Minos era el elegido que, cuando sucedió al contrario, no tuvo tiempo de reaccionar.
Por fortuna, los centinelas la escoltaron hasta sacarla de la zona de combate.
Y fue una suerte, porque Halcón había terminado derribando el templo de los jardines.
Si Libia se hubiera escondido allí, su cadáver yacería bajo los escombros.
─ Te encomiendo que cures sus heridas y que permanezcas muy cerca de él mientras duerme. Puedes hacer turnos con tus discípulas, si quieres, aunque es preferible que seas tú quien se ocupe de sus cuidados.
─ Cuente con ello, mi señor ─ asintió ella con sumisión.
─ No te preocupes por él, mujer, es inmortal. Un poco de mano dura no le hará apenas daño. Pero urge que entienda quién manda en Teff. ¿Sabes? Con Minos todo era fácil. En cambio, Keriel es…
─¿ Keriel? ─dudó Libia─. Pensaba que se llamaba Halcón.
─A partir de ahora, lo llamaremos Keriel.
Todos, sin distinción. Da igual qué te cuente él, hazlo como te digo.
Y ahora, querida, quien necesita descansar soy yo.
Los esclavos están avisados: que nadie me moleste a menos que Keriel intente destrozar el palacio o algo así.
Aunque, sinceramente, creo que la paliza de hoy le habrá quitado las ganas de volver a rebelarse.
Libia asumió su nueva tarea con poco agrado.
Se sentó delante de la inmensa cama que había sido preparada para Halcón con el miedo imprimado en el rostro, deseando no ser ella quien estuviera delante cuando esa bestia despertara.
Sin embargo, al mirarlo con más detenimiento, descubrió que Halcón no le producía la sensación de peligro que, en cambio, notaba en presencia de Minos.
Donde Minos se le antojaba como un ser sin alma fabricado para matar, Halcón casi le resultaba amable.
─¿Qué pasa? ─le preguntó Nabor sin que se le escapara ese detalle─. ¿No lo conocías?
Libia negó con la cabeza y desvió su mirada hacia otro lado mientras murmuraba:
─Es curioso, pero… Cuesta comprender que un ser que hace apenas minutos era horrendo y cruel ahora se vea tan…
─¿Bello? ─añadió el Patriarca. Y sonrió como solo él sabía hacer cuando algún nuevo plan retorcido geminaba en su mente─. Sí, se puede decir que Keriel es un varón apuesto. Tiene un físico envidiable. ¿No te lo parece?
Libia se ruborizó. Ella no quería decir eso, aunque lo pensaba, pero no deseaba que Nabor lo supiera. Cómo echaba de menos a Ibis… Su mentora jamás tuvo miedo del Patriarca, o eso creía.
─En fin, os dejo solos. Y recuerda que este hijo mío es la mayor reliquia que jamás ha conocido Alandum. Así que, cuídalo bien.
Cuando Nabor se marchó, Libia resopló de alivio.
Antes prefería quedarse a solas con Halcón que con el Patriarca, aunque fuera el diablo más temido de todos los tiempos.
Por de pronto, dicho diablo dormía plácidamente.
Su respiración era pausada. A Libia le preocupaban las heridas que Nabor le había abierto en la espalda, así como los moratones que empezaban a salirle ya por todo el cuerpo tras la pelea encarnizada contra Minos.
Por suerte, las sacerdotisas guardaban bálsamos muy eficaces para curar el dolor y los golpes.
Se sentó a esperar. No quería molestarlo mientras descansaba en parte porque también le daba miedo cómo reaccionaría aquella bestia al despertar. «Pero, con ese rostro, no puede tratarse de una bestia», pensó.
Entretanto, sacó de su bolsillo un objeto que no sabía bien qué era.
Lo había encontrado entre la hierba, al amanecer, cuando fue a oficiar el saludo al sol junto a lo que quedaba del templo.
Era un cristal no más grande que una castaña, más o menos esférico, con una espiral tallada en el centro, y lucía un tono lechoso.
Según cómo le diera la luz, podían apreciarse vetas de color azul índigo sobre su superficie.
No sabía para qué podía servir. Quizás se cayó de la joya de alguna noble dama durante los festivos que se hicieron en honor a Minos.
El caso es que no solo le gustó, sino que intuyó que debía guardárselo.
Por eso lo llevaba escondido bajo la ropa, colgando de su cuello.
Halcón se revolvió entre las sábanas en ese momento, gimió de dolor y pronunció algo que Libia no pudo comprender. Pero cuando ella se levantó deprisa para ver qué le sucedía, aquel se giró hacia el lado contrario y continuó durmiendo.
─Descansa, Keriel ─le susurró, temblorosa─. Descansa.