CAPÍTULO 80
─ Tu discípulo y mi nieta… ─ rumiaba Yarbha sentado frente al fuego, donde el agua de una olla comenzaba a hervir. Al otro lado, Elkerael partía en pedazos una torta cenceña ─ . Mi nieta y tu discípulo… Me pregunto qué andarán haciendo en este momento.
─ Bueno… Los nawales no tenemos dones para la adivinación, pero el cuerpo me dice que Attaegina ha sobrevivido a la novena. Y que están juntos.
─ Eso, eso es lo más importante. Que lo estén. Es de vital importancia. Halcón no podrá cargar con todo él solo. Es un destino demasiado pesado el de ese joven.
─Pues por eso Attaegina debe permanecer a su lado. Hasta el final… ¿Crees que lo hará?
Yarbha se inclinó sobre la olla y removió el fondo con una pala de madera. Después se volvió a sentar.
─Claro que lo hará. Conozco a mi nieta desde que nació.
Aunque la familia creyera que yo no era más que una estatua, mis oídos siempre escuchaban.
Y Atti me contaba cosas, muchas. Halcón le robó el aliento desde que se vieron por primera vez.
Se reconocieron, Elkerael. Es justo lo que tú y yo esperábamos que sucediera.
─Ay, Yarbha… Parece que fue ayer cuando un diluvio arrasó la Antigua Pangea. Y míranos: aquí estamos, casi mil años después, como dos viejos pellejos esperando todavía el desenlace de esta historia.
─Lo de viejo pellejo no va por mí, ¿verdad?
Se rieron.
─¿Qué insinúas, Yarbha?
Elkerael supo entonces que iba en serio. Yarbha asintió con gravedad.
─No tengo otra manera de vencer a Nabor ─dijo─. He de rejuvenecer mi cuerpo.
─Sabes que, si lo haces, seguramente morirás.
─¿Morir? Ah, venga… Querrás decir desencarnar .
Nuestras almas son eternas. Tan solo perderé mi cuerpo, este cuerpo que lleva novecientos años anclado a la tierra.
Pero es que es nuestra única oportunidad: o peleo contra él en igualdad de condiciones o será imposible llevar a cabo nuestro plan.
Recuerda que Attaegina, Halcón y tú tenéis otro cometido.
Uno mucho más complicado, amigo. Si al menos yo os lo puedo poner un poco fácil...
En ese momento, los pasos de Pantera se escucharon en el eco de las grutas. La adivina, como una figura misteriosa, llegaba a casa tras otra jornada haciendo labores de espionaje.
─Querida, la cena está lista ─le dijo Elkerael echando un par de albaricoques secos al puchero. Yarbha lo reprendió:
─¡Animal! ¿Te crees que cocinar es meter en la sopa todo lo que se te antoja?
─¡Ah, no sé! Yo aprendo por observación.
─Anda, déjame a mí ─refunfuñó Yarbha─. He preparado muchas más sopas que tú durante mi vida humana.
Elkerael miró a Pantera como un niño reprendido y se rio por lo bajo.
─Parecen ustedes dos chiquillos ─dijo aquella mientras se descalzaba. Los dos maestros a menudo formaban un dúo divertido─. ¡Compórtense!
─¿Qué tal ha ido hoy? ─le preguntó Elkerael─. ¿Te ha contado más cosas el amigo Hadi? Sigue sin acordarse de ti cuando te ve, ¿verdad?
Pantera suspiró. Eso ya no era divertido:
─Hadi ha muerto ─relató, pensativa. No es que le hubiera cogido un cariño especial, pero a fuerza de hablar con él, aunque solo fuera para sonsacarle información, se había dado cuenta de que era un buen hombre.
Yarbha y Elkerael, absortos, dejaron de bromear.
─¿Qué ha pasado, querida?
─Nabor lo mandó ejecutar. A él y al resto de sus compañeros. Los soldados protestaron por la crueldad de Minos. Ellos no querían participar en sus barbaries. Los acusó de desertores y los ha matado a todos.
Se produjo silencio. Era el efecto que provocaba el régimen del Patriarca, un régimen que, desde que había llegado Minos, se volvía cada vez más totalitario.
─En fin, por suerte tengo otras fuentes de información ─continuó Pantera manteniendo la cabeza fría─. Ya sé cómo y dónde oficiarán el ritual de conversión, quiénes estarán presentes y cómo podemos llegar allí sin ser vistos.
De pronto, un sonido rebotó dentro de las galerías y Pantera se quedó callada. Mientras desenfundaba su sable despacio para no hacer ruido, los dos nawales se pusieron en pie a su lado. Era obvio que había alguien más allí. Y se acercaba.
Pantera flexionó las rodillas para colocarse en guardia.
Ella era un gran felino, un depredador preparado para abalanzarse sobre su presa, fuera quien fuera.
Y así lo hizo: en silencio sepulcral, avanzó enarbolando su sable.
Le bastaban dos segundos para reconocer al intruso y otros dos para rebanarle el cuello.
Pero al arrojarse sobre él, la hoja de su arma chocó contra otra casi idéntica. Forcejearon durante unos instantes hasta que su rival se zafó hábilmente. Y cuando por fin sus miradas coincidieron, Pantera reconoció la cara gatuna de su hermano.
─¡Nilo! ─exclamó soltando el sable. Ahora sí lo embistió con todas sus fuerzas, pero para abrazarlo. Y aquel, con una sonrisa de oreja a oreja, se entregó a sus brazos. Pantera se sintió feliz.
─Pensaba que alguien había entrado en casa ─dijo el chico─, perdona.
─¡No, no! ¡Has hecho lo correcto! Si hubiésemos sido soldados de Nabor, te habrías defendido muy bien de ellos.
─Pantera, me haces daño…
Pantera lo soltó y, luego, lo miró de arriba abajo, emocionada.
─Pero, ¡mírate! ¡Estás hecho un hombre!
─Pantera… ─resopló.
─Querida ─intervino Elkerael─, creo que el chico tiene hambre.
─Está bien. Ya te dejo. Ahora, siéntate con los maestros y cuéntanos. ¿Dónde están Creta y Lorick? ¿No vienen contigo?
Nilo negó con la cabeza.
─Se han quedado atrás… Pero están bien. Creo.
Mientras Yarbha le servía un plato bien cargado, Nilo les relató prácticamente todo lo acontecido en Virim, con pelos y señales. Les habló de Sirio, de la biblioteca, del incendio, de Sigrif. Y de Sekmis.
─Y lo más importante ─dijo para terminar. Y se sacó el manuscrito del bolsillo interior─. Lo tengo aquí.
Elkerael alargó una mano para tomar el papiro y examinarlo.
Yarbha, junto a él, corroboró que era auténtico y, no solo eso: Nilo les habló sobre el decreto de los doce nombres y también descubrieron que el nombre número trece figuraba allí y que sabían cómo leerlo.
Los dos ancianos se miraron con solemnidad, conscientes de que poseían una información valiosísima y de que el éxito de su misión estaba prácticamente asegurado.
─Has hecho un gran trabajo, Nilo ─lo felicitó Yarbha─. Los tres: Lorick, Creta y tú.
─Creta se va a poner bien ─añadió Elkerael─. Lorick cuidará bien de ella.
─¿Y Sekmis? ─preguntó Pantera─. Así que, al final, ¿os ayudó?
─Diría que Sekmis fue la clave de nuestro éxito. Sin ella, no tendríamos el manuscrito. Y Creta estaría muerta.
Nilo estaba exhausto y no tenía más ganas de hablar. Entonces se retiró, al igual que el abuelo Yarbha, que pidió que en los siguientes días no se le molestara. Necesitaba entrar en un estado de meditación profunda y ni siquiera saldría para comer o beber.
─Bueno ─dijo Elkerael cuando se quedó a solas con Pantera─, pues aquí lo tienes de vuelta: tu hermano pequeño, hecho un hombre, ha superado todas las dificultades. Quédate tranquila.
─El caso es que… Sigo teniendo un mal presentimiento. Maestro, por favor: hábleme más sobre los pactos de alma.
Y el viejo nawal dudó:
─¿Estás segura, hija?
─Completamente segura.