El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 88
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CAPÍTULO 88

Alguien más penetró en el templo por la puerta de atrás.

Eran otros dos nawales , Libia los reconoció por su vestimenta pero también porque ya los había visto en una anterior ocasión.

El primero era un joven con la tez del color del azúcar de caña.

Y tras él iba la traidora más grande de todos los tiempos.

─ ¿Attaegina? ─ dudó.

Atti iba vestida como los nómadas. El desierto había curtido su piel, incluso su expresión, que se mostraba más severa que nunca. Pero la cicatriz de su mejilla y la iridiscencia en sus ojos, esos eran rasgos inconfundibles.

─ Libia, escucha al maestro, por favor ─ le rogó Atti ─ . Tienes que salir de aquí o…

─¿Cómo te atreves? ─le espetó Libia adoptando un tono altivo y distante─.

¿Cómo te atreves a traer aquí a los tuyos, traidora?

¡Ahora soy la suma sacerdotisa de Teff! Tengo poder suficiente para castigar tu traición, ¿sabes?

A una orden mía, todos esos centinelas que esperan fuera del templo se abalanzarán sobre ti y tu… Lo que sea ese.

─Libia, escúchame, por favor. Nabor no es lo que dice ser. ¿Te acuerdas de Epona?

A Libia le resultó doloroso.

─Por supuesto que me acuerdo. Conviví con Epona durante años. ¿Qué sucede con ella?

─Libia, Epona está muerta ─deliberó Atti contundentemente.

Libia sintió que le golpeaban en la cara. Confusa y aturdida negó con la cabeza.

─¿Qué dices? ¿Estás loca o qué?

─Te digo que Epona está muerta. Murió en la noche que tú y yo nos vimos por última vez.

─No puede ser, no…

─Fue entregada a Molok como sacrificio.

─¿Deliras, Attaegina? Por tu culpa Molok destruyó el templo. ¡Todo el mundo lo sabe!

─¡Molok se escondía debajo del templo! ¡Y las doncellas eran su alimento! ─bramó Attaegina, indignada─. El Patriarca, con ayuda de Ibis y Sekmis, le proporcionaba sacrificios a ese monstruo para que…

─No puedo creerte, no es posible que…

─… me entregaron a él, para que me devorase. Pero…

─… una farsante y mentirosa, ¡eso es lo que eres, Attaegina!

─¡Basta! ─se interpuso Halcón. Las dos callaron al instante─. Ahora vámonos a buscar a Minos. Tenemos que detenerlo antes de que…

Las puertas del templo se abrieron. A Libia le recorrió un escalofrío cuando vio entrar al general con una apariencia a medio camino entre el humano y el diablo, con las manos y la ropa manchados de sangre fresca.

Y Elkerael se temió lo que sospechaba. «Yarbha...

», pensó. Minos se quedó mirando a Atti fijamente mientras una sonrisa perversa se dibujaba en su boca negruzca.

A medida que sus colmillos se afilaban y sus córneas se volvían opacas, la saliva chorreaba por su barbilla.

─Por fin, chica ángel… Llevo un rato percibiendo tu dulce olor, solo que no acertaba a dar contigo.

Pero… ─De pronto su expresión cambió. Olfateó el aire con atención y, después, observó a Halcón con gesto amenazador─.

¿Por qué hueles a ella, nawal ? ¡Contesta!

¡¿Por qué hueles a ella?! ¡Solo yo tengo derecho a devorarla!

Halcón quiso responderle cuando un dolor agudo le atravesó el pecho como una flecha incandescente. Acto seguido, el aspecto de Minos mudó en el de la bestia inmunda que era realmente.

─¡Halcón! ─se preocupó Attaegina al ver que se tambaleaba como si perdiera el sentido. Pero Halcón siguió retando a Minos.

─¡No la tocarás mientras yo viva! ─rugió.

Y con su bastón le arrojó una ventisca cargada de arena, pues el espíritu del desierto era uno de sus mayores aliados.

Minos salió catapultado hacia los jardines cayendo justo en el espacio ceremonial que Libia tenía preparado.

Los centinelas, al verlo, corrieron a abordar a los intrusos, pero al reconocer de quiénes se trataba, se quedaron inexplicablemente quietos.

¿Temían a la ira de los nawales ? ¿O habían recibido órdenes expresas de Nabor para no intervenir?

Sin detenerse a averiguarlo, Elkerael trazó un triángulo de luz en el suelo.

Le bastó golpear la tierra con su bastón.

Después, pidió a Halcón y a Attaegina que cada uno ocupara un extremo.

─¡Hay que detenerlo antes de que sea demasiado tarde!

─exclamó. Pero Atti estaba más pendiente de Halcón que de Minos.

¿Por qué notaba ese raro cambio en su expresión?

Ya lo había visto en una ocasión: con los ojos incandescentes, se clavaba los dedos en el pecho intentando paliar el dolor que sentía ahí dentro.

Si le había sucedido con diablos menores, ¿cómo reaccionaría ante uno de tal envergadura?

Halcón le dirigió una mirada para hacerle saber que todo estaba bajo control. Entonces, siguiendo las órdenes de Elkerael, los tres clavaron sus bastones en la tierra. Minos estaba desconcertado, como una bestia sobre la que hubieran echado una red.

─¡Attaegina Mentastro! ─se sumó inesperadamente una voz conocida─. ¡Te desafío!

Todo quedó en silencio. Incluso Minos, al ver aparecer al Patriarca, se serenó un poco.

Atti y Halcón se sorprendieron al encontrarlo tan distinto, mucho más anciano y, además, herido.

Elkerael supo que Yarbha, a pesar de todo, no había podido vencerlo.

También los centinelas se mostraron extrañados al ver a Nabor tan malogrado, aunque era preciso reconocer que continuaba transmitiendo el porte majestuoso de siempre y esa suficiencia que le hacía sentirse por encima del bien y del mal.

─¡Attaegina Mentastro! ─repitió. Y añadió con perspicacia─. Ahora que ya eres nawal , no puedes negarte. Es la Ley.

Atti miró a Elkerael, desconcertada. Era obvio que Nabor les había tendido una trampa. ¿Podrían contener a Minos solo entre dos?

─Me cambio por ella ─respondió Halcón de inmediato. De nuevo se tocaba el pecho y respiraba con agitación. Le dolía, le quemaba… El Patriarca lo miró con una sonrisa condescendiente.

─Ah, me imaginaba… ─dijo, complacido─. Así que tú has sido su maestro, ¿verdad?

─Luego, miró a Elkerael─. ¿Y tú qué opinas, viejo amigo?

¿También te vas a cambiar por tu discípulo?

Recuerda que la última vez casi lo mato.

Pero, si tú aceptas el desafío, ¿crees que los enamorados podrán luchar contra mi heredero?

─¡Padre, por favor! ─rugió Minos─. ¡Quiero comérmela ya! ¡Llevo semanas esperando!

Halcón y Attaegina se miraron desconcertados. ¿Padre? Nabor ignoró deliberadamente las exigencias de Minos y volvió a preguntar:

─Entonces, ¿quién? ¿Quién acepta el desafío?

Pero esa no era la cuestión más preocupante. Había algo más, el Patriarca siempre se guardaba un as en la manga. Mientras tanto, en el interior del templo, Libia había comenzado a pronunciar los nombres prohibidos.

─ Luzbell, Saturnuu, Loki, Istar …

─ ¡Padre, tengo hambre! ─seguía gritando Minos.

─¡No te acerques a ella, diablo! ─lo amenazaba Halcón, desencajado de ira.

─¡Yo lucharé contra ti, Nabor! ─exclamó Elkerael.

─ … Prometeiu , Katul, Plutoh, Enlil … ─seguía recitando Libia. ¿Es que nadie más que Atti se había dado cuenta? ¿Era esa la artimaña de Nabor, generar todo ese ruido, ese alboroto, y despertar al Ángel de la Codicia de forma sibilina, igual que hacía todo lo demás?

─¡Libia, detente! ─le pidió Attaegina sin abandonar su posición, pues no podía salir del círculo hasta que se decidiera quién luchaba contra Nabor, tampoco del triángulo que retenía a Minos.

De repente, Halcón arrojó su bastón al suelo y se encogió sobre sí mismo, dolorido y respirando con dificultad─. ¡Halcón! ¡Halcón! ¿Qué te está pasando?

─… Enki , Anubuh, Yavari, Quetzari …

Minos aguardaba con desesperación el momento en que sería convertido para siempre en el diablo más fuerte de la historia. Después se comería a la chica ángel y su poder se multiplicaría por diez porque, en palabras de Nabor, no era una chica ángel cualquiera. Attaegina era aún más especial.

─… y Keriel ─terminó Libia dando por terminado el decreto prohibido, el más oscuro que se hubiera pronunciado jamás en Nueva Pangea.

El cielo se rajó, partiéndose en dos, y las aguas del Mar Vetusto, de cada arroyo, de los canales que cruzaban Teff e incluso la que manaba de las fuentes, se tiñeron todas del rojo de la sangre mientras una penumbra siniestra se cernía sobre el lugar y sus oídos escuchaban el silencio más estremecedor de todos los tiempos.

Entonces, Nabor sonrió satisfecho. Miró a Minos y añadió:

─Es toda tuya, hijo.

Minos, con la mandíbula abierta hasta sus límites, no perdió ni un segundo para saltar sobre Attaegina, como un depredador que ha esperado pacientemente a su presa oculto en la maleza.

Pero otra bestia se lo impidió interponiéndose entre él y la chica ángel: era Halcón, aunque ya no parecía él mismo.

La calidez natural de su expresión se había vuelto violenta y en las pupilas lucía una siniestra luz del color del fuego. Incluso su piel ardía.

─¡Voy a matarte, diablo! ─le dijo a Minos mientras forcejeaban─. ¡Como la toques, te mato!

─¡Maldito cabrón! ¿Es que la quieres toda para ti?

Attaegina no entendía nada, pero la expresión de Elkerael, que miraba a Halcón con una tristeza irremediable, era más que reveladora.

Cuando los colmillos de Halcón comenzaron a afilarse, cuando el tamaño de su cuerpo aumentó y un par de enormes astas negras brotó de su cabeza, el viejo nawal vio confirmadas sus peores sospechas.

Attaegina creía que se iba a volver loca: las profecías de Calíope empezaban a cumplirse, el Ángel de la Codicia acababa de despertar…

y era nada más y nada menos que el amor de su vida.