El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 84
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CAPÍTULO 84

El cuerpo de Nabor, ungido en aceite de argán, relucía como una estatua de bronce.

Su desnudez ponía de manifiesto la eterna juventud pues, exceptuando su pierna lisiada, la que perdió luchando contra Molok, cada parte del resto era anatómicamente perfecta.

Posiblemente sus esclavos personales, lo que se dedicaban a masajearlo y bañarlo antes de las ceremonias, también se hicieran preguntas sobre la edad verdadera del Patriarca, aunque jamás las expresaban en voz alta.

Esa noche era importante. Bueno, más que importante.

Era clave. Era la noche de la ceremonia que marcaría un cambio de era, la que haría que las profecías de Calíope al fin tomaran forma para bien de unos y mal de otros muchos.

Los esclavos lo vistieron con su mejor túnica y sacaron brillo a su máscara de oro más portentosa.

Y cuando Nabor estuvo listo, les pidió que se retirasen.

Solo entonces se dio cuenta de que no estaba solo en su cámara.

─ Nabor, te desafío ─ dijo una voz que le resultó extrañamente familiar. Junto a la puerta que daba a los jardines, la silueta de un joven le cerraba el paso con actitud firme.

─ ¿Te conozco? ─ preguntó el Patriarca. En cualquier circunstancia habría sido sarcástico, casi se lo habría tomado a broma. Pero ese joven, quien fuera, le pareció peligroso. Y no solía encontrarse con nadie peligroso. Por si acaso, se aseguró de llevar su puñal bajo el cinturón.

─Claro que me conoces, desde hace más de mil años ─respondió el intruso mostrándose a la luz: parecía un guerrero, con el torso desnudo y lleno de cicatrices, aunque por el bastón de luz que portaba en una de las manos, sin duda, debía tratarse de un nawal .

Uno con los ojos de otro tiempo y de otro mundo…

Nabor ahogó una exclamación al reconocerlo:

─¿Yarbha? ─titubeó. Pero Yarbha en nada se parecía ya al anciano enjuto y pequeño que había pasado siglos dormido en la tranquila casa Mentastro.

Todo lo contrario: su apariencia era la de un joven ángel de aspecto imponente, con la cabeza afeitada.

La musculatura de los hombros y su afilada expresión le daban un aspecto marcial y sabio al mismo tiempo─.

Yarbha, ¿cuándo despertaste? Llevaba siglos sin saber de...

─¡Responde, Nabor! ─lo interrumpió aquel, tajante─. Te he desafiado.

Nabor empezó a enfurecerse. ¡Eso sí que no entraba en sus planes! Ni siquiera lo había notado llegar. Y ahora, mientras lo esperaban en el templo para comenzar el ritual, no tenía más remedio que aceptar el desafío de uno de los ángeles más fuertes de su generación. Era la Ley.

─Está bien ─respondió con rabia─. Tú verás hasta dónde quieres llegar.

Yarbha, sin vacilar, con su bastón de luz golpeó el suelo. Tres veces. Entonces, se dibujó alrededor de ellos el círculo que definía el área de combate. La cámara de Nabor era lo bastante grande como para prestarse a ello.

─¿Qué has hecho con mis centinelas? ─preguntó el Patriarca claramente molesto por aquella visita inoportuna.

─Duermen por los rincones de tu jardín. ¿Qué esperabas? ¿Que los matara? Te recuerdo que son humanos.

Y Nabor sonrió con perfidia:

─Precisamente…

En sus manos apareció también un bastón de luz, pero esa era turbia, mortuoria. A diferencia de él, una luminosa aura blanca envolvía a Yarbha.

─Normalmente empieza siempre el más joven ─propuso Nabor─, pero entre tú y yo no hay distinción de edad ni de estatus. Vamos a tener que decidirlo…

Yarbha no esperó a que terminara la frase. Su bastón despidió una gran llamarada blanca y la arrojó directamente a Nabor, que recibió todo el impacto sin siquiera tener tiempo para cubrirse.

─Yo ya lo he decidido ─respondió Yarbha caminando hacia él a medida que aumentaba la intensidad del fuego─.

Empiezo yo y acabo también yo, pues este no es un desafío corriente entre dos nawales .

Esto es un juicio. Y mi misión hoy es venir aquí para que cumplas, de una vez por todas, la Ley.

─El Patriarca intentó contraatacar, pero Yarbha reaccionó a tiempo envolviéndolo en llamas, arrancándole a su rival un aullido de dolor─.

El mundo está harto de tu lengua de serpiente, de tu arte para el engaño, de tus artimañas para beberte la vida de todo cuanto te rodea.

Esta noche vas a pagar por todos tus crímenes, por todos los pactos que has hecho con la oscuridad.

Nabor se quemaba en el fuego blanco de Yarbha.

Gritaba desesperado y hasta soltó su bastón, que cayó al suelo con la forma de una rama negra, seca y chamuscada.

Esta vez no sabía cómo salir airoso de aquel entuerto.

Mientras tanto Yarbha, a solo unos pasos de él, mantenía la intensidad de su invocación decretando con firmeza:

─Ordeno que cada contrato que has firmado con las fuerzas oscuras hoy quede vencido. Que así seas negado de todos los privilegios que gracias a ellas conseguiste, de todos los poderes sobrenaturales que se te prestaron para servir al mal.

El Patriarca se quemaba. Ardía entre dolores que retorcían cada rincón de su cuerpo. Yarbha continuó:

─Ordeno que pagues el precio justo por cada vida que has arrebatado, que cese el permiso para rejuvenecer tu cuerpo sin consecuencias. Ordeno que hoy luzcas tu apariencia real al mundo, que tu cuerpo físico se degrade como debiera.

─¡Eso es trampa! ─rugió Nabor señalándole con el dedo─. ¡Tú eres joven!

─Hoy soy joven porque lucho en nombre del pueblo angélico.

Es el privilegio que se me ha concedido para igualarte en condiciones: un cuerpo sano, fuerte y a la altura de un diablo como tú.

Pero tú tienes una deuda que no creo que puedas pagar en toda una eternidad.

El Cosmos hoy te condena a purificarte en los soles.

Solo el fuego divino podrá limpiar toda la maldad que has cometido.

Tal vez así puedas regresar algún día al pueblo angélico.

Del malogrado cuerpo de Nabor empezaron a separarse siluetas de textura fantasmagórica.

Siluetas que habían pertenecido a cada doncella que había sido sacrificada a Molok, como Epona…

Yarbha sintió una inmensa compasión por todas ellas, pero sabía que otros ángeles las guiarían al lugar que les correspondía.

Esa no era su tarea aquella noche. No podía distraerse.

─¿Por qué traicionas a uno de los tuyos? ─le preguntaba Nabor en tono suplicante─. ¿No ves que nuestra raza es superior a la humana? ¡Ellos son una plaga asquerosa! ¡Destruyen todo lo que tocan!

Yarbha no cedió. Su gesto era severo a la vez que tranquilo. Luego respondió:

─Tú no eres uno de los míos. Recuerda, te vendiste.

Tú eres un ángel caído. Ya no tienes alma.

Los humanos tan solo se vuelven destructivos por culpa de ángeles caídos y diablos que parasitan sus corazones.

El problema es que, si los has conocido en su pureza, antes de ser corrompidos, te habrá dado miedo, incluso envidia, el poder que pueden llegar a tener.

Su fuerza es la ternura, la misericordia, la alegría.

Por amor, incluso en esos cuerpos tan vulnerable que dices que poseen, pueden sobrevivir sin comer ni beber durante días.

Por fe, arriesgan incluso la vida y son capaces de obrar milagros.

Nabor se alejaba cada vez más de su apariencia humana.

No solo envejecía décadas, sino que su piel se había vuelto fría y resbaladiza, sus mandíbulas se retraían, crecían sus colmillos, y sus dedos se convertían en garras.

Garras que arañaban el suelo por cada sacudida de dolor que las llamas blancas de Yarbha le provocaban.

En medio de su espalda, dos alas membranosas luchaban por desplegarse para echar a volar.

En verdad su aspecto era ya el de un diablo consumado.

─¡No puedes hacerme esto, Yarbha!

─Se acaba nuestro tiempo, tanto el tuyo como el mío.

Pero no me iré de aquí sin llevarte conmigo.

Tu maldad se ha sostenido durante cientos de años mientras prorrogabas las represalias una vez y otra, haciendo tratos con entidades del infierno y pagándolas con vidas inocentes.

Hoy abandonarás de una vez tu cuerpo físico, y tu alma, o lo que quede de ella, será juzgada al fin.

─¡Te has vuelto impuro, como ellos! ─gruñía el Patriarca encogido sobre sí mismo─. ¡Estás contaminado con su hedor y con su estupidez!

Nabor se veía indefenso, malherido, incluso suplicante. Yarbha le dio otro golpe de fuego y dijo:

─Solo cuando conocí de verdad a los humanos , cuando me acogieron como a uno más y me di cuenta de qué cosas eran capaces, supe que los ángeles no habíamos venido aquí para gobernarlos, sino para construir un mundo nuevo junto a ellos y continuar aprendiendo.

Pero tú nunca te dejaste enseñar. Te enrocaste en tu posición de líder, en la de un padre tirano que basaba el respeto de sus hijos recordándoles siempre lo mucho que le debían y lo cara que costaba la desobediencia.

Y el ansia de poder fue pudriendo tu espíritu mientras los usabas como herramientas para conseguir tus fines, como pasto para los diablos que, a cambio, te hacían favores.

Si alguna vez hubieras amado, aunque solo fuera a una de las mujeres de las que abusaste, si alguna vez hubieras tomado en brazos a alguno de tus muchos hijos bastardos y hubieras sonreído, embelesado, solo por notarlo respirar, solo por verlo existir, habrías comprendido en qué consiste ser poderoso.

¿Es que no entiendes que todos ellos, esos humanos a los que desprecias, son los hijos de nuestros hermanos?

─ La respiración de Nabor se sentía asfixiada, forzosa ─ .

Sus ancestros son nuestros ancestros. Pero mírate: llevas mil años de vida en la tierra y todavía no has comprendido nada.

─ Yo no puedo morir. Yo no… Yo no…

─ Se acabó, Nabor. Ha llegado tu hora. Que en los soles te purifiques y que el Cosmos te envíe al lugar que te correspon…

Se quedó a medias. Alguien se acercaba a través de los jardines. Yarbha sintió una presencia que sembraba la muerte por donde pisaba. La cámara se sumió en un silencio siniestro, la luz adoptó un matiz aciago, y el olor inconfundible que desprenden las bestias invadió el aire.