El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2) CAPÍTULO 81
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CAPÍTULO 81

Attaegina se despertó algo después del amanecer con la luz de un sol todavía tibio.

El aire fresco de la mañana penetraba suave en la tienda, ondulando las telas y meciendo las guirnaldas que colgaban de las vigas.

Las noches de otoño en el Desierto de Sari eran frías, pero el cuerpo de Halcón, ardiendo como el verano, la había mantenido resguardada.

Arrebujada entre sus brazos, sentía su respiración en calma mientras observaba su pecho llenándose de aire y vaciándose después, una y otra vez, al compás de un sueño todavía profundo.

« Su pecho » , pensó. « Pero, ¿qué es lo que tiene ahí que le duele tanto? » .

Se incorporó tratando de no despertarlo y lo observó con atención: ni rastro quedaba del sello de protección.

En su lugar, la piel estaba irritada, marcada por algún que otro arañazo que él mismo se hacía de tanto rascarse.

Luego se detuvo a verlo dormir: un rostro como aquel, colmado de tanta paz, jamás podría ser el del hijo de un diablo.

« ¿Todavía estás con eso, Atti? », se dijo.

Halcón representaba la viva imagen de un espíritu libre y bueno, siempre alegre, tan natural como el suceder de las estaciones.

Pero ella sabía que arrastraba una carga: la de ser luz en la oscuridad cuando llegaran tiempos oscuros…

«Pues que vengan esos tiempos. Yo me quedaré a su lado, duren lo que duren».

Hacía horas que el incienso ceremonial se había apagado y el té de hierbabuena había perdido su dulce aroma, pero el olor de la piel de Halcón seguía conteniendo esa mezcla de exotismo que embriagaba el olfato de Attaegina.

Sin poder resistirlo, empezó a besar su pecho, como si pudiera curarlo así de sus dolores y de todas sus condenas.

Entonces el nawal se despertó y, al encontrarla junto a él, semidesnuda, sonrió.

─Deben de apreciarme mucho por el cielo para enviar a un ángel a que me despierte ─murmuró.

Sus labios buscaron los de Attaegina y bebieron en ellos de nuevo, sintiendo que saciaban una sed añeja.

La rodeó con sus brazos y acarició su cabello, luego su espalda, de arriba abajo, y después reposó el abdomen sobre su hermoso vientre curvo de mujer.

Se amaron durante toda la mañana sin importarles qué hora fuera, pues era el día que hacía once, la jornada de descanso sagrada para todo nawal .

Y más tarde, bien entrado el mediodía, se bañaron en las fuentes.

Jugaron a empujarse, despreocupados, pasando por debajo de los chorros que se vertían helados desde las rocas y gritando de impresión cuando les caía el agua sobre la cabeza, riendo igual que aquella tarde junto al río, bajo las semillas de los chopos, cuando se besaron por primera vez.

Si Attaegina, por aquel entonces, hubiera tenido una premonición y se hubiese visto en tales circunstancias con ese mercader llegado de tierras lejanas, se habría vuelto más que loca...

Después de bañarse prendieron una hoguera para cocinar porque estaban hambrientos.

Halcón elaboró pan ácimo según la receta de su tribu, asándolo sobre las ascuas, y se lo mostró a Atti para que aprendiera ella también.

Luego bebieron té de hierbabuena y regresaron a la tienda para refugiarse del sol picajoso de la tarde.

Él durmió siesta. «Por todos los días en que no podré dormirla a partir de mañana», se excusó, y Attaegina se tumbó a su lado.

Pero no pegó ojo. Y es que no era capaz de silenciar su mente.

Ese día sentía que algo que no identificaba del todo había cambiado.

En realidad, lo había sentido en el momento en que Halcón entró en ella por primera vez.

Era como si alguna memoria pasada, no sabía bien cuál, hubiese despertado de un largo sueño.

Estaba convencida de que sus destinos habían quedado ligados para siempre y que nada podría separarlos.

¿Sería por eso, tal vez, por lo que los nawales viejos habían insistido tanto en que fuera Halcón quien la iniciara?

Estaba segura, ellos sabían lo que iba a suceder si los dejaban a solas.

Y también conocían la fuerza de la unión sagrada entre un hombre y una mujer.

Aunque eso seguía sin apaciguar sus malos presentimientos, esa sensación constante de peligro.

Un peligro que acechaba principalmente a Halcón.

« Por eso todos los diablos odiamos a Halcón, querida», recordó muy a su pesar las palabras de Enok.

Al caer la noche se sentaron en torno al fuego. Habían terminado de cenar y Attaegina picoteaba caprichosamente de la cesta de frutas que las mujeres beresh habían regalado a Halcón. Mientras tanto, él hervía canela en rama. Su sonrisa, desde que había amanecido, se veía más radiante que nunca.

─¿Eres feliz? ─le preguntó Atti.

─¿Feliz? Más que eso… Creo que no hay una palabra que pueda definir lo muy feliz que soy: has aceptado ser mi esposa. ¿Qué más podría soñar un hombre?

Ella lo miraba enternecida mientras echaba un leño más al fuego. La luna todavía estaba llena, las hojas de las palmeras se balanceaban suavemente con la brisa y la tienda seguía allí, esperándolos una noche más, para que pudieran volver a encontrarse apartados del mundo y de todo su ruido.

─Creo que podría pasar una vida entera contigo aquí ─dijo Attaegina suspirando.

─Bueno, no todo son oasis en el desierto. A veces se pasa sed, otras, se pasa hambre. Créeme: la vida es más fácil en Caliza.

─Eso sí que no me lo esperaba, ¿tú, elogiando a Caliza? ─Se rio─. A mi padre le encantaría escucharte.

─¿Quieres que nos casemos en Caliza? ─Atti no lo creía─. Hablo en serio. Cuando todo esto pase, ¿nos casamos allí?

─Eso haría muy feliz a mi padre… Y a mí.

─Que así sea entonces.

El nawal le sirvió un poco de té y luego se sentó frente a ella. Brindaron por su nueva vida juntos y luego bebieron en silencio. Él seguía sonriendo. Ella, sin embargo, no era capaz de escapar a los pensamientos oscuros.

─Halcón, cuéntame más sobre ti.

Se quedó pensativo. Dio otro sorbo a su bebida y, encogiéndose de hombros, respondió:

─¿Qué quieres que te cuente? ¿Que tengo una novia esperando en cada pueblo por donde he ido vendiendo baratijas? Sí, sí… Es cosa común entre mercaderes.

Por un instante, Atti se quedó desconcertada. Enarcó una ceja y se cruzó de brazos mientras él, haciendo un guiño pícaro, se echaba a reír.

─¡Vale, vale…! Te contaré la verdad. ─Y abandonando por completo el tono burlón, la miró con solemnidad y pronunció firmemente─: Eres la primera. Y la única.

─¿En serio? ─titubeó ella, ruborizada. No cabía ninguna duda en la expresión de Halcón.

─Soy un nawal . En mis planes no entraba enamorarme a menos que el Cosmos tuviera otros planes para mí. Y mira por dónde, me ha enviado a la mujer más bonita del mundo. ─Atti se quedó cautiva en sus palabras─. Te amo, Attaegina.

Ella también lo amaba, ¡más que a nada! Pero continuaba intranquila. Además, no quería volver a preguntarle por su padre porque, la última vez que hablaron sobre eso, Halcón se puso muy triste.

─Cuéntame algo de cuando eras un niño ─le pidió en un intento de no darle más vueltas a esos pensamientos.

─¿Cómo? ¿Quieres que te hable de mi infancia? ─Atti asintió─. Bueno, lo haré. Pero no te garantizo que la vida de un niño torug sea muy divertida.

─Inténtalo.

─A ver, ¿por dónde comenzamos? ¡Ah, sí!  Todos los hombres mayores de la tribu eran mis tíos, y todas las mujeres, mis tías.

No porque mi madre tuviera muchos hermanos.

Al contrario: en realidad, mi madre no era torug .

Pero les pidió asilo en una ocasión cuando iba sola por el desierto.

Y ellos la acogieron, claro, pues era nawal .

Y ya sabes que las tribus nómadas con los nawales suelen ser muy corteses.

Casi igual de amables que los ancianos de Caliza…

─Halcón… ─lo reprendió ella por su ironía.

─Está bien. Seguiré. Voy a hablarte del día en que, sin querer, espanté a todas las cabras cuando nuestros pastores regresaban de noche, tras una larga jornada de trabajo.

Attaegina no daba crédito. Halcón había sido realmente un niño dado a los enredos. Pero con cada aventura y desventura que le relataba, se reía más y más.

─Entonces mezclé los chiles picantes con los dulces y no dije nada ─prosiguió.

─¿Nada? ─se sorprendía ella─. ¿Por qué no dijiste nada?

Halcón continuaba. ¡Desde luego, tenía mucho, pero mucho que contar!

─Como quería ganarlos a todos, corrí tan rápido que me caí dentro de un cesto lleno a rebosar de higos chumbos. Creo que se me clavaron espinas hasta en el alma. Imagínate a mi madre, toda la noche, para sacármelas…

─Pero, si tú ya eras nawal desde niño ─dudó Attaegina─, ¿eso no mejoraba tu comportamiento?

─Ten en cuenta que un nawal niño es algo muy poco usual.

Elkerael me hizo nawal precisamente para que aprendiera a canalizar mi fuerza.

Al fin y al cabo, salvé a toda la tribu de un demonio de arena cuando solo tenía cinco años.

Pero, a otros efectos, seguía siendo un niño con ganas de hacer travesuras y meterme en líos.

Attaegina intuía que la más tierna infancia de Halcón era la parte de su historia que albergaba algún misterio, el capítulo en donde las piezas no encajaban, pero que él, por lo visto, ni recordaba.

Así que se relajó, escuchó sus peripecias y, por qué no admitirlo, ¡se rio a carcajadas!

Y esa noche, tras haberse amado como si corriera fuego por sus venas, después de hacerse mil promesas de amor eterno, durmieron abrazándose muy fuerte, piel con piel.