Epílogo
Me llamo Attaegina Mentastro, y el día en que termina esta historia me hallaba en medio del Desierto de Sari volviendo sobre los pasos que, en una ocasión, Halcón y yo habíamos recorrido juntos.
Me acompañaban el maestro Elkerael, Nilo, Lorick y, por supuesto, mi hermana Creta, que se había convertido en el mayor de mis apoyos.
Mi objetivo era sacar de los infiernos al amor de mi vida, y aunque el maestro nos había advertido de lo peligrosa que era nuestra enmienda, la fe guiaba mis pasos.
Fuerza Espiritual, como Halcón siempre decía...
Una era se terminaba en Nueva Pangea. Se percibía en el aire que respirábamos, en los matices de la luz del sol, en el sonido sutil que manaba de la tierra si uno era capaz de aquietar su mente para escuchar. En la cicatriz del cielo…
Algunos vaticinaban el fin de los tiempos.
Otros, el gobierno absoluto de las fuerzas oscuras.
En cualquier caso, ese era el objetivo principal de Nabor, que no dudaría en usar a Keriel, como él lo llamaba, para lograr satisfacer la peor de sus ambiciones.
Mi amado Halcón… Había llorado tanto por él en los brazos de Creta que ya no me quedaban lágrimas.
Desde entonces, no derramé ni una más. No tenía fuerzas para lamentarme, sino solo para echar a volar.
Por él estaba decidida a luchar contra la peor de las alimañas.
Por él desafiaría a la vida y a la muerte, al Rey de los Diablos o a quien fuera necesario.
Por él cruzaría el mundo de un extremo a otro buscando una respuesta.
¿Acaso no he dicho siempre que soy la mujer más terca de Nueva Pangea?
Lo sostengo. Y por aquel entonces, estaba dispuesta a volver a demostrarlo.
En cuanto al Primer Ángel… Bueno, por lo visto era yo, sí, aunque no me acordaba de nada.
Me sentía estúpida por haber esperado que alguien fuera enviado desde muy lejos en mi ayuda cuando en realidad ese alguien vivía en mí, pero el día en que esta historia acaba, aun permanecía dormido en algún lugar recóndito de la memoria de mi alma.
Ese era nuestro siguiente plan: Elkerael hablaba de un espejo.
Lo llamaban el Espejo de Obsidiana y casi todo el mundo creía que solo era una leyenda, un cuento del pasado, sí, al igual que el cuento del Ángel de la Codicia que yo le contaba cada noche a mis hermanos, cuando aún creía que Caliza era todo mi universo.
El Espejo de Obsidiana, según decía el maestro, se conservaba desde la caída de la Antigua Pangea.
Los nawales sabían esto, también sabían que cualquiera que se reflejara en él tendría permiso para acceder al archivo de sus memorias antiguas.
Elkerael creía que, si yo me miraba en ese espejo, el Primer Ángel terminaría de encarnar en mí.
Pero lo que no sabía nadie exactamente era dónde encontrarlo.
Bueno, quizás quedara una persona que lo sabía, la misma a la que yo quería acribillar a preguntas sobre Halcón.
Se trataba de Raira, su madre, la misteriosa mujer nawal que prácticamente el mundo entero daba por muerta.
Tras días de silencioso camino a través del desierto, divisamos en lontananza el campamento torug .
Estaba atardeciendo. Nos acercamos muy despacio, en son de paz, siguiendo el protocolo que Halcón me había enseñado, un código de conducta que Elkerael, obviamente, conocía de sobra.
Cuando nos vieron aparecer, un hombre de mediana edad con aspecto de líder vino a recibirnos.
Su expresión era sobria y su gesto rígido.
Dadas las circunstancias, tras la masacre que Minos llevó a cabo en el poblado sapti , los nómadas se andaban con pies de plomo al recibir a los forasteros.
Sin embargo, en cuanto vio a Elkerael su expresión cambió por completo:
─¡ Maestro! ¡Cuánto tiempo sin verle!
Los torug hablaban bien la lengua del Imperio con los extranjeros, aunque la cadencia de su fuerte acento nativo impregnaba cada sílaba que pronunciaban.
Al escuchar a ese hombre, me di cuenta de que el acento de Halcón era mucho más suave, quizás por la cantidad de lugares en los que había vivido.
Y la añoranza volvió a golpearme al recordar la primera vez que oí su voz: « ¿Qué más quieres que haga?
» , me había dicho en el altozano cuando lo confundí con un asaltador de caminos, «m írame: rígido como una estatua » .
Parecía mentira por aquel entonces que fuéramos a vivir tantas cosas juntos…
¿Volvería a mirarme con esos ojos de rapaz?
¿Volvería a susurrar mi nombre en la noche, a besarme, a hacerme suya y a hacerse mío?
─ Pero, ¿dónde está Halcón, maestro? ─ preguntó el líder torug observando a Lorick y a Nilo, uno por uno, y después a mi hermana y a mí. Se quedó desconcertado ─ . ¿Por qué no os acompaña él?
Elkerael suspiró antes de hablar.
─ Halcón necesita ayuda. Hemos venido a hablar con su madre.
La preocupación tomó de inmediato el rostro del líder, que se giró a preguntarle a otro hombre algo en su idioma. Cruzaron tres o cuatro frases y, después, anunció:
─ Raira ahora no puede recibiros. Está asistiendo un parto. Pero, si de verdad os importa tanto Halcón como para haber llegado hasta aquí, sois bienvenidos. Tomad asiento junto al fuego, se os dará cena y cama. Eso sí, tendréis que ser pacientes.
Elkerael asintió. Todos lo hicimos. Minutos después, mientras Creta atendía a los dromedarios con ayuda de Lorick, Nilo, el maestro y yo nos dirigimos hasta la hoguera del centro del campamento. En torno a las llamas, los torug adultos bebían en silencio el té de hierbabuena.
Yo ya conocía sus sabores, sus costumbres, su forma de pensar y sus modales.
Halcón me lo había enseñado todo sobre los nómadas, así que casi pasé desapercibida.
Excepto por mis ojos: mis ojos de otro tiempo y de otro mundo.
Ellos sabían. Sabían de mi condición que iba más allá de nawal .
Pero eran gente discreta y amable. Además, la tribu acostumbraba a guardar profundo silencio cuando estaba naciendo un miembro nuevo.
Era media noche cuando todos se fueron a dormir, aunque antes nos proporcionaron una tienda familiar.
Nilo cayó rendido al instante y, poco después, Creta se quedó dormida abrazada al torso de Lorick.
Verlos juntos transmitía una reconfortante sensación de calma, una paz que principalmente nacía de él, pero que a Creta en cierto modo la equilibraba.
Al verla así, acurrucada en el cuerpo del nórdico, sonreí. Luego, miré a Lorick.
─ Gracias por amarla tanto ─ susurré.
Él me hizo un guiño. Era feliz. Y la amaba, ya lo creo que sí…
─ ¿Cómo es Raira? ─ le pregunté después a Elkerael, algo nerviosa por conocer a la madre de Halcón.
─ Es una mujer intrépida, muy capaz. Aunque bastante hermética y, como habéis podido comprobar, guarda muchos secretos.
─ Pero, nos ayudará, ¿verdad?
─Claro. Halcón es su único hijo. Además, ella siempre estuvo muy implicada en la causa nawal . Hasta que pasó lo que… Bueno, ha de ser ella quien decida si quiere contarlo o no.
Todos durmieron algo, menos yo. Impaciente, daba vueltas sobre la humilde estera que era mi cama. Y cuando comencé a cabecear, agotada, muy a pesar mío el sol del amanecer se prendió nuevamente sobre el horizonte.
La vida se restauraba en el campamento torug y a ella regresaban el jaleo de los cabreros, los juegos de los niños y los ladridos de los perros, eso con el añadido de las felicitaciones y el regocijo común porque el parto que Raira asistía desde anoche había terminado con éxito y con una joven madre primeriza que, a esas horas, amamantaba a su bebé en la tienda familiar.
De pronto, me imaginé a mí misma amamantando al primer hijo de Halcón.
Un niño que, tal vez, solo pasaría a formar parte de mis anhelos sin que jamás llegáramos a concebirlo...
─Raira dice que está lista para recibiros ─anunció el líder algunas horas después, cuando el sol brillaba en lo más alto del cielo.
La espera se había hecho eterna, pero al fin nos condujeron hasta el interior de la tienda de la nawal , una tienda que reconocí gracias a mis visiones sobre la infancia de Halcón.
Nada allí dentro había cambiado desde que Elkerael había ido a visitarlo para grabar sobre su pecho aquel sello de contención.
Precisamente, ese tema sería la llave para abrir un arca llena de misterios sobre el origen auténtico del hombre por el que habría dado mi vida sin dudar.
Mientras esperábamos allí sentados, tuve una sensación parecida a cuando aún era la chica oráculo y recibía premoniciones, solo que en esta ocasión las imágenes que cruzaban mi mente se correspondían con el pasado.
Donde quiera que ponía los ojos no dejaba de ver a Halcón, al Halcón niño que correteaba desde que amanecía, incansable, gastando bromas, metiéndose en líos, haciendo reír a todos a carcajadas con su alegría natural, libre de cualquier gota de maldad.
Tan osado como sincero, tan tenaz como amable, el niño que era Halcón jugaba a cazar mariposas azules y las dibujaba con el dedo sobre la arena, levantándose cada día con la esperanza de que el padre bueno que había construido en su imaginación llegara en dromedario, lo reconociera como hijo y se sintiera orgulloso de él mientras le explicaba por qué había tardado tanto en ir a conocerle…
Por último vi al joven Halcón abandonando su tierra a los dieciséis años para emprender un largo viaje de búsqueda por la senda del espíritu, dispuesto a encontrar a su maestro y a su padre sin saber que lo que terminaría hallando sería una parte de sí mismo que habría preferido no tener que conocer jamás.
El amor de mi vida era ahora el diablo más temido de las leyendas del pasado.
Pero yo sabía, y Creta me lo recordaba a menudo, que en un tiempo muy antiguo también fue un ángel, y que la luz de los ángeles jamás se apagaba del todo.
De pronto, la presencia de nuestra anfitriona me devolvió al momento presente. Raira acababa de llegar.
¡Gracias por haber acompañado a Attaegina hasta aquí!