El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 83
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CAPÍTULO 83

Fue imposible dormir aquella noche. Se tumbaron bajo el techo de la tienda.

Se cogieron muy fuerte de la mano, pero Attaegina y Halcón estaban inquietos, atrapados en la tristeza, con los ojos abiertos como platos, sin atreverse a cerrarlos ante la amenaza de que esas criaturas de ultratumba que Kafaum había mencionado regresaran por allí.

Habían trazado un escudo protector en torno a su campamento y, a varios metros de distancia, el fuego ceremonial que habían prendido para honrar el alma de los difuntos aún fulguraba. Lo haría hasta el amanecer. Su luz les hacía sentir que el mundo no era tan inhóspito.

─ ¿Qué te dijo Kafaum? ─ le preguntó Attaegina a Halcón, en voz baja, acariciándole el hombro. Halcón tomó aire y se lo contó. Todo.

─ Y yo que pensaba que Minos era solo un soldado más… ─ rumió Halcón.

─ Es él. Es el Ángel de la Codicia. Estoy segura. Es el hombre de quien habla Calíope en sus profecías. Ya está aquí…

Halcón se quedó pensativo. Atti prosiguió:

─Tengo la sensación de que Nabor ha sustituido a Molok por ese otro diablo que, según dicen, es hijo suyo.

─Eso es muy probable. Con Molok solo podía llevar a cabo conquistas por mar.

Pero Minos puede llegar a cualquier rincón, según parece.

Y a juzgar por el testimonio de Kafaum, debe de ser aún más despiadado que el calamar.

Sin embargo, hay algo que no me cuadra… ─Se incorporó y, sentado con las piernas cruzadas, hundió un dedo en la arena mientras hacía conexiones─.

El ataque ha sucedido muy cerca de nuestra ruta.

Y hace semanas que todos los demonios de la arena saben que tú y yo estamos aquí.

Minos debería de saberlo también. ¿Por qué no vino directo a por nosotros?

La voz insidiosa de Enok resucitó por un momento en la mente de Attaegina, « cualquiera se atreve con él, si cuando era un niño acabó con uno de los gordos, un demonio de arena de los viejos...».

─Porque te teme, Halcón. Me lo dijo Enok, ¡todos ellos te temen!

También te odian. Y creo que… ─Halcón no entendía nada.

¿Qué más sabía Attaegina que no le había contado?

─. Vas a pensar que me he vuelto loca, pero creo que eres tú quien está destinado a vencerlo.

No me preguntes cómo lo he llegado a saber.

Halcón asintió, imperturbable, rígido. No mostró sentimiento ni reacción algunos, ni resignación ni miedo ni asombro.

Las palabras de Atti habían manifestado exactamente lo mismo que él llevaba sospechando desde niño.

Todo lo que Elkerael y su madre le ocultaron siempre.

Tenía que ser así, por fuerza, ¿cómo si no?

─Quizás tengas razón ─le respondió─. Por eso tenemos que llegar a Teff cuanto antes, para que ese diablo no continúe devorando a nuestras tierras y a nuestra raza.

Sin embargo, sigo creyendo que, por algún motivo, Nabor quiere vernos a ti y a mí.

De hecho, Enok te dijo que tenía prohibido matarte.

Y Minos, ¿por qué, si no, ha evitado cruzarse en nuestra ruta?

Es obvio que solo quería hacernos una advertencia, darnos un toque de atención para que sepamos que anda cerca y que espera respuesta.

Si no acudimos a su llamado, seguirá masacrando a las tribus, una por una.

No hay más que ver la barbarie que ha cometido con los saptis .

Attaegina guardó silencio. Se acordó de Nasha, de su nieta Farah… Seguramente estaban muertas. ¡No quería ni imaginárselo! ¿Y si esas bestias llegaban a Caliza? ¿Cómo se defenderían su padre y sus hermanos?

─Acabaremos con Minos ─sentenció─. Elkerael, el abuelo Yarbha, tú y yo.

Halcón suspiró con hastío y se levantó, empezando a caminar de un lado a otro, nervioso.

─¿Entiendes por qué nunca quise que salieras de Caliza? ─dijo en tono molesto─. ¡Maldita la hora en que nos conocimos! ¡Nunca tendría que haber pasado por aquel altozano!

Y dio una patada a la arena para ahogar su rabia. Attaegina, sin moverse de donde estaba, mantuvo la calma. Mas cuando Halcón se dio la vuelta y la miró, se sintió avergonzado. Rápidamente, llegó hasta ella y se arrodilló para ponerse a su altura. Entonces le acarició el rostro con delicadeza.

─No quería decir eso ─se retractó─. Perdóname, Attaegina, ¡lo siento! Pero…

Attaegina lo besó dulcemente.

─Yo sé lo que sientes ─le susurró al oído mientras lo abrazaba─. Pero no tienes que disculparte. Una carga tan grande puede llevarse mejor entre dos.

─¿Escuchaste a Kafaum, sus últimas palabras? Dijo que tenía miedo de que esas alimañas mataran a su familia, a su mujer. Eso lo aterraba más que morir. Pues bien: yo estoy amedrentado. Solo de imaginar que esos diablos puedan hacerte daño, a ti… Yo… Si eso ocurriera, abandonaría este mundo.

─¡No digas eso!

Halcón la tomó de las manos y se las puso sobre el pecho. El color dorado de sus ojos pareció haber perdido su resplandor. El temor los ensombrecía.

─Lo haré. Si mueres en esta enmienda, me voy contigo. Lo prometo.

─No moriremos, Halcón. Ninguno de los dos. Aún tenemos que casarnos.

El nawal la abrazó fuertemente contra su cuerpo, besando su cabello una y otra vez.

─Soy afortunado, Cosmos… ─murmuraba─. Pues, ¿quién soy yo para merecer el amor de un ángel?