CAPÍTULO 90
Cuando Atti abandonó el círculo de combate, Elkerael no dudó ni un segundo.
Golpeó el suelo tres veces con el extremo de su bastón y, acto seguido un aura de luz dorada envolvió su silueta mientras la tierra temblaba desde el palacio hasta las murallas de Teff.
De pronto, su cuerpo y su rostro no parecían tan viejos.
Attaegina recordó que en la ocasión anterior, cuando lucharon en el Templo del Laurel, le sucedió lo mismo.
Era como si su aspecto de anciano en el día a día preservara únicamente su halo vital, pero en la guerra recuperaba todo el vigor y la fuerza de su condición angélica.
Muy convencido de lo que iba a hacer, el viejo nawal invocó las fuerzas de Madre Tierra y Padre Cielo mientras un par de alas plateadas se desplegaban desde el centro de su espalda, dos alas enormes que batía con majestuosidad.
Nabor se puso en guardia. Nadie podía verlo, pero entre su máscara y su piel caían gotas de sudor.
Podría haber derrotado a Attaegina, pero no le quedaban fuerzas para soportar el ataque de Elkerael.
Sin embargo, ese día el Cosmos viró a favor del Patriarca, y justo cuando el chorro de luz del viejo nawal estuvo a punto de alcanzarlo, su diablo fiel se interpuso entre ambos contrincantes ejerciendo como escudo: y de esa manera Halcón recibió todo el impacto de la invocación sin sufrir apenas daño, protegiendo así a Nabor.
─¡Halcón! ─exclamó Atti─. Pero, ¿qué estás haciendo? ¿Por qué lo defiendes?
Pero Halcón ni siquiera parecía comprender qué le decía. Su mirada se había vuelto opaca y no era capaz de discernir quién era o dónde se encontraba. A solo unos metros de él, Minos había caído. Su cuerpo estaba cubierto de heridas abiertas, desgarros y mordiscos, y había dejado de respirar.
─¡Halcón, escúchame!
No lo hizo. Su atención se centró en otro objetivo y, dominado por un instinto asesino, consideró al que había sido su maestro como su siguiente presa.
Su cuerpo había aumentado tanto de tamaño que le bastó dar dos zancadas para llegar hasta el viejo nawal, que se puso en guardia de inmediato.
Había luchado contra cientos de alimañas a lo largo de su vida, pero no estaba seguro de poder hacer frente al Rey de los Diablos.
Cuando Halcón se quedó a menos de dos pasos, Elkerael se limitó a protegerse con un escudo de luz.
¡No tenía tiempo para reaccionar o contraatacar!
Aunque, para ser sinceros, el verdadero problema del maestro era que, a pesar de su aspecto monstruoso, seguía viendo en Halcón a su discípulo, al niño de cinco años al que un día inició, el mismo niño al que creía haber salvado de un destino funesto.
Tal vez por eso no se defendió como debía: recibió un zarpazo profundo en el pecho y perdió el equilibrio, quedando desprotegido y expuesto bajo el cuerpo monumental de aquella bestia.
Halcón no demostró duda o piedad cuando apoyó uno de los pies en el torso del anciano, dispuesto a romperle las costillas. Era obvio que ya no lo reconocía.
─ ¡Vamos, hijo! ─ lo animaba el Patriarca ─ . ¡Acaba con él!
─¡Halcón! ¡Halcón, detente! ─gritó Attaegina interponiéndose de pronto entre el nawal y él.
El rostro de Halcón encarnaba ahora todo el mal del mundo, pero Atti no le tenía miedo.
Solo sentía compasión, una profunda compasión.
Y tristeza. Puede que fuera ese sentimiento, o tal vez el brillo de sus alas blancas, que en ese instante brotaron de su espalda, pero el caso es que Halcón recobró de pronto la lucidez.
Sus pupilas volvieron a ser las de siempre, cálidas y amables.
Luego se apartó despacio de Elkerael, que ya casi no podía respirar, y se quedó completamente quieto mientras Attaegina, ahora mucho más pequeña que él, le hablaba con determinación:
─¡Halcón! ¡No tienes por qué obedecer a Nabor! ¡Recuerda el motivo que nos trajo hasta aquí!
A Halcón le costó comprender sus palabras hasta el punto de que Atti dudó que la reconociera.
─¿Attaegina? ─preguntó, confuso. Era su voz.
─¡Soy yo! ¡Sí! Me reconoces, ¿verdad?
Cuando Halcón miró a Elkerael fue consciente de que acababa de agredir a su maestro. Se sintió aún peor.
─Attaegina, no sé por qué me he convertido en esto... ¡Perdóname!
─No tienes que pedir perdón, no es culpa tuya. Ha sido Nabor. Él... ─respiró hondo antes de seguir─. Al parecer, Nabor es tu padre.
─¿Qué? ─Eso fue un golpe duro, un dardo envenenado, una puñalada a traición─. Attaegina, te equivocas. Mi padre era un na ...
─Tu padre es Nabor, por eso obedeces sus órdenes. Eso, en el mundo de los demonios, es inamovible.
─¡No! ¡No puede ser! ¡Attaegina, no te creo!
─ ¡Keriel! ¿Qué estás haciendo? ─ lo increpaba Nabor ─ . ¡Si la tienes en bandeja, hombre! ¡Devórala de una maldita vez! ¡Y te convertirás en el demonio más poderoso de este mundo!
Atti, ignorando al Patriarca, le cogió las manos, esas zarpas monstruosas manchadas de sangre. Podía sentir que el corazón de Halcón seguía latiendo debajo de la piel de aquella bestia. También notó que él se tranquilizaba al sentirla cerca.
─Escúchame, Halcón. Y hazlo con atención ─tomó aire y lo miró directamente a los ojos─: siempre te amaré, da igual qué forma tengas. Mi corazón te pertenece, recuérdalo. Yo te sacaré de aquí y...
─No continúes ─le pidió él. Su tono casi era de súplica─. No, no digas más esa palabra... Ahora mismo ansío sacarte el corazón y devorarlo.
Su mandíbula, entreabierta, empezó a salivar. Cualquiera de sus colmillos era en ese momento más largo que cualquier puñal. Daban miedo. Aun así, Attaegina no hizo ningún amago de apartarse de él.
─Confianza ciega, ¿recuerdas? ─dijo ella─. Desde la primera vez que te vi tuve confianza ciega en ti. Y sé que no me harás daño nunca porque eres el amor de mi vida. Y saldremos de aquí juntos, como sea.
Una lágrima resbaló por el pómulo de Halcón, anguloso y duro como piedra.
─Tienes que irte, Attaegina. Si no os matan los soldados, me temo que lo haré yo y...
─Solo me iré si es contigo.
─ ¡Keriel! ─seguía gritando el Patriarca, perdiendo la paciencia─. ¡Mátala ya, Keriel!
─ Attaegina, vete… Elkerael está muy débil. Llévatelo de aquí, por favor.
─ ¡No! Escúchame: a hora Elkerael pronunciará los decretos y tú volverás a…
─¡Vete! ─Le soltó las manos bruscamente y Attaegina se sobresaltó.
Aun así, ella no dio ni un paso atrás. Cuando Halcón la miró, lloraba de impotencia─.
Attaegina, empiezo a olvidar quién soy yo y quién eres tú.
Se me confunden los recuerdos, es como si la luz se estuviera apagando dentro de mí.
Y cuando me quede sumido en la oscuridad y no vea nada, posiblemente no seré capaz de reconocerte ni de atender a razones, y cada minuto que pasa y que sigues aquí tengo más ganas de devorarte, porque eso es lo que les hacen los demonios a los ángeles.
Y yo, lo quieras o no, soy un demonio. Y creo que siempre lo fui.
Así que vete, ¡aléjate! ¡Vamos! Si me amas de verdad, no permitas que me convierta en algo peor.
─Halcón... Me pediste que fuera tu esposa, ¿es que ya no te acuerdas? ¿Ya no te acuerdas de aquella noche, en el oasis, cuando te entregué lo más sagrado que poseía?
─¡Por favor, no te acerques más!
Halcón la empujó con tanta fuerza que Atti cayó de bruces, y al darse cuenta de lo que acababa de hacer, la culpabilidad lo corroyó.
─Perdón... ─gimió─. Perdón...
« Perdón ». E ra la palabra que le dijo la primera vez que la vio brillando bajo el aura de su gema, en Caliza.
Era de noche, estaban en la cocina de la casa Mentastro los dos, justo antes de que llegara Creta.
Y Attaegina irradiaba la luz de un ángel.
« Perdón, perdón... » , era también la súplica del niño del desierto, ese Halcón de apenas cinco años que esperaba la visita de Elkerael.
¿Por qué se disculpaba? ¿Por lo que iba a ocurrir? ¿O quizás por lo que ya había ocurrido?
─ Attaegina, tenéis que iros ya o moriréis ─ le pidió él ─ . Aún puedo ganar tiempo para vosotros, pero muy pronto Nabor doblegará mi voluntad. Así que iros.
─ ¡No! ¡No voy a dejarte!
Elkerael, sosteniéndose en pie con mucha dificultad, cogió la mano de Attaegina.
─T iene razón. Aquí y ahora no hay nada ya que podamos hacer.
─¡Entonces vete! ─le gritó ella, casi con reproche─. ¡Yo me quedo con él!
En ese momento Halcón fijó su mirada un poco más allá, y durante los últimos minutos en los que conservó algo de consciencia, forzó una sonrisa pesarosa.
─Ayúdala, amigo mío ─dijo.
A solo unos metros de él Lorick le hizo un guiño cómplice y, acto seguido, tiró de la mano de Atti.
Entre ambos sacaron de allí a Elkerael. Mientras escapaban, Halcón peleó encarnizadamente contra los soldados que trataban de perseguirlos.
Mordió, desgarró, rompió huesos y segó más de una docena de vidas aquella noche.
Attaegina escuchaba sus rugidos sin querer girarse a mirar. No quería que la última imagen de Halcón que se grabara en su memoria fuera la de aquella bestia despiadada engullendo a sus víctimas aún con vida.
Lorick los condujo hasta una zona alejada de los jardines.
Allí los esperaba Creta sin dejar de abrazar a Nilo.
El chico tenía los ojos enrojecidos, pero no era momento de dar explicaciones.
Después, Lorick levantó una tapia oculta entre la maleza y penetraron por un túnel hasta llegar a los canales subterráneos que se extendían bajo las calles de Teff.
Y al comprobar que se marchaban sin esperar a Pantera ni al abuelo Yarbha, Attaegina lo comprendió todo.
Entre tanto, Nabor intentaba sofocar inútilmente la ira desenfrenada de Halcón. Por un instante deseó incluso que el verdadero Ángel de la Codicia hubiera sido Minos, mucho más dócil y conformista, en lugar de aquella bestia letal.
─¡Detente, Halcón! ─gritaba mientras sus hombres caían como moscas intentando defender el palacio─. ¡Yo te lo ordeno!
Halcón ni siquiera lo escuchaba. Era indómito como el fuego, voraz, incontrolable. Hasta que el Patriarca lo llamó por su verdadero nombre:
─¡Keriel!
La bestia se quedó paralizada al oírlo, como una estatua, observando a su padre y esperando sus órdenes. Solo entonces Nabor respiró tranquilo. Volvía a tenerlo todo bajo control.