CAPÍTULO 89
«Como la madre de ese», resonaron las palabras de Enok en la memoria de Atti.
¿Era posible que aquel diablo mediocre del desierto tuviese razón?
¿La madre de Halcón había concebido al hijo de una alimaña?
Attaegina llevaba semanas creyendo que Halcón era el Primer Ángel, que llegaría al palacio de Nabor y vencería al Ángel de la Codicia.
Como decían las profecías. ¡Cuán equivocada estaba!
Los rugidos del nawal la devolvieron a la realidad.
Y es que Halcón sufrió esa noche los dolores más insoportables de su vida.
Entre gritos desgarradores, su cuerpo iba adoptando una nueva forma.
Su piel se endureció, brillaba como un mineral tallado.
Dos alas membranosas desgarraron su espalda y una larga cola de reptil se prolongó desde el final de su columna.
Era, sin duda, un auténtico diablo. O mejor dicho, el peor de todos los tiempos.
─¡Halcón! ─exclamó Attaegina corriendo hacia él. Pero tan pronto como se acercó, él la apartó de un manotazo.
─¡Vete! ─le pidió. Attaegina no quería irse.
No, ¡no se alejaría de su lado! No se marcharía de allí hasta asegurarse de que podía llevárselo a un lugar seguro.
Entre tanto, Elkerael no reaccionaba, simplemente se había quedado petrificado mientras observaba a Halcón con un doloroso sentimiento de culpa.
Al contrario que Nabor, que lucía una sonrisa de triunfo.
─¿Tú lo sabías? ─le preguntó Atti al Patriarca en tono desafiante─. ¿Tú sabías que era Halcón?
─Bueno… Yo albergaba mis dudas, chica ángel. ¿Minos? ¿Halcón? Tengo muchos hijos, ¿sabes?
─¿Hijos? ─titubeó─. ¿Cómo que hijos? Halcón no es hijo tuyo. ¡El padre de Halcón era un nawal !
─Ah, infeliz… Eso es lo que a él le contaron, ¿verdad? ─y añadió con saña─, ¿le has preguntado a Elkerael? Él sabe cosas, ¿nunca os lo ha dicho?
Attaegina miró a Elkerael. Y lo hizo con rencor, indignada, esperando alguna explicación.
─Raira y yo no estábamos seguros ─se lamentó el viejo nawal .
Y recordó que Nabor ya había prestado un repentino interés por Halcón hacía meses, cuando estuvo a punto de matarlo en el Templo del Laurel.
Ahora todo encajaba. Se sentía fatal ─. Albergábamos la esperanza de que no fuera hijo suyo…
hasta hoy, que se ha confirmado el peor de nuestros temores.
─¡Padre! ─gritó Minos con altivez─. ¿Quién es este diablo?
Y Nabor se regodeó de gozo al contemplar a sus dos monstruosos vástagos.
─Me temo que es tu hermanastro, Minos. ¿Quieres compartir a la chica ángel con él?
Attaegina se estremeció de pensarlo. Minos quería devorarla.
Halcón… puede que ahora también. Al fin y al cabo, ella seguía siendo el ángel prometido a las bestias, el que Molok no consiguió comerse.
Minos la observaba con la barbilla chorreante.
Halcón, en cambio, bajó la cabeza para no verla.
¿Cuánto tardaría en sucumbir a su nueva naturaleza de diablo?
─¡Si la tocas, te mato! ─le advirtió a Minos.
─Atrévete, ¡imbécil! ¡La chica es para mí! ¡Ya he saboreado su trenza! ¡Quiero comerme el resto! ¡Quiero su corazón!
Atti comprendió definitivamente qué llevaba Minos en las manos el día en que cayó Heimkel: su trenza, un amuleto mucho más poderoso de lo que creía.
Pero al Heredero apenas le dio tiempo a reaccionar cuando Halcón saltó sobre él.
Entonces empezaron a pelear a dentelladas, como habrían hecho dos bestias rabiosas.
No se detendrían hasta que uno de los dos cayese muerto.
─Los dos tienen un origen similar ─prosiguió el Patriarca observándolos con el orgullo de un padre─.
Los dos acaban de cumplir veintidós años.
Pero solo uno de ellos podía encarnar al Ángel de la Codicia, y la pronuncia de los trece nombres era la llave para abrirle la puerta, la única prueba que demostraba cuál de los dos era digno.
Además, todo ha salido perfecto, pues estaba seguro de que os ibais a presentar aquí esta noche, justo en el momento adecuado.
Y mira por dónde, Attaegina: el premio es para tu querido nawal .
Attaegina le apuntó con su bastón.
─¡Ya basta! ¡Te desafío, Nabor!
Por un momento percibió en el Patriarca un atisbo de duda, casi de temor.
Era obvio que no estaba en sus mejores condiciones físicas aquella noche, pues el combate contra Yarbha lo había debilitado mucho, y aunque procuraba no dar muestras de ello, Atti podía intuir en él una inseguridad que nunca antes había notado.
─¿Tú, una mujer nawal y, además, novata? ─Se rio─. Por fortuna para ti, no funciona así, Attaegina. Yo te he desafiado a ti primero. Halcón, por ser tu mentor, ha aceptado ocupar tu sitio. Y luego, Elkerael ha decidido sustituir a Halcón. Es la Ley.
─Entonces, lucha contra mí de una maldita vez, Nabor ─lo retó Elkerael clavando su bastón con firmeza en el suelo─. ¡Acabemos con esto! ¡Esta noche pagarás por todos tus crímenes!
─Ah, ¿sí? ¿Y quién va a detener a tu discípulo cuando acabe con Minos? ¿La chica?
En ese instante, Minos yacía en el suelo defendiéndose a malas penas de la fiereza de Halcón mientras los centinelas, arrinconados junto al templo, asistían con horror a aquel espectáculo espantoso. Elkerael miró a Attaegina y esta, con firmeza, asintió. Era su manera de decirle «adelante».
─Vale, está bien ─aceptó Nabor de mala gana. Se le notaba nervioso. Aun así, se preparó para la contienda─. ¿Quién comienza?
─El más joven, siempre ─respondió Attaegina─, que en este caso soy yo.
Y Elkerael está ocupando mi lugar. ─Nabor la miró con odio, ¡estaba harto de aquella terca cabra de monte!
─. Es la Ley. Si no te parece justo, tendrías que haber empezado retando directamente a Elkerael.
Pero eso habría roto tus planes, ¿verdad?
Tú solo querías retenerme como un cebo para alimentar a tus diablos y evitar que el maestro se acercara a Minos porque tenía más posibilidades que Halcón y que yo.
Sabías exactamente en qué orden nos íbamos a intercambiar, y eso ya no se puede deshacer, para bien o para mal.
─Encima de tozuda es lista, la condenada… ─murmuró con profundo desprecio─. En fin, está bien. Querido hermano Elkerael, sorpréndeme: es tu turno.