CAPÍTULO 86
En un rincón oscuro de las azoteas de palacio, uno donde la vista de los centinelas se topaba con un ángulo ciego, Nilo aguardaba nervioso con el manuscrito de Calíope escondido bajo la camisa, esperando que no tuviera que ser utilizado.
Los nawales les habían dicho a Pantera y a él que no podían intervenir en la lucha bajo ningún concepto, que era demasiado peligroso.
Daba igual qué vieran o escucharan: la condición era no participar en ninguna contienda.
El chico y su hermana, por mucho valor que hubiesen demostrado en otras ocasiones, no estaban a la altura de batirse en duelo contra ningún demonio.
Solo habían ido para ocuparse de los pequeños contratiempos, para espiar a los soldados y distraerlos si era preciso.
Para explicarles a los demás, si es que llegaban a tiempo esa noche, cuál era el plan a seguir.
En resumen, para ayudar sin dejarse ver.
Nilo, desde su posición, veía la puerta de la cámara de Nabor, la que daba a los jardines.
No hacía mucho que Yarbha había entrado allí con sigilo.
Le impresionaba el aspecto belicoso y rejuvenecido que el abuelo mostraba en esos momentos.
¡Nunca se lo habría imaginado cuando lo vio por primera vez en Caliza!
Ahora estaba muy inquieto. Yarbha no había salido todavía.
Supuestamente, iba a desafiar a Nabor y con toda seguridad ganaría el duelo, pues el abuelo, según le había dicho Elkerael, fue en su momento uno de los mejores ángeles guerreros de la Antigua Pangea.
Se frotaba las manos con ansiedad. « Vamos, Yarbha.
Sal de ahí » , se decía. El sable colgaba de su cinturón.
Pantera le había dicho que no dudara en desenfundarlo si se topaba con cualquier centinela que estuviera haciendo el paseo de ronda.
« Vamos, Yarbha, tú puedes con él, seguro » .
Sí, sabía que a Nabor le quedaba poco, que esa misma noche pagaría con su alma por todos los crímenes cometidos.
Hasta que los planes se torcieron cuando la figura de Minos se abrió paso bajo las copas de los magnolios.
A Nilo le dio un vuelco el corazón y se le secó la boca de nervioso como se puso mientras sus dedos temblorosos se aferraban al mango de su sable. « ¿Qué hago si me descubre? » .
Sin embargo, habría sido de necios pensar que Nilo era algo importante para una criatura como Minos, sobre todo en un momento así.
Hasta él mismo se sintió estúpido por creer que el diabólico heredero lo buscaba para matarlo: el objetivo de Minos era otro, un pez mucho más gordo que se encontraba en la cámara de su padre.
Seguramente, había acudido allí atraído por el olor de los ángeles.
─ ¡Yarbha! ─exclamó el chico tapándose la boca con las manos.
Sobre si Yarbha era capaz de pelear contra esos dos a la vez, ya no estaba tan seguro.
Elkerael había dicho bien claro que al menos eran necesarios tres nawales para someter a una bestia como Molok.
¿Cuántos, entonces, para acabar con Minos, que se había quitado al calamar de encima en un abrir y cerrar de ojos?
Le chorreaba sudor frío por la frente, por la espalda.
Esperó unos minutos. Parecían eternos. No veía a nadie salir de allí.
Entonces, se armó de valor y tomó una decisión.
Una que bien podría ser la última de su corta vida.
Pero no podía dejar a Yarbha solo. No mientras estuviera tan cerca.
Con mucho cuidado de no ser visto, descendió por el muro aprovechando las celosías donde se enroscaban los jazmines.
Era condenadamente hábil, como un gato callejero.
Mientras tanto, todo daba vueltas en su cabeza porque los planes no iban según lo esperado: ¿por qué estaba Minos allí?
Se suponía que aguardaba la llegada de Nabor en el interior del templo.
¿Y qué estaba haciendo Elkerael? Ya daba igual todo, ¡bajaría con su sable y ganaría tiempo para Yarbha!
Cuando Nilo entró en la cámara de Nabor, Yarbha reposaba en el suelo con los párpados entornados mientras Minos, en su apariencia demoníaca, se disponía a clavarle los colmillos en el centro del pecho.
─¡No! ¡Déjalo! ─gritó el chico abalanzándose sobre él. Minos se levantó resoplando con impaciencia. Desenfundó su espada y, en cuestión de tres o cuatro mandobles, desarmó a Nilo, que se quedó pálido, con las manos vacías, sin saber cómo continuar.
─Al muchacho no, por favor… ─gimió Yarbha sin apenas moverse.
Minos se giró a mirarlo. Tenía que escoger rápido o aquel bocado se le escaparía.
Así que eligió quitarse a Nilo de en medio y, sin apenas esfuerzo, lo apartó de un bandazo.
Tanta era su fuerza que el chico salió despedido varios metros.
Después regresó hasta el nawal y, ahora sí, consumó su victoria clavando sus colmillos en el pecho de su rival.
Nilo se quedó paralizado ante esa visión tan horrible: Minos, en su forma demoníaca, bebiéndose el alma de Yarbha, tragando con gula, como si llevara meses sin comer. No solo no había logrado salvarlo, sino que el siguiente sería él. Estaba seguro.
Pero en ese momento sucedió algo que detuvo a esa bestia. Minos levantó la cabeza de repente. Sus ojos se clavaron en el exterior del jardín. Se levantó de inmediato, con mucha urgencia, y abandonando allí el cuerpo moribundo de Yarbha dijo:
─Ya está aquí. ¡La chica ángel ya está aquí! ─ clamaba ─ . ¡Puedo olerla! ¡Y me muero de hambre!
Sin dudarlo un segundo, se dispuso a salir a toda prisa. Entonces Nilo trató de impedírselo de nuevo.
─¡Lucha, cobarde! ─lo increpó─. ¡No te lo voy a poner tan fácil! ¡No pienso consentírtelo!
Ya no le tenía miedo.
─¿A qué esperas, cabrón? ─siguió provocándolo─. ¡Si quieres seguir matando a mis amigos, será por encima de mi cadáver!
Nilo arremetió contra él atacándolo con su sable.
Pero la piel de Minos era dura como el cuero mejor curtido, la hoja apenas le hizo un rasguño.
El chico recordó lo que Lorick le había explicado sobre las alimañas y las armas de plata y dedujo que no tenía ninguna posibilidad.
¡Daba igual! Volvió a intentarlo, aunque esta vez Minos le devolvió un zarpazo en el hombro, una herida mucho más dolorosa que la de cualquier espada.
Y Nilo soltó el sable, ¡sabía que era el final!
Lo había dado todo y, aunque no había servido de nada, moriría como un valiente.
Entonces Minos, inesperadamente, se apartó de él y salió corriendo hacia los jardines con una fijación obsesiva cuando el olor de la chica ángel volvió a remover el aire.
La herida de Nilo sangraba, pero no era profunda ni grave.
Si conseguía curársela bien, viviría. Ahora no podía correr a ayudar a nadie, tan solo buscar a Pantera y el modo de salir de allí.
Al fin y al cabo, Yarbha estaba muerto. Se sintió inútil, torpe, incauto.
Aun así, caminó hacia el cadáver del nawal .
Deseaba besar su frente, rezar por él y por su alma y pedir que el Cosmos lo bendijera.
Cuando llegó hasta su cuerpo, se arrodilló en el suelo en actitud solemne.
Y en ese momento, sin siquiera haberlo visto venir, un puñal le atravesó el costado a traición.
─Siempre molestando, niño ─dijo el Patriarca recuperando su puñal manchado de sangre─. A ver si esta vez aprendes la lección.