CAPÍTULO 85
Por tercera vez, a Libia se le escurrió el cáliz de las manos. Para esta ceremonia tan solo contenía agua, era cierto. Pero había encharcado el altar y tenía que recomponerlo de inmediato. ¿Por qué sentía que algo no iba bien?
Hacía meses que no había vuelto a beber la medicina del Laurel, y toda la que quedaba la había consumido Ibis para realizar sus viajes al Akasha.
Viajes que, estaba segura, le habían costado la vida.
Pero no podía hablar con nadie sobre eso.
En su nueva posición de suma sacerdotisa no podía albergar una sola duda sobre la moralidad de los ritos.
La infidelidad de las religiosas se castigaba con el entierro en vida. Y ella no quería acabar así.
No tenía más opción que continuar adelante, obedecer a Nabor en todo, le gustara más o menos, y ejercer el cargo que con tanto honor Ibis le había legado.
Esa noche temblaba de los pies a la cabeza.
Tenía sudores fríos en las manos y bajo las axilas.
El Patriarca le había encomendado nada menos que pronunciar los trece nombres, por tanto, sería una de las primeras personas que vería al Ángel de la Codicia encarnar definitivamente en el cuerpo de Minos. Le aterraba pensarlo.
En el templo, las discípulas contaban viejas historias de alimañas acaecidas en sus aldeas y lugares de origen.
Recordaba incluso la cicatriz negra en la mejilla de Attaegina.
Todas compartían el reconfortante sentimiento de protección que el régimen de Nabor les proporcionaba.
Siempre creyó que, gracias al Patriarca, los demonios no se atreverían a poner un pie dentro del Imperio.
Hasta ahora: pues ella misma estaba descubriendo con no poca decepción las amistades que Nabor tenía entabladas con las criaturas del infierno.
─No tienes que hacerlo si no quieres, Libia ─le dijo una voz de tono afable y tranquilo. Libia se asustó y volvió a dejar caer el cáliz.
─¿Quién está ahí? ─preguntó retrocediendo. Elkerael, caminando con aplomo, se acercó hasta ella, que se quedó mirándolo atónita al percibir en él cierta familiaridad con Nabor─. ¿Quién eres? ¿Por qué sabes mi nombre?
─Eso ahora da igual, Libia. Hablemos de lo que está a punto de suceder esta noche.
─¿Qué sabe usted sobre eso? ─Y se quedó pensativa─. Ya sé… Usted es un nawal .
─Lo soy. Sí.
─Llamaré a la guardia. Todo nawal ha de ser castigado.
─Adelante, Libia. Llámalos. Hay seis soldados a las puertas del templo. Diles que estoy aquí.
Libia dudó. Elkerael le transmitía una rara sensación de paz que, por cierto, jamás le había transmitido Nabor. Pero era un nawal y, ¡no solo eso! Era uno de los nawales más buscados por el régimen, estaba segura, todo encajaba con la descripción de ese hombre.
─¿Es usted Elkerael? ─El anciano asintió, despreocupado─. ¿Y qué hace aquí? ¿Por qué no me ha matado directamente?
─¿Crees que soy un asesino de sacerdotisas? ─Se rio─. ¿Quién os ha contado eso?
Libia se sintió estúpida. Eran los rumores que corrían entre sus compañeras, rumores alimentados por la gente de las calles sobre lo peligrosos que eran los nawales , unos rebeldes radicales que querían usurpar el trono de Nabor…
Si era sincera consigo misma, Elkerael no le daba en absoluto esa sensación. Aun así, no bajó la guardia.
─¿Qué quiere? Si no se marcha, en cuanto llegue Nabor, los soldados…
─Ahora me marcho, tú tranquila, no padezcas por eso. Solo quiero que pienses bien qué vas a hacer en la ceremonia y por qué. ¿Quieres ser partícipe del fin del mundo?
─¿Cómo se atreve? El Patriarca no desea el fin del mundo. Él tan solo se está anticipando para mantener a salvo su imperio. Si Nabor XIII consigue doblegar al Ángel de la Codicia, entonces mi pueblo no correrá peligro.
─Claro que no. El peligro será para el resto de pueblos de Nueva Pangea que no quieran someterse por las buenas al régimen de Nabor. ¿O es que no has escuchado lo que sucedió en el desierto, hace unos días? En el mercado todo el mundo habla de eso.
Libia estaba incómoda porque sabía que no tenía argumentos para responder. Sabía que los hombres habituales de Minos habían sido ejecutados por desertar. A parte de eso, ignoraba lo demás.
─Minos arrasó un pueblo entero hace unos días: mujeres, niños, ancianos… Nabor también quiere el desierto. Minos se lo conseguirá. ¿De veras quieres contribuir a darle más poder a ese desalmado?
─Minos es el heredero de Nabor ─le espetó Libia intentando poner fin a esa conversación─, y yo he de servirle como suma sacerdotisa.
─Entiendo… Vale, Libia. Está bien. Si es lo que decides… Ahora, entrégame a los soldados. Vamos, termina con esto y no te molestaré más.
─Márchese usted mismo. Por la puerta de atrás.
Libia no se atrevía a cruzar su mirada con la del anciano porque sabía que se conmovería. ¿Cómo iba a entregarlo a la muerte sin más?
─¿Por qué no vienes tú también, hija? ─le ofreció el anciano─. Vamos: acompáñame. Mis amigos te protegerán y te sacarán de Teff para que Nabor nunca pueda encontrarte.
─¿Es que no se da cuenta? ¡Trato de ayudarle! ¡Váyase de una vez! ─Elkerael se cruzó de brazos. No parecía dispuesto a moverse. No tenía miedo. Libia prosiguió─. Me ha costado mucho ascender a este puesto, ¿cree que voy a renunciar ahora? Toda mi vida esta aquí.
─Ahora es la ocasión, precisamente. Si esperas, Nabor irá asignándote cada vez más cargas.
Acéptalo todo y llegará un día en que no puedas decirle que no.
Piénsalo, Libia, ¿de veras quieres tener algo que ver con la reencarnación del Rey de los Diablos?
¿Cómo te sentirás en un futuro, cuando esa bestia cometa una atrocidad detrás de otra?
Toda la sangre que él derrame, también manchará tus manos.
Libia bajó la cabeza. Era consciente de que de ella dependían muchas cosas para bien o para mal del mundo. Aparte de Nabor, solo ella era apta para pronunciar los trece nombres. Solo ella tenía en su poder la capacidad de despertar al peor diablo de todos los tiempos… Pero, ¿quería hacerlo?
─¿Eres conocedora de lo que, tarde o temprano, tendrás que pagar al Cosmos por despertar a esa criatura de los infiernos?
─¿Cómo? ─La pregunta de Elkerael le dio miedo.
─Libia, se trata de hechicería muy oscura, casi prohibida.
¿Por qué crees que Nabor te ha insistido tanto en que lo hagas tú?
Te ha hecho sentirte muy importante, ¿verdad?
─La joven se avergonzó porque la respuesta era evidente.
Nabor le había dorado los oídos repitiéndole una y otra vez la magnífica sacerdotisa que era y el futuro brillante que le esperaba si continuaba así.
Elkerael continuó─: Él tiene capacidad de sobra para leer esos nombres, pero no quiere asumir más deudas álmicas, que por cierto, tiene unas cuantas pendientes...
─¿Conoce usted el castigo que se da a las sumas sacerdotisas por traición?
─No me hace falta, aunque me imagino algo típico del gobierno de los Patriarcas. Es decir, cruel, violento. En fin, ¿qué más da? Márchate conmigo y te prometo que nunca sufrirás dicho castigo.
─¡Nabor está a punto de llegar! ¡Márchese, se lo ruego! O me meterá a mí en un lío.
Elkerael decidió no presionarla más y se dio la vuelta para irse ignorando qué haría Libia finalmente.
Pantera le había sugerido sumirla en un sueño profundo para mantenerla fuera de combate durante esa noche.
Aunque no serviría de nada, ya que Nabor también conocía los trece nombres.
¿Por qué entonces había compartido esa información con la suma sacerdotisa en lugar de quedársela para él solo?
─Solo dime una cosa antes de que me vaya, Libia.
─Eso depende. ¿Qué quiere ahora?
─Ya que tú no puedes renunciar a tu compromiso voluntariamente, déjame al menos a mí evitar que tengas que enfrentarte a ese momento.
Si me ayudas ahora, arruinaré el plan de Nabor y todo terminará sin necesidad de que te veas obligada a despertar a la bestia.
Nadie podrá decir nunca que fue culpa tuya.
Eso la convencía más. No ponía en entredicho su estatus ni su fidelidad al Patriarca, tan solo su valentía y su integridad, pero eso no lo sabía nadie más que ella.
Libia se sintió patética, indigna... aunque parecía una buena opción.
Elkerael le inspiraba confianza. Emanaba una bondad angelical.
«¿Dónde he visto yo unos ojos como los suyos? », se preguntó.
─¿Dónde está Minos? ─le preguntó el nawal . Libia, mirando al suelo con cierto sentimiento de culpa, respondió:
─Afuera, sentado junto al fuego ceremonial. Dice que el fuego le…
─No, Libia. No está ahí. Al menos, yo no me he cruzado con él.
Libia se desconcertó.
─¿Cómo que no? El ritual está a punto de comenzar... ¡Tendría que estar ahí!
Elkerael negó con la cabeza. Entonces, tuvo un mal presentimiento. A pesar de todo, Yarbha le había dicho que no acudiera en su ayuda, que se ocupara de su parte del plan a toda costa.