CAPÍTULO 92
Al día siguiente, antes del anochecer, Attaegina bajó a los acantilados, en concreto a esa cala privada oculta tras las rocas donde Pantera solía darse sus baños rituales.
Las aguas del mar, que en la noche fatídica se habían teñido de rojo sangre, volvían a mostrar su color habitual.
El cielo, sin embargo, seguía herido, surcado por una línea apenas perceptible que semejaba una cicatriz.
Sin duda, algo se había roto en el equilibrio del Cosmos.
Sin fuerzas para seguir pensando en ello, Atti se metió desnuda en el agua, que estaba mucho más fría que la vez anterior.
Al fin y al cabo, el invierno llegaba incluso a Teff.
Cuando salió, se secó con apatía. Sabía que Halcón no la sorprendería en esta ocasión preguntándole con picardía si estaba vestida o desnuda.
Entonces se sentó a mirar el horizonte. Necesitaba escuchar las voces del mar.
El vaivén de las olas con su ritmo repetitivo le daba calma.
Puso en la palma de sus manos la gema anaranjada.
Ya ni siquiera se iluminaba, como si no fuera más que un cristal muerto.
Arriba, en la casa de la difunta adivina de los acantilados, Nilo cocinaba algo para cenar.
A él lo que le daba paz era fijar la mirada en el ghee derritiéndose al fondo de la olla, en el ajo al dorarse, remover el caldo con un cucharón de madera y perderse en la espiral que formaba mientras ordenaba sus pensamientos y el dolor por la muerte de su hermana empezaba a remitir con el aroma de un plato que devolvería el calor a su alma aterida.
Atti pidió perdón a Elkerael por pagar con él su ira. Él jamás se lo había tenido en cuenta. La abrazó como a una hija que regresaba al hogar y le recordó el mérito de ser un ángel encarnado en una vida humana, especialmente en una joven enamorada con las emociones a flor de piel.
En cuanto a Creta y a Lorick, Attaegina no había pasado por alto que la trenza de su hermana adornaba el cuello del nórdico en forma del típico amuleto que las jóvenes entregaban a sus prometidos.
No les había preguntado nada aún, aunque de vez en cuando los había visto alejarse por las galerías a solas.
─Atti… ─la llamó de pronto Creta, tímidamente─. ¿Puedo sentarme contigo un rato? ─Se quedó muy sorprendida por su petición, pero rápidamente asintió y le ofreció un sitio junto a ella─. ¿Es esa la gema de Halcón?
Attaegina cogió la gema entre dos dedos y la levantó para que la luz del atardecer se refractara a través de ella. La espiral grabada en su superficie ya no respiraba. Se había vaciado de color y de brillo.
─Lo es. Sí. Me pregunto a dónde habrá ido a parar la mía. Él la llevaba siempre. Pero después de todo lo que pasó en el palacio, entre tanto desorden seguro que se ha perdido.
─¿Ya no puedes lograr que brille?
Creta se percibía mucho más cercana. Más relajada. Se había curado de todo el rencor que durante mucho tiempo había sentido hacia su hermana mayor. Solo que, puesto que llevaban años casi sin hablarse, resultaba difícil, incómodo incluso, entablar una conversación desde la nada.
─No. Ya no brilla. A mí me parece que ya no es más que un simple pedazo de cristal. Frío, vacío, como un cadáver. Sin embargo, Elkerael opina otra cosa.
─¿El qué?
Attaegina suspiró con hastío. No sabía qué creer.
─Asegura que en estos cristales hay guardados recuerdos. No sé, no lo entiendo.
─¿Recuerdos de Halcón y tuyos, o de quienes erais en el pasado?
─Sí, algo así, Creta.
─Pero, ¿por qué? Solo es un cristal.
─Esa es la cuestión: algún día, según dice el maestro, la gema se abrirá como un huevo. Pero ese día está lejos, es casi una leyenda. Además, primero quiero regresar al desierto. Necesito hablar con Raira. Tengo demasiadas preguntas que hacerle acerca de su hijo.
Creta, despacio, le apoyó una mano en el hombro y dijo:
─Sabes que iré contigo, ¿verdad?
Attaegina se emocionó al escucharla y, no sin reservas, le cogió la mano. Ese instante de contacto, por simple que pudiera parecer, reactivó entre ellas un lazo que, a pesar de todo, nunca se había terminado de romper.
─Vosotros ya habéis hecho suficiente, Creta. Tú has estado a punto de morir en Virim y no seré yo quien vuelva a ponerte en peligro. Tienes que entenderlo, soy tu hermana mayor.
─Me da igual lo que digas, iré contigo. Y sabes que lo haré. Si me lo propongo, soy igual o más cabezota que tú.
Attaegina le sonrió. Hacía años que no se fijaba en lo mucho que brillaban los ojos castaños de Creta, o quizás fuera que jamás habían brillado tanto.
─¿Qué tal os va a Lorick y a ti? ─le preguntó. Creta se puso un poco nerviosa, pero no pudo disimular su entusiasmo.
─Estamos prometidos. ─Su rostro se iluminó─. Lorick me ama, Atti.
Después le contó todas las aventuras vividas en Virim. Le habló de la biblioteca, de Sirio, de Sigrif. Incluso de la vieja Sekmis y de cómo le había salvado la vida, para sorpresa de Atti.
─Tendrías que haber visto a Lorick rompiéndole las narices a ese brujo apestoso. ─Se entusiasmaba cada vez que mencionaba su nombre─. Sabía que era valiente, pero no pensaba que tanto. Él es...
─El amor de tu vida ─concluyó Atti. Creta se sonrojó─. Siempre lo fue. Siempre lo ha sido y siempre, siempre lo será. Estás muy enamorada, ¿verdad?
Su hermana asintió, aunque con poca euforia. No le parecía adecuado celebrar su alegría cuando Attaegina acababa de perder a Halcón.
─Atti, yo siento mucho lo que os ha pasado. Pero sé, al igual que tú, que él no es el monstruo que vimos. Tú siempre has sabido mirar dentro de cada ser vivo. Tú eres capaz de encontrar luz donde todos los demás solo vemos sombra. Y la llama de Halcón sigue ardiendo, estoy segura.
Attaegina volvió a mirar el cuarzo. Empezaba a obsesionarle la idea de que pudiera iluminarse de un momento a otro, así que finalmente lo guardó para no pensar más en ello.
─ Halcón me pidió que fuera su esposa. ─ Creta escuchaba con atención.
Aquello iba más en serio de lo que pensaba .
Atti, con la mirada perdida en los colores del crepúsculo, continuó─: La noche en que terminé mi adiestramiento como nawal , llegamos hasta un oasis precioso.
Halcón había preparado una tienda de ensueño.
Había fruta, flores, mirra ardiendo, y el fuego lo presenciaba todo como un testigo silencioso.
Esa noche, por primera vez, hicimos el amor.
─Se produjo un momento de intensa expectación.
Luego, Attaegina le mostró a Creta una toalla manchada de sangre menstrual─.
Pero ya no queda nada de él dentro de mí.
Las palabras se agolparon en su garganta, casi como si regurgitara, pero sus labios se cerraron como una muralla infranqueable, e incapaz de seguir conteniendo tanto dolor, rompió a llorar. Y lo hizo en los brazos de Creta, que ese día se ocupó de ser la hermana mayor.
Mientras Atti sollozaba, mientras las lágrimas caían por sus mejillas, como si las desgarraran, y gritaba exigiendo al Cosmos una explicación para su desgracia, Creta no dejó de abrazarla, de enjugarle los ojos.
La sostuvo como una roca que soporta el sol abrasador con tanta templanza como a la lluvia torrencial.
Y cuando Attaegina se sosegó y ya no tuvo fuerzas para lamentarse más, besó a su hermana en la mejilla, varias veces, y con la voz rota de tanto llorar, le susurró:
─Jamás habíamos hablado de estas cosas. Pero me hace muy feliz que podamos hacerlo.