El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 82
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CAPÍTULO 82

Halcón y Attaegina llevaban días cruzando el desierto para regresar a Teff cuanto antes.

Si no se cruzaban con ninguna tribu que necesitara de sus servicios, llegarían a la capital del Imperio en menos de una semana.

Avanzaban rápido y sin hablar, deteniéndose solo cuando era necesario.

Atrás habían quedado el oasis y esa tienda maravillosa que había sido testigo silencioso de su unión sagrada.

Lo habían dejado todo allí para devolverlo a los beresh , que tarde o temprano transitarían por aquel lugar y recuperarían lo prestado.

Tan solo viajaban con cuatro dromedarios transportando lo justo: agua, comida y forraje. Las noches eran frías pero las desafiaban sin problemas. Attaegina soñaba entre los brazos de Halcón y él la besaba hasta caer rendido.

En verdad el desierto había ayudado a Halcón a sentirse mejor, más tranquilo y menos angustiado.

Atti lo observaba a menudo sin que él se diera cuenta.

El nawal volvía a sonreír, a bromear y a jugar, igual que cuando se conocieron, cuando se comportaba como un niño travieso.

Hasta que un día, nada más despertarse, se llevó una mano al centro del pecho.

─¿Qué pasa? ─le preguntó Attaegina levantándose de inmediato. Ella también lo notaba.

─Algo muy oscuro se está acercando hoy al desierto.

Una tormenta de arena empezó a levantarse en cuanto reanudaron la ruta.

El sol irradiaba un brillo cetrino y todo parecía haberse vuelto de un raro gris oscuro.

Sucio, pardo. Aun así avanzaron durante horas concentrados en el camino, luchando por no perder el rumbo, cubriéndose el rostro con sus turbantes.

Cuando los vientos cesaron y volvieron a tener visibilidad, ya casi estaba atardeciendo.

Detuvieron la caravana y, sin apenas mediar palabra, empezaron a montar el campamento como siempre: los dromedarios, las tiendas, la lumbre...

Justo entonces Halcón subió hasta una duna cercana, a la más alta, para otear el horizonte antes del ocaso cuando sus ojos de rapaz divisaron algo. Algo que era terrible.

─¡Attaegina! ─gritó─. ¡Attaegina! ¡Corre!

─Pero, ¿qué hacemos con...?

─¡Déjalo todo! ¡Corre!

Ella no hizo preguntas y, cuando llegó hasta allí, lo vio también: había cuerpos tendidos sobre el suelo, cadáveres de nómadas esparcidos por encima de la arena con signos de haber librado una batalla brutal.

Entonces ahogó un grito y se tapó la boca con las manos al reconocer la vestimenta tradicional de los saptis .

─Vamos ─la instó Halcón sin perder un instante─. Tenemos que comprobar si queda alguno con vida.

Attaegina tuvo una sensación aciaga, como si el miedo se hubiera imprimado en el aire haciéndolo más pesado de respirar.

A medida que se acercaban al lugar de la tragedia, por cada vez que ponía un pie sobre la arena, recibía imágenes sueltas, fragmentos inconexos de una masacre bárbara, alaridos desesperados, punzadas de dolor.

─ Tú ve hacia ese lado ─ le dijo Halcón ─. Yo revisaré los otros.

Al decir «los otros» se refirió a la mitad de los muertos.

Sí: así era el mundo fuera de Caliza, fuera de un oasis.

Attaegina, deshaciéndose en lágrimas, comenzó la funesta labor de buscar supervivientes, pero todos, sin excepción, habían caído.

Identificó a los hombres que le habían dado de cenar la primera noche como a una invitada de honor, y también a los que bailaron para sus mujeres cuando regresaron al poblado sapti tras dos meses cruzando el desierto de un extremo a otro.

Aunque, a decir verdad, era una proeza reconocerlos en esos rostros magullados, aterrados, suplicantes…

Resultaba fácil suponer que todos habían muerto entre dolores terribles, con heridas grotescas que superaban con creces la crueldad de cualquier enemigo humano.

─¡Attaegina! ─la llamó Halcón de pronto─. ¡Ven, rápido!

El nawal había encontrado a un hombre vivo, pero estaba tan malherido que incluso incorporarse le provocaba un sufrimiento insoportable, así que lo dejó tumbado sobre la arena.

Cuando Atti se acercó reconoció a Kafaum, el guía de los saptis , el mismo que la había acogido en su casa como a una hija más, ahora herido de gravedad con un arma blanca ensartada debajo del pecho.

─¿Quién os ha hecho esto? ─le preguntó Halcón en la lengua del desierto─. ¿Estabais en guerra con otra tribu?

─Ha sido Nabor XIII ─murmuró Kafaum. El mero hecho de hablar era una tortura en su estado, sin embargo continuó─: Nunca antes sus ejércitos se habían atrevido a entrar en nuestros territorios, pero lo que nos ha enviado hoy no es un ejército corriente.

─¿Quieres decir que no eran humanos?

Kafaum negó con la cabeza.

─No… Eran fantasmas, nómadas fantasmas todos ellos, y su capitán, una criatura del infierno, la peor alimaña que hayas visto, igual de feroz que una jauría de chacales. Un diablo al que llaman Minos…

─¿Minos? ─se sorprendió Halcón. Attaegina también se acordó de aquel soldado que, en apariencia, los había dejado escapar pacíficamente de Heimkel.

─Los saptis hemos sabido que es hijo de Nabor, y también es su heredero. Pero es que no te lo puedes imaginar, Halcón. Esa criatura es una abominación. No creo ni que podáis someterlo entre varios nawales .

Atti no comprendía sus palabras, pero intuía que no eran buenas noticias. En ese momento, Kafaum empezó a toser sangre. Ella le limpió la barbilla tratando inútilmente de darle algún consuelo. Entonces, el líder de los saptis emitió un triste sollozo.

─Tengo miedo ─dijo─. Nuestras familias están en el poblado. Nasha estará allí, aterrada... Y no pudimos detenerlos. No pudimos…

Halcón apretó los puños con rabia, pues sabía que no había muchas esperanzas para aquella tribu que, seguramente, a esas alturas ya habría sucumbido a la ofensiva de Nabor.

Attaegina no entendía lo que hablaban, pero siguiendo a su intuición, sujetó las manos de Kafaum con tanta dulzura como firmeza. Y él, reconfortado, la miró y sonrió.

─Entonces, ¿ya se lo has pedido? ─le preguntó al nawal mientras los estertores de la muerte se entremezclaban con su respiración. Halcón asintió, roto por dentro─. ¿Y qué te respondió? ¿Se casará contigo?

Halcón afirmó con un gesto, esforzándose por no llorar.

─Bien, bien… Has elegido a una buena mujer. ─Cogió aire de nuevo. Cada vez le costaba más─. No dejes de ser un buen esposo para ella.

─Así lo haré.

Kafaum cada vez perdía más sangre. Halcón sabía que solo era cuestión de esperar.

Pero Attaegina se negaba a dejarlo marchar sin más: por pocos minutos que le quedaran, deseaba hacérselos transitar sin agonía.

Así que, guiada por su naturaleza, le colocó una mano en la frente y sobre ella trazó el símbolo del Primer Ángel.

Tres veces. En el acto, el rostro de Kafaum se relajó.

Estaba más muerto que vivo, pero nada ya le dolía. Y la observó, atónito:

─Ah, ya entiendo… Un ángel…

Esa vez incluso Kafaum las había visto: las alas blancas de Attaegina lo habían arropado durante sus últimos momentos acolchando el peso de su cuerpo malherido, regalándole la ligereza del rocío fresco mientras su corazón latía por vez última.

Halcón, por su parte, la observaba estremecido.

Si intentaba abrir la boca para decir cualquier cosa, se conmovería.

─Habrá que darles sepultura ─se adelantó Attaegina con una templanza loable. Halcón se enjugó los párpados, tragó saliva y respiró hondo. Solo cuando se sintió más entero, respondió:

─Lo mejor sería quemar los cuerpos para que los diablos de la arena no los devoren ni se los apropien. Pero no tenemos leña ni combustible suficiente.

─¿Entonces?

─Agruparemos los cadáveres en el interior de un círculo de protección y los enterraremos. El sol y la arena harán el resto.

Durante toda la noche, Atti y Halcón arrastraron los cuerpos sin vida de los saptis hasta el círculo sagrado.

Era tanto el dolor cuando colocaban allí a cada uno, tanta la ira, la tristeza y la impotencia, que el mundo en ese instante se les antojó más oscuro que nunca.

Les dolían los brazos y la espalda de tanto cargar pero, ¿qué era eso comparado con la tragedia de morir sin haber podido defender a la tribu?

Probablemente ya no existía ningún sapti , pues ninguno quedaría con vida ya si Minos y sus tropas habían arrasado el poblado con la misma crueldad con que habían aniquilado a sus guerreros.

─Esperaba que no tuvieras que aprender esto tan pronto ─le dijo Halcón cuando terminaron de poner a todos en el interior del círculo─. Hoy te enseñaré a pronunciar los decretos fúnebres. Bendeciremos sus almas para que el Cosmos las acoja de nuevo y les dé paz y descanso.

Atti asintió, callada, y sin moverse del lado de Halcón escuchó sus palabras sagradas, que se derramaron como un bálsamo refrescante sobre la herida infecta de la tragedia.