El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 87
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CAPÍTULO 87

Nilo ni siquiera pudo responder. Se le acababa el tiempo. Se moría. Un charco de sangre empapaba ya toda su ropa cuando el Patriarca se fijó en un pequeño objeto que sobresalía bajo la camisa del chico y, dando un tirón, sacó de allí el manuscrito de Calíope.

─ No… ─ pronunció Nilo casi sin voz ya.

A Nabor le bastó ojearlo para saber perfectamente de qué se trataba y, asestándole una mirada furibunda, arrojó el papiro al fuego que tenía más cerca: así se aseguraba de que nadie pudiera leer los contradecretos jamás.

Acto seguido se alejó de allí caminando encorvado, con un aspecto humano pero decrépito y muy envejecido, cojeando y con paso achacoso, y lo hizo sin mirar atrás pues, para él, Nilo era una simple pulga. La cuestión de Minos y de Attaegina gozaba de mucha más importancia.

El chico se rindió y se tendió en el suelo junto al cadáver de Yarbha, esperando a la muerte y sintiéndose como un verdadero idiota por no haber sido de utilidad para nadie.

El tiempo empezaba a correr de manera hipnótica, los sonidos se volvían lentos, pesados como el barro, y la cámara de Nabor se veía cada vez más oscura.

Nilo respiraba hondo, con dificultad. Habría deseado poder despedirse de Pantera.

¿Lo habría regañado por su estúpida hazaña suicida?

Ella le había advertido que no debía moverse de la azotea. Pero él…

─ Nilo, estoy aquí ─ susurró la voz de su hermana. Ni siquiera la había sentido llegar, pero sí: era ella. Distinguió su silueta recortada sobre la penumbra que proyectaban las antorchas y tuvo ganas de echarse a llorar.

─¡Pantera! ¡El manuscrito! ¡Me lo ha...!

Pantera lo incorporó muy despacio para poder abrazarlo. Lo besó en la cabeza y le dijo:

─Deja eso ahora. Tranquilo, ya estoy aquí. Te pondrás bien.

─Pero, Pantera… Pensaba que te enfadarías...

¿Por qué Pantera estaba tan tranquila, tan segura de sí misma? ¿Y por qué Nilo sentía que recuperaba las fuerzas de la vida?

─¿Cómo me voy a enfadar? Si eres un valiente. Eres más tocanarices que yo. Por eso vas a ponerte bien, porque tú aún mereces vivir.

Nilo se abrazó aún más fuerte a ella. Hacía mucho tiempo, desde que era un niño, que no se había aferrado a su hermana con tanta entrega. Pantera le hacía sentirse seguro. Todo lo que él estropeaba ella sabía solucionarlo.

─Nilo, escucha: despídeme de todos los demás. Explícales que me habría gustado continuar hasta el final. Pero, al parecer, no puede haber dos panteras negras en el mismo mundo.

─Pero… ¿qué estás diciendo?

En el rostro de la adivina se esbozó una expresión de dolor y Nilo cayó en la cuenta de que ya no sentía la herida de puñal.

Hasta había dejado de sangrar. Entonces, ¿de quién era esa sangre que manchaba ahora sus manos?

Pantera se desplomó sobre él. Su hermosa túnica dorada se había tornado de color rojo oscuro a la altura de su abdomen.

─¡Pantera! ¿Qué es esto? ¿Por qué estás herida?

Pantera le acarició el rostro, tierna.

─Se llama pacto de alma. Mi vida por la tuya, Nilo. Esta noche no morirás.

─¡Pero…! ¡Pero…!

Nilo estaba desesperado. ¡Su hermana se moría en su lugar!

Y él… Él no sabía qué hacer. Su piel se había curado en cuestión de minutos.

Ya no le dolían las entrañas ni las costillas.

Incluso el zarpazo de Minos había cicatrizado ya sobre su hombro, aunque, como correspondía a la herida de toda alimaña, se había convertido en una cicatriz negra que lo acompañaría eternamente.

─Pantera, ¿por qué has hecho esto? ¿Tú sabías que yo iba a morir esta noche?

Ella asintió con la cabeza, despacio.

─Sí, sí… Lo sabía. Te conozco desde que ibas en el vientre de nuestra madre. Siempre has sido sagaz y valiente, más que yo.

─No, no… No más que tú.

─Sí, Nilo. Esta noche has vuelto a demostrarlo. Solo te falta un poco de madurez, de autocontrol. Serás un rival con el que ningún demonio de Nabor querrá cruzarse. Ya verás.

Pantera empezó a toser. Su saliva estaba mezclada con sangre.

─¡Pantera! ¡No! ¡Sin ti no puedo conseguirlo! ¡Tú siempre me has guiado!

Nilo, ahogando un sollozo, le sujetó las manos con fuerza.

─No estarás solo, Nilo. Tienes a Creta y a los demás.

Ahora son tu familia, la familia que nunca tuvimos, ¿recuerdas?

─Nilo rompió a llorar. Pantera prosiguió─.

Cuando Nimeria murió, qué solos nos quedamos...

Soñábamos con encontrar a gente que nos quisiera, que nos aceptara tal y como somos. El Cosmos nos ha escuchado.

─Pero Pantera, tú…

El hermano menor rugió de impotencia y ella enjugó sus lágrimas con las fuerzas que le quedaban.

─Yo ya luché mi batalla para vengar a Nimeria ─le explicó Pantera─.

Y al final, todo salió distinto a como lo había planeado, pero salió como ella deseaba.

Perdoné a Sekmis porque Nimeria me lo pidió.

Esa herida está sanada en mi interior. En cuanto a Nabor…

Sé que acabaréis con él tarde o temprano.

Todo a su tiempo. No te precipites, ¿vale?

─Mataré a ese… diablo.

─Prométemelo, Nilo. No te precipites.

Nilo asintió reprimiendo su rabia.

─Eres lo único que tengo, Pantera ─gimió─, ¡por favor, no te mueras!

─No puedo más…

─¡Perdóname! ¡Perdóname por las veces que te hablé mal! ¡No era mi intención! ¡Tú siempre me has ayudado en todo! ¡Siempre me has cuidado!

Pantera le sonrió. Sus colmillos de oro brillaron como nunca cuando la penumbra de las antorchas se reflejó en ellos.

─Te quiero ─susurró. Nilo no fue capaz de contener un gemido─. Eso es lo único importante…

Los ojos felinos de Pantera se entornaron con suavidad mientras su pecho se aquietaba, deteniéndose su costosa respiración.

La adivina de los acantilados terminaba así sus gestas entre la guerra encarnizada y la belleza de una deidad.

Cuando Nilo comprobó que ya no le latía el corazón al tocarla y sintió su piel fría como la de una serpiente, liberó un llanto desgarrador más doloroso que la herida de cualquier puñal.

Su única hermana, la que prácticamente había sido una madre para él, acababa de abandonar el mundo.

─Nilo, escucha… ─murmuró inesperadamente la voz del viejo Yarbha. Nilo se quedó callado, mirándolo, temiendo que fuera una artimaña de Nabor y su magia oscura. El nawal estaba vivo aún.

─¡Abuelo! ¡Creía que Minos te había matado!

─Escucha, escucha… Un hilo muy delgado y frágil me sujeta de momento a la vida. Pronto me marcharé de regreso al pueblo de los ángeles. Ahora, haz lo que te digo: acerca la mano de tu hermana a la mía. Yo no puedo apenas ya moverme.

Nilo obedeció sin hacer preguntas y, cuando los dedos de Yarbha estrecharon la mano fría e inerte de Pantera, el anciano prosiguió:

─La llevaré conmigo. Si no, tendrás que abandonar aquí su cadáver y no será enterrada precisamente con dignidad. Recuerda que fue la peor enemiga del Templo del Laurel. Así que despídete de ella, chico. Nos vamos.

Nilo abrazó una vez más el cuerpo de Pantera y la besó repetidas veces en la cara y en la frente.

Quería olerla por última vez, guardarse ese recuerdo para siempre, el de su perfume a rosa emperatriz, el aroma que ilustraba sus momentos más felices de la infancia.

No estaba listo para dejarla marchar pero, ¿qué otra opción tenía?

Colocó a Pantera con suma delicadeza en la postura más elegante que supo. Yarbha la tomaba de la mano. Luego se levantó y dio dos pasos atrás. Era el momento.

─Ahora vuelve a casa, Nilo ─le dijo Yarbha agotando sus fuerzas─. Y no te preocupes por el manuscrito. Elkerael sabrá cómo desmadejar esta maraña.

Una luz celestial envolvió los dos cuerpos formando en torno a ellos un círculo luminoso y blanco, y lentamente fueron desapareciendo del suelo de la cámara de Nabor dejando tan solo los rastros de sangre como testimonio de la batalla que esa noche se había librado.

Minutos después, ni Yarbha ni Pantera se encontraban ya allí.