El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 91
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CAPÍTULO 91

Esa noche se rezó por los difuntos en los acantilados.

Nilo lloraba la muerte de su hermana abrazado a Creta con desesperación.

Attaegina lo miraba compadecida. En cuanto a Creta, jamás la había visto comportarse con tanta ternura.

Sabía que entre el chico y ella se había forjado un vínculo muy especial.

Era mejor así, pues Nilo la iba a necesitar mucho hasta que superase la pérdida de Pantera.

Por otro lado pesaba la muerte del abuelo Yarbha. Atti y Creta lamentaban haber disfrutado tan poco tiempo de su compañía.

─Si por lo menos nos hubiéramos podido despedir de él… ─dijo Creta.

A Nilo no le apetecía hablar con nadie. Huelga decir lo culpable que se sentía por no haber podido evitar que Nabor destruyera el manuscrito de Calíope.

A su dolor se sumaba un terrible sentimiento de fracaso y de vergüenza.

Aun así, hizo un esfuerzo para contarles a todos la forma en que Yarbha murió peleando hasta el final:

─Si Minos no hubiera aparecido en el último momento, Yarbha habría terminado hoy con Nabor.

Lorick se ocupó de limpiar las heridas de Elkerael.

Los zarpazos de Halcón dejarían una característica cicatriz negra en el pecho del viejo nawal , aunque gracias a su condición angélica cicatrizarían mucho antes de lo previsto.

Mientras tanto Attaegina, taciturna y con ganas de convertirse en cenizas, había tomado asiento cerca del fuego.

Era el día más trágico de su vida y sentía tanta rabia que no le salían ni las lágrimas.

─No es la única herida que tengo de Halcón ─comentó Elkerael en tono suave, tratando de no molestarla. Se desvistió de cintura para arriba y les mostró a todos otra marca negra, algo más pequeña, en la parte baja de la espalda─. Esa otra me la hizo cuando tenía cinco años.

─Tú lo sabías ─le reprochó Attaegina otra vez─. Hay que tener agallas para callarse algo así…

─Yo no tenía permiso para abrir la boca, Attaegina ─se lamentaba el viejo nawal deshaciéndose en disculpas─.

Compréndelo, por favor: hice un pacto de silencio con su madre.

Así como la palabra es poderosa y, dicha con consciencia, puede crear y cambiar la realidad que vemos, en ocasiones el silencio puede desviar los hilos del destino, hacerlos incluso desaparecer.

Raira y yo teníamos la esperanza de que el destino de Halcón no fuera este.

Attaegina, me creas o no, te juro que he pasado los últimos diecisiete años haciendo lo imposible para que esto no sucediera.

No olvides que para mí Halcón también es muy importante.

Lo conozco desde el día que nació, pues ayudé a Raira a darlo a luz.

─Las emociones interrumpieron sus palabras mientras rememoraba con nostalgia ese momento dulce del pasado.

Cuando recuperó la entereza, añadió─: Casi es como el único hijo que he tenido.

Attaegina se enterneció por dentro, pero no dio muestras de ello. Por el contrario, irguió la barbilla con orgullo. Seguía enfadada, aunque también sentía que estaba siendo injusta con Elkerael. En cualquier caso, quería saber más:

─¿Cómo te hizo esa herida? ¿Cómo pasó?

─Halcón te habrá contado que con solo cinco años venció a un demonio de la arena, ¿verdad?

Ella asintió. Luego, matizó:

─Siempre decía que no se acordaba de nada, que solo recuerda a su madre llevándoselo en brazos y al resto de los torug quemando el cadáver de una alimaña.

─Pues bien: ese día, por primera vez, Halcón se transformó en demonio. Así fue como, solo siendo un niño, aniquiló a esa criatura que traía de cabeza a su tribu desde hacía semanas.

─Pero, ¿cómo puede ser? ¿Es que nadie más en su tribu lo vio? ¿O todos lo sabían y lo guardaban en secreto?

─Bueno, eso sucedió de noche y nadie más que Raira vio a su hijo en ese estado.

Cuando sus vecinos llegaron para ayudarles, solo vieron al demonio de arena muerto y al pequeño Halcón inconsciente, tendido sobre la arena.

Como su madre era nawal y su padre, según se contaba, también, dieron por hecho que el niño había heredado algún poder que le permitía someter a las alimañas casi sin esfuerzo.

Y a Raira le pareció mejor dejarlo así y no dar más explicaciones.

»En cuanto me enteré del incidente, pues Raira me envió señales, me puse en marcha.

Yo andaba cerca de allí por aquel entonces, así que tres noches después llegué a su campamento.

Solo a mí me contó la versión auténtica de los hechos y me hizo prometerle silencio confiando en que el terrible destino de su hijo, con el tiempo, se alejara de él.

Halcón tenía fiebre y dolor por todo su cuerpo.

Y sí, es cierto que no se acordaba de nada de lo que había ocurrido con el demonio de arena. Sin embargo, no paraba de pedir…

─… ¿perdón? ─lo interrumpió Atti completando la frase. Elkerael, por un momento, se quedó desconcertado.

─Sí… ¿cómo lo sabes?

─Tuve una visión cuando llegó a Caliza. Vi a ese niño pidiendo perdón, una y otra vez… Halcón siempre dice que debía de ser por alguna trastada que había hecho.

─Claro que no. El pequeño Halcón, a punto de morir, había empezado a recibir recuerdos de cuando encarnó, hace casi mil años, al Ángel de la Codicia. Sin saber muy bien por qué, en su consciencia de niño sentía que había cometido algún acto imperdonable.

─Entonces, ¿le borraste los recuerdos?

─En cierto modo, sí. Aunque esa no era mi intención real.

Resulta que Raira había intentado sacar del cuerpo del niño a ese diablo.

Ahora que eres nawal , ya sabes cómo lo hacemos: hay que tirar de la raíz, fuerte, cuando la vemos salir a la altura del pecho.

Pues bien, cuando Raira casi lo tenía fuera, la raíz se rompió y la alimaña regresó a refugiarse en el cuerpo de Halcón provocándole, en consecuencia, dolores insoportables.

Por ese motivo, decidí grabar sobre su pecho el sello de protección para que, al menos hasta que fuera adulto, la bestia no pudiera molestarle.

En ese momento recuerdo que se revolvió como una fiera y me hizo esta herida.

─Se llevó la mano a la cicatriz. Luego suspiró con tristeza─.

El sello, al anular la voluntad de esa criatura, digamos que contribuyó a sepultar sus recuerdos, sí.

─Pero sabías que el sello se borraría cuando cumpliera los veintidós años… ¿Qué pensabais hacer cuando eso ocurriera? ¿No teníais nada planeado?

─Attaegina, por supuesto que teníamos planes. Muchos. Pero a veces los caminos que el Cosmos traza para cada uno de nosotros son ineludibles.

─Entonces, ¿es el destino de Halcón? ¿Qué pasa con el libre albedrío? ¿Y si él, en el fondo de su alma, no quería esto?

─Pero, ¿y si resulta que sí lo eligió él? ¿Y si lo que quiere su alma es una segunda oportunidad para enmendar su error del pasado?

─¡Pues que el Cosmos le envíe algo de ayuda!

─explotó Attaegina poniéndose en pie─. ¡Pero, en lugar de eso, el Cosmos lo ha abandonado a su suerte y lo ha dejado en manos del Patriarca!

¿Dónde está el Primer Ángel ahora que lo necesitamos de verdad?

¿Por qué no ha acudido en su auxilio? Eso también lo escribió Calíope en sus profecías, ¿no?

¡Ella dijo que el Primer Ángel volvería al mundo en el fin de los tiempos!

Nadie se atrevía a responder. Ni Creta ni Lorick, que conocían a Atti desde siempre, jamás la habían visto tan enfadada, tan dura. Cuando se calmó un poco, Elkerael respiró hondo y le respondió:

─¿Creíste que Halcón era el Primer Ángel?

Attaegina asintió. La ira la quemaba por dentro.

─¿Quién si no, maestro? Yo lo veía tan claro…

─Eso es porque su luz te cegó y te impidió ver la tuya.

─Maestro, no estoy de humor para acertijos.

─Attaegina, el Primer Ángel sí estuvo a su lado.

─No puede ser, ¿cuándo? ¿Quién?

Todos la observaban como si se tratara de una clara evidencia.

─El Primer Ángel eres tú, hija mía.